Sábado, octubre 16, 2021

Los olvidados

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No me referiré a la famosa película mexicana “Los olvidados”, de los años 50, escrita y dirigida por Luis Buñuel que, además de los premios recibidos en su momento, a partir del año 2003 cuenta con la distinción del programa “Memoria del Mundo” de la Unesco. Escribiré sobre aquellas frutas poco apreciadas y tal vez poco conocidas fuera de su ámbito regional que son el capulín y el tejocote. En primer lugar, tenemos que ser conscientes de la gran diversidad biológica de México, la cual es resultado de la heterogénea geografía del territorio, de la latitud y altitud, de la variedad de suelos, de los diferentes climas y microclimas, pero en forma destacada ha sido la presencia del hombre que a través del tiempo fue logrando un vasto conocimiento sobre el uso y manejo de lo que la naturaleza le ofrecía.

Para empezar, mencionaré al capulín o cereza mexicana (Prunus serotina), cuyo nombre popular proviene del náhuatl y que desde la época prehispánica fue domesticado para ser aprovechado tanto por su pulpa como por sus duras semillas “rompedientes”, los clásicos “huesitos”, que son muy apreciados por los niños y adultos que poseen una buena “herramienta” molar. También se preparan con este fruto un vinillo dulce (capuloctli); el tamal de capulín o “capultamali” y un jarabe para la tos del entero gusto de las criaturas. Ya el doctor Francisco Hernández, protomédico de Felipe ii, en su viaje por el territorio de la Nueva España en 1577 escribió lo siguiente acerca del “capolin o cerezo dulce de las Indias”:

“el cocimiento de la corteza, puesto al sol durante 15 días y tomado en dosis de una dracma, cura a los disentéricos; el polvo de la misma disuelve las nubes (de los ojos), aclara la vista, alivia las inflamaciones de los ojos y suaviza la lengua reseca por exceso de calor, auxilios que suele prestar el licor o jugo de los renuevos en climas templados, como el mexicano, donde nacen estos árboles en huertos y lugares campestres, ya por el cuidado del hombre, ya espontáneamente.”

La mermelada o dulce de capulín es una golosina exquisita, aunque al parecer esta fruta no reviste interés para la industria de las conservas. Su elaboración doméstica, que es bastante simple, así como su consumo, corresponde a un reducido número de personas. Su valor nutricional y medicinal se ha comprobado a través de estudios científicos, dándole un respaldo a los usos tradicionales de esta planta, pues es muy importante como antioxidante y en el tratamiento de la hipertensión por el efecto vasodilatador; se usa también como antidiarreico porque contiene los benéficos flavonoides y taninos (pigmentos naturales) que el organismo no produce, pero requiere de ellos a través de la dieta.

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El color oscuro y el tono brillante del capulín ha sido una metáfora de los ojos negros, muy empleada en la lírica popular mexicana y así en el “Rancho alegre” de Felipe Bermejo y “Ojitos de capulín” de Catarino Lara se establece esa figura poética. Otras cosas muy diferentes son la venenosa araña capulina o “viuda negra”, la vida fácil o “vida capulina” y el nombre artístico del cómico Gaspar Henaine, oriundo de Chignahuapan, Puebla, quien se puso a sí mismo el remoquete de Capulina que tomó de un chiste “colorado” que nunca quiso explicar, porque mantenía una imagen que le creó Televisa como “el rey del humorismo blanco”.

Otro fruto marginado es el tejocote (Crataegus mexicana) cuyo nombre común proviene también de la lengua náhuatl Texocotl, compuesto por Tetl= piedra y xocotl= fruto, “fruto de piedra”, llamado así por su dureza. Fray Alonso de Molina en su célebre “Vocabulario en lengua castellana y mexicana y mexicana y castellana” lo consigna como manzana (de las indias). El tejocote se emplea en almíbar, en el ponche navideño y forma parte de los ingredientes del dulce de calabaza “de Castilla”. El “té” de tejocote se emplea en la medicina tradicional para aliviar la tos y otras afecciones respiratorias. Es una planta originaria de México y Guatemala y se cultiva en Puebla cuya aportación al total de la producción nacional corresponde al 94%. Otros estados productores son Tlaxcala, Estado de México, Chiapas; Michoacán, Hidalgo y Morelos. Como se puede apreciar este árbol es muy “sufridor” y crece en diversas latitudes, alturas y climas.

El tejocote es una fruta rica en vitaminas A y C, así como en calcio y hierro y también posee una importante actividad antioxidante y ayuda a controlar la glucosa y el colesterol en sangre. Quiero hacer una advertencia importante respecto al consumo de la raíz de esta planta. Circula en la Internet publicidad acerca de supuestas