Viernes, agosto 19, 2022

Malinche

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Hace varias semanas, una alumna mía me solicitó información sobre la Malinche para un trabajo de la materia de Nueva España que debía elaborar. Ella tenía el interés de hablar sobre el mito que envuelve a la mítica mujer, aquel que la señala como traidora, lo mismo que a los tlaxcaltecas y que, como lo vimos en la entrega anterior de esta columna, se sostiene únicamente en la construcción del nacionalismo mexicano decimonónico. Por supuesto, la idea de mi alumna era desmentir esas absurdas acusaciones y, quiero pensar, que cada vez menos jóvenes se creen y viven a través de esas patrañas. Como lo afirmé al hablar de los tlaxcaltecas, en aquellos momentos no existía una “patria” a la que traicionar y mucho menos México; en todo caso, existirían identidades comunitarias o de grupo que se defenderían y no se relacionaban con conceptos como “nación”, “estado” o “patriotismo”. Todos estos conceptos son evidentemente modernos. De hecho, como menciona Federico Navarrete en su libro “¿Quién conquistó a México?”, en el apartado denominado “¿Quién fue Malinche?”, los “defensores de la ‘visión colonialista’ suelen creer demasiado en la retórica y en los relatos purificadores y por eso ignoran o desestiman el impacto de las relaciones y las compenetraciones efectivas entre españoles e indígenas, particularmente con las mujeres. Les parece natural hacerlo, en primer lugar, porque comparten con los conquistadores la convicción inseparable de la superioridad de los hombres sobre las mujeres y de la cultura europea sobre las culturas nativas, por lo cual dan por sentado que los varones españoles serían refractarios a la influencia de las nativas. Al mismo tiempo parecen temer, como los propios conquistadores, que cualquier disolución o disminución de la diferencia y la separación entre españoles e indígenas, cualquier reconocimiento de la capacidad de acción y de influencia de las nativas sobre los colonos, entraña el peligro de poner en entredicho esta superioridad de los españoles y el dominio que se deriva de ella, tanto en el pasado como en el presente”. Lo anterior quiere decir que tanto Malinche como sus contemporáneos tlaxcaltecas eran personas de su mundo, con ideas y necesidades personales y de grupo y no meras proyecciones de políticos y académicos que han buscado desde el siglo XIX construir la nación mexicana en un andamiaje maniqueo donde hay malos y buenos, identificados cada uno a partir de las preferencias del grupo en el poder, de tal suerte que, como en telenovela chafa de Televisa, habrá los buenos buenísimos o los malos malísimos. Desafortunadamente, ni la 4T se ha librado de visiones tan ingenuas e incompletas.

De hecho, existen visiones como la de Luis Barjau, en su artículo “Maltzin en medio de la conquista”, publicado en la revista Historias de la Dirección de Estudios Históticos del INAH, que ve que la conquista de los mexicas tuvo que ver con aspectos tecnológicos y de falta de visión política frente a las mucho más “avanzadas” de Europa: “El secular aislamiento de las sociedades prehispánicas americanas; la etapa milenaria de autogestión de las culturas mesoamericanas sin comunicación, comercio, confrontación, rivalidad, interacción, definición de ideas y conceptos a través de la otredad, en suma, el aislamiento del resto del mundo, constriñó a tales poblaciones indígenas al diseño político interior, solitario, del orden de sus sociedades, del sentido de sus legislaciones, de la construcción de sus entornos urbanos, de sus mitologías y de su religión, de su axiología indocéntrica. Todos estos factores eximieron a dichas sociedades de la competencia y el comercio que permitiera, por ejemplo —como por su lado permitió a los europeos adquirir de los chinos la pólvora— adquirir la fórmula con qué robustecer un armamento y un orden militar de alto poder, así como el intercambio de otros descubrimientos técnicos y científicos a lo largo del tiempo. Amén del intercambio espiritual, filosófico e idiosincrásico con la alteridad”. Por supuesto, esta es la visión colonialista que señala Navarrete, aquella que se centra en la supuesta superioridad tecnológica y de desarrollo para justificar la caída de Tenochtitlan. Claro que, como agudamente señala Navarrete en el libro antes citado, fueron pocos los europeos, pocas sus armas y poca pólvora la que traían. Quien conquistó la imponente ciudad, fueron los ejércitos indígenas, punto. Por otro lado, Barjau afirma que los mexicas eran “totalitarios y déspotas”, lo que habría aventado prácticamente a todos los demás pueblos a los brazos de los europeos para librarse del tirano: “Por otra parte y en referencia a los usos propios de las sociedades de este continente, es conveniente observar que el sometimiento también tiene sus reglamentos. Un esclavo de la antigüedad, aún explotado al máximo por su amo y condenado a una estirpe vitalicia y hereditaria para servir a la vileza y abuso de éste recibía, no obstante, como mínimo, el magro sustento, la choza destartalada, algún vestuario. El caso es que la hegemonía de la Triple Alianza some- tía un área extensa de reinos diversos y dispersos, desde la montaña central hasta ambos costados del territorio, a la fuerza militar. Imponía un inflexible yugo tributario, sin retribución de ninguna especie: una situación lograda por superioridad militar pero que era evidente que descontaba una base tan sólida como para man- tenerse a largo plazo, retribuyendo apoyo y estímulo de desarrollo a sus regiones sometidas. Una estructura que descontó por completo el cálculo político y que sólo se fio de su superioridad militar”. Parece olvidar este autor que la mayoría de los pueblos que se aliaron a los europeos, primero les hicieron la guerra, es decir, no cedieron de inmediato, ni se dejaron deslumbrar por sus pretendidas dotes militares y estratégicas.

