“Vamos a la diversión
ya se van los maromeros,
vamos a ver al payaso
y a todos sus compañeros.”
(Dietrich y Marlene Rall.
“El juego de la maroma de Cuauhtinchan )
Los payasos son personajes que generalmente pertenecen a ambientes festivos —a los circos como su hábitat “natural”— que a decir verdad suscitan reacciones diversas. A la mayoría de las personas nos hace gracia el personaje que representa el payaso con sus chistes y rutinas candorosas, sus vistosos trajes y su maquillaje clásico de cara blanca, nariz roja de bola, su cabello de colores, su voz afectada y maneras estrafalarias. Sin embargo, hay otras personas a las que les producen sentimientos de tristeza, por alguna mala experiencia en su niñez o porque muchos de estos mimos se presentan con un rostro de desconsuelo que contagia a los espectadores sensibles. También existen payasos tétricos y demoniacos, según las nuevas versiones de películas “jolibudenses” del género de terror, en donde a los fantoches, ataviados grotescamente, les da por hacer maldades de las “gruesas” y generan, principalmente en las criaturas, un terror que puede convertirse en un trastorno psicológico llamado coulrofobia.
Parece ser que la existencia de los payasos es muy antigua, a la par que las sociedades humanas se fueron haciendo más complejas, aunque el humor como parte de la naturaleza humana seguro se manifestaba, pero no a través de una persona competente. Los payasos aparecen con la civilización, generalmente asociados a las clases dirigentes y son mejor conocidos como bufones los cuales eran elegidos por sus características físicas como padecer enanismo, tener jorobas, ser patizambos o cazcorvos y por poseer un rostro grotesco; pero también por tener habilidades chuscas que hacían reír a sus patrocinadores y eso los hacía muy estimados por estos. En Egipto, China, Mesopotamia, India y en otras antiguas civilizaciones se ha registrado la existencia de bufones, quienes formaban parte de los séquitos de los poderosos.
Entre los mexicas, los tlatoque (llamados reyes o emperadores por los españoles), mantenían un grupo de enanos y jorobados en sus “palacios” para que les procuraran entretenimiento y también como símbolos de su poder. Estos realizaban toda clase de visajes, ejecutaban “machincuepas”, se sujetaban de las manos para darse “malacatonche” y alternaban con músicos del Cuicacalli. Fray Diego Durán, cronista dominico del siglo xvi, en su libro Historia de las Indias de la Nueva España nos informa.
“Otras veces hacían estos unos bailes en los cuales se embijaban de negro otras veces de blanco otras veces de verde emplumándose la cabeza y los pies llevando entre medias algunas mujeres fingiéndose ellos y ellas borrachos llevando en las manos cantarillos y tazas como que iban bebiendo, todo fingido, para dar placer y solaz a las ciudades regocijándolas con mil géneros de juegos que los de los recogimientos [agrupaciones] inventaban de danzas y farsas y entremeses y cantares de mucho contento” ”
Fray Bernardino de Sahagún, cronista franciscano del siglo xvi, en su libro “Historia de las cosas de Nueva España” consigna lo siguiente:
“También usaban de truhanes que les decían chocarrerías para alegrarlos [a los señores]; también el juego del palo, jugaban delante de ellos por darles recreación”
Existe el dibujo de unos malabaristas indígenas, realizado por Christopher Weiditz, en la Corte de Carlos v en el año de 1529, el cual ilustra el acto habilidoso de girar un cilindro de madera usando solo los pies.
Con toda seguridad, desde el siglo xix, en la población de Cuauhtinchan del Estado de Puebla, se lleva a cabo el día primer día del año, la fiesta popular de “El juego de la maroma”. Se trata de un conjunto de escenas dialogadas, de maniobras de saltimbanquis, equilibristas, alambristas y payasos con la participación de los propios habitantes del pueblo, caracterizados como artistas circenses. Sus diálogos y ejecuciones plásticas se basan en un manuscrito que conservan en el pueblo y que sirve año con año para preparar los ensayos de esta fiesta. Los habitantes del pueblo designan a este espectáculo con los nombres de “maromas”, “payasos”, “payasadas”, “pantomimas” o “la función” . El payaso es el centro de esta fiesta pues actúa como presentador —en verso como en el siglo xix— y animador de los demás actos, aparte de su propia actuación sin que falte la improvisación. El autor del manuscrito fue el profesor Juan Arizpe, quien en 1931 recopiló textos procedentes de hojas sueltas y folletos como “El clown mexicano” de la imprenta popular de don Antonio Vanegas Arroyo.
En la Europa de la Edad Media los juglares, que eran unos hábiles bribonzuelos trashumantes, combinaban sus destrezas en lo cómico, en el canto, equilibrismo, malabarismo, en los relatos de sucedidos y cuentos, el caminar en zancos, en la ejecución de algún instrumento musical y muchas otras habilidades para divertir a la gente del pueblo que se reunía en las plazas de las villas y ciudades para ver el espectáculo que presentaban y los recompensaban con una moneda de baja denominación o alimentos como pan, frutas, hortalizas, etc. Los bufones han desempeñado un papel social de relevancia y sus sátiras eran toleradas —hasta cierto punto— porque servían como elementos para explicar algunos conflictos latentes en la sociedad y también como válvulas de escape para las tensiones sociales.
En estos tiempos ha habido en muchas ciudades de México y del mundo una verdadera eclosión de payasos y payasas. En noviembre de 2016 pude ver en la ciudad de Puebla que un sinnúmero de payasos y payasas, provenientes de los cuatro puntos cardinales y perfectamente caracterizados, con su maquillaje y trajes nuevos —en camino hacia no sé dónde— se concentraron momentáneamente en el zócalo de la ciudad inundando de colores y argüendes la plaza. Esta reunión se llevó a cabo el día 5 de noviembre de 2016, para celebrar el “Día internacional del payaso”. Fue allí donde “me cayó el veinte” de que comicum infintus est numerus (el número de cómicos es infinito), situación que puede revertirse si algún mentecato desabrido con un poquito de poder, de los muchos que abundan, invente que los payasos resultan ofensivos e indecorosos para la sociedad, de acuerdo a su corta percepción, y clame airadamente por la prohibición de las actividades de estos personajes.
Podríamos seguir hablando de los miles de payasos y payasas mexicanos, de los poemas y canciones dedicados a ellos, de las películas de temas diversos con payasos como protagonistas, de los personajes que encarnan, de las frases relacionadas con estos mimos, de los chistes clásicos, de los payasos autollamados “cristianos” de Puebla, de los payasos irreverentes para fiestas de adultos; pero también de la sonrisa, la risa y la carcajada, las cosquillas; de los circos, del humorismo y muchas cosas más relacionadas con este tema risible por naturaleza. Me reservo, por ahora, el momento de volver a este asunto desde otro punto de vista igualmente chocarrero.
Ah, se me olvidaba el caso de un “payaso tenebroso”, que ahora se ha convertido en una genuina estrellita de Televisa, esperando tal vez que la empresa le procure la recompensa económica necesaria para que se pueda “mercar” una “Casita Blanca”, como la de “La Gaviota”, aquella muñeca plástica que actuó como la “primera dama” durante la presidencia de Peña Nieto. Por cierto, he podido constatar que algunos políticos, charlatanes y charlatanas, “de jóvenes fueron maromeros y ya de viejos, solo son… “pinches payasos”.


