Si el chamaco está tristón, como guajolote con “angurria”, se encuentra pedorro y “aventado”, le duele la panza y ésta suena como tambora zacatecana, posee un feo aliento acedo, tiene algo de calentura, está a punto de cantar la “guácara” y se le ha “aflojado el mastique”, entonces no le busque más porque el diagnóstico probable es que la criatura esté “empachada” y hay que “tronarle el empacho” mediante un procedimiento doméstico que no requiere de grandes conocimientos. Será suficiente con que ponga usted “embrocado” al chamaco, empezando con un masaje en la espalda con “Pan Puerco”, luego haga un “pellizcamiento” transversal en el “espinazo” y vaya descendiendo hasta que encuentre un punto en la región lumbar, cerca de la rabadilla, que literalmente “truene”[1]; de inmediato el “escuincle” desaloja el vientre con gran estruendo y pestilencia. Lo que sigue es darle al niño una pócima de hierbas por dos o tres días más y asunto solucionado.
El caudal de recursos con los que cuenta la medicina tradicional en México es aún de gran variedad y dimensiones apreciables, sobre todo en regiones con gran presencia indígena. Aunque la medicina institucional, ya sea pública o privada, constituye la parte más visible e importante del sistema nacional de salud, muchas personas oscilan entre la medicina “científica” y la tradicional. Las razones de esta alternancia se pueden resumir en la combinación de la capacidad económica y el nivel socio-cultural de la gente. Muchas personas no tienen acceso fácil a los servicios médicos públicos y mucho menos a los privados, con lo cual en situaciones de enfermedades sencillas o de tipo cultural se busca su solución a través de remedios caseros. El problema reside entre la habilidad para lograr la identificación precisa de la dolencia, así como el conocimiento y uso apropiados de los remedios que generalmente poseían las abuelas.
Las cataplasmas, de uso universal, consisten en la aplicación tópica de sustancias medicinales calientes, pastosas y húmedas que, en el momento de ser utilizadas, se cubren con gasas o “trapitos” para conservar los efectos curativos y sirven para aliviar los “torzones” y otros padecimientos musculares. El empleo de ventosas tiene también el propósito de eliminar los dolores de espalda, la tensión muscular, las contracturas y se aprovechan también para el tratamiento de la celulitis. Consisten en provocar el vacío y la succión en la región afectada mediante el uso de vasos de vidrio que se colocan encima de una pequeña vela encendida apoyada en una base. Ciertos tipos de dolores de cabeza se puede combatir con la aplicación de “chiqueadores” de papa o “ruda” sobre las “sienes”.
Que, si el chamaco tiene calentura, la abuelita interviene a despecho de la madre, su hija, para aplicar carbonato con manteca de cerdo en las plantas de los pies, estómago y axilas.
—Pero mamacita, ese remedio es de tus tiempos. No creo que con eso se le quite la fiebre a Rodriguito. Mejor le hablo al doctor para que venga a verlo y le recete medicinas de patente. —Has lo que quieras, pero yo te aseguro que el niño se compone, porque se compone. Yo así los curaba a ustedes ¿qué no te acuerdas?
Si usted llega a tener un “enfriamiento”, que no es exactamente lo mismo que hipotermia, lo más adecuado es que le den una “friega” de alcohol con la hierba “barbas de chivo” maceradas y de inmediato lo envuelvan en un sarape. Algunas afecciones de la piel, entre ellas las quemaduras solares, se pueden resolver abriendo una hoja de sábila y raspando la savia de su interior para aplicarla en las partes afectadas. Un clavo de olor colocado en una muela alivia el dolor mientras se llega con un dentista. Los “baños de asiento” eran frecuentes para aliviar los síntomas de enfermedades, dolencias, algunas molestias o simplemente con propósitos de aseo en la región del “transpuntín” y zonas anexas. En una tina ancha, de acuerdo al tamaño del nalgatorio del paciente, se coloca suficiente agua tibia a la cual se agregan aceites esenciales, bicarbonato o vinagre. El paciente debe permanecer por 10 ó 15 minutos con la “coliflor” sumergida. Para tratar las “almorranas” se sugiere usar árnica que alivia el dolor, la inflamación y la comezón.
Existían una serie de remedios y adminículos que se guardaban aparte, cuyo empleo constituía un gran secreto en algunas familias. Cuando los chamacos “tentoniches”, movidos por la curiosidad ante lo prohibido, hurgaban en el cajón de los misterios encontraban unos objetos extraños como chupones, anillos, grandes botones y discos de hule que ante tanto preguntar, alguna tía “boquifloja” confesaba que eran “pesarios” para usos genitales —y no preguntes más escuincle “metiche”. En ese cajón no faltaba un frasco con una solución alcohólica de una planta de marihuana que sobrenadaba en el líquido; perlitas de éter; una lavativa con el recipiente, la tripa y el bitoque; un estuche metálico con una jeringa de vidrio, las “sierritas” para abrir las ampolletas y una base para “esterilizarla” con alcohol encendido en la tapa; algún pequeño mortero de bronce y “hartos” frasquitos con tapas oxidadas, goteros y sobrecitos amarillentos que contenían sales caducas del tiempo de “mamá canica”.
Las hierbas medicinales de México son una historia muy compleja por su variedad y abundancia, porque las culturas originarias acumularon un saber muy amplio de hierbas, minerales y animales que se aplicaron a curar las enfermedades tanto físicas como culturales. Uno de los libros o códices[2] más importante que informa del uso de algunas de las plantas medicinales de la cuenca de México es el Códice de la Cruz Badiano o el Libellus de medicinalibus indorum herbis (Libro sobre las hierbas medicinales de los indios), que realizó el médico indígena Martín de la Cruz, originario de Tlatelolco, y que fue traducido al latín por un indio xochimilca llamado Juan Badiano, estudiante del Colegio de Tlatelolco. La obra fue concluida en el año de 1552. Después de una larguísima estancia en Europa, donde este documento cambió de dueño en repetidas ocasiones, el Papa Juan Pablo ii en su visita a México ordenó su traslado a nuestro país y ahora se custodia en la Biblioteca Nacional de Antropología e Historia.
Actualmente, su edición facsimilar en formato electrónico acompañada de una introducción, se puede consultar en línea[3]. Muchos libros y artículos se han escrito sobre la herbolaria mesoamericana, así como de otros pueblos nativos de América para estar al tanto de los conocimientos logrados en este continente y eventualmente su posible utilización en nuestro mundo contemporáneo. Pero la investigación científica sobre las plantas y procedimientos medicinales tiene ya una larga tradición en México y en muchos casos se han logrado demostrar sus efectos terapéuticos con lo cual se han incorporado a la Farmacopea Mexicana y al saber médico mundial.
Pero siguiendo con el tema de los remedios de las agües, hay que recordar las “lavativas” con diversos usos como estimulante mecánico para la evacuación o la administración de algunos medicamentos. Para conjurar los efectos de algún susto las abuelas ofrecían un pedazo de pan para “recoger la hiel”. Las personas a quienes se les derramaba la bilis, debido a algún trastorno emocional, acudían al cocimiento de las hojas tiernas del marrubio. La puntita de un chile, enfriado y colocado, sin abrir, sobre una “perrilla” ayuda a su curación, así como la infaltable pomada de concha nácar que se usaba para eliminar las cicatrices. El ajo y la cebolla preparados en infusiones corrigen problemas de garganta y de los bronquios. Los “sinapismos” hechos con polvo de mostaza se empleaban para aliviar al enfermo cuando el catarro “le caía al pecho”. La “mosca española”, una especie de mayate, llamado también “cantárida”, pese a sus efectos urticantes y de alta toxicidad tenía un uso principal como diurético y también como afrodisíaco potente, lo que colocó a algunos señores entre el placer y la muerte.
Los padecimientos culturales también recibían curación por parte de las sabias abuelitas, como es el caso de las criaturas lloronas y desganadas por la reacción ante la insatisfacción de algunos deseos, como es el caso de los motolines y tlaquentolines, de algunas poblaciones del sur de Tehuacán quienes quieren más atención de sus padres o piden algún juguete, lo que en el medio urbano se llama “tiricia”. El mal de ojo se remedia con una semilla llamada “ojo de venado” que, amarrada con un listón rojo en el cuello de la criatura o en su muñeca la protege contra este maleficio, la envidia, las maldiciones, los conjuros de los enemigos de la familia, etc. Curiosamente algunos sacerdotes católicos alertan sobre el “peligro” de este amuleto relacionado con la hechicería y la magia; así que piden a los fieles sustituirlo por medallitas, estampitas, crucifijos o escapularios.
¡Pos en qué quedamos!
[1] Sumano López, Héctor. “Medicina tradicional y `empacho´”. El Colegio de Michoacán. El doctor Héctor Sumano posee una formación muy sólida en diferentes campos de la salud veterinaria y humana, incluyendo la medicina tradicional. Es autor de una vasta bibliografía y reconocimientos nacionales e internacionales.
[https://www.colmich.edu.mx/relaciones25/files/revistas/026/HectorSumanoLopez.pdf]
[2] Los libros indígenas mesoamericanos fueron llamados genéricamente “códices”, aunque no respondan a ese formato, porque los hay en forma de biombo, lienzo, tira, etc. Los materiales en que fueron confeccionados son pieles de animales estucadas para recibir la escritura, lienzos de algodón con algún apresto, corteza de árboles tratada y llamada “amate”.
[3] Libellus de medicinalibus indorum herbis. [consultado: mayo 2021] https://www.academia.edu/2777939/Libellus_de_Medicinalibus_Indorum_Herbis_Digital_facsimile