La Malinche, como hemos dicho, se convirtió por la alquimia de las historias oficiales, en un sinónimo de traición. Incluso, como es sabido por todos, se acuñó el término “malinchismo” para señalar a quien prefiriera lo extranjero a lo propio. Curioso asunto este del nacionalismo, que se acomoda de manera caprichosa al presente que le toque. Es decir, habrá de criticar a estos personajes, pero abrazará sin chistar conceptos como Estado nacional, República y democracia que ni siquiera fueron elaborados en nuestras latitudes, sino adoptados del pensamiento europeo. Igualmente, mantendrán nuestros territorios recién independizados modos y estructuras sociales coloniales sin mayores cambios, sin cuestionar su pertinencia en los nuevos territorios. Quizá de los más graves, el patriarcado y la diferencia por raza y clase que harían que, ni de chiste, se considerara la participación de los indígenas en general y de las mujeres indígenas en particular, en el desarrollo de su propia historia. Se ha ofrecido, en cambio, una visión totalmente irreal de la Malinche en su época, adhiriéndola al afamado mestizaje que nos dio patria, con lo que se le relega a mero recipiente de mexicanidad. “Su figura -continúa Barjau- es fundamental en la historia y creación de la nueva sociedad mexicana que siguió a la etapa prehispánica de Mesoamérica. Por ello se observa con una nueva visión su vida y su obra. Y se acepta que su figura es arquetípica de la mujer mexicana que, influida por la mentalidad occidental, se rehace a sí misma continuamente. Se puede aceptar que en ella encarna, inicialmente, el fenómeno de corte universal que interrelaciona por primera vez a dos tradiciones civilizatorias distintas; y al resultado social, histórico, psicológico, idiosincrático, en fin, total, que ese movimiento concita”. Las negritas son mías para señalar lo absurdo e irónico de la frase, especialmente en un Mexico donde se mata mujeres un día sí y el siguiente, también. ¡Qué orgullo!

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Me resulta mucho más interesante y provocadora la idea barajada por Navarrete en el libro comentado y en el portal de Noticonquista, de donde extraigo estas líneas: “Varias historias españolas mencionan que los nativos mesoamericanos llamaban Malinche a la pareja constituida por el capitán y su ‘lengua’. Al mencionar esta identificación, Bernal Díaz del Castillo afirmó que el término Malinche era un posesivo náhuatl que significaba ‘el dueño de Malinche’, reconocimiento de la supremacía y propiedad del capitán sobre su esclava intérprete. Esta explicación ha convencido a muchos autores porque confirma sus expectativas respecto a la supremacía de los españoles sobre los indígenas y la supremacía de los varones sobre las mujeres. Por ello no han considerado siquiera que Cortés fuera llamado como la mujer.  (…) Sin embargo, es probable que los nativos de Mesoamérica llamaron Malinche a la pareja porque consideraban en verdad que la mujer nativa era tanto o más importante que el varón español. La veían como el rostro y la voz de la pareja: un rostro femenino e indígena, que eclipsaba, en cierta medida, al varón español, mudo y desconocido. No hay que olvidar que los potentados mesoamericanos que negociaron con los recién llegados escuchaban las palabras emitidas por esa mujer en su propia lengua maya o náhuatl, y a ella respondían. La capacidad extraordinaria de comunicación que poseía y desplegaba, se sumaron a los atributos desconcertantes, temibles y admirables que tenían los españoles a ojos de sus receptores, sobre todo su capacidad de violencia sin límites”. En efecto, la versión que sostiene Navarrete está centrada en el pensamiento mesoamericano, en específico en el concepto de opuestos complementarios y de dualidad. Ello haría que la pareja fuera una conjunción extraña, pero sumamente atractiva a ojos de los señores con los que trataban. Por un lado, la voz, hábil, negociadora, inteligente; por el otro, la imagen feroz del europeo, capaz de atrocidades diversas y de violencia inusitada. Así, vemos que Marina es una pieza fundamental en el avence de los ejércitos conquistadores y que, gracias a ella, se van sumando más y más aliados a la empresa. No se trata solamente de una intérprete, “madre del mestizaje” o la primera indígena “conversa y evangelizadora” como sostiene Barjau. Es, por derecho propio, una mujer capaz, inteligente, protagonista de su tiempo y, a falta de mayor evidencia, por lo poco que los cronistas y los conquistadores quisieron y aceptaron registrar -quizá ni siquiera entendieron la mitad de las negociaciones que realizó- queda pensar si no es que también fue estratega militar y -permítaseme utilizar términos occidentales- tremenda diplomática y política. Pero, ¿qué implica aceptar esta idea? Pues principalmente que, como exhibe Navarrete, aquellos que asumen la posición colonialista hagan muecas de desaprobación, no sólo porque tienen en un altar la figura de Cortés como “gran conquistador, genio militar y astuto político”, sino porque conservan un franco desdén hacia los que ellos denominan “conquistados” y hacia la mujer en general. Es necesario repensar y reescribir nuestra historia desde premisas más integradoras y con respeto a cada uno de los actores que la protagonizaron, incluidos aquellos que quedaron por la injusticia de la mirada occidental, como meros objetos a usar y desdeñar, como sucedió con Malinche. Queda mucho por aprender, aceptar y reconocer pero, para ello, hay que bajarse del pedestal en el que nos colocamos como occidentales, académicos y políticos.

 

 

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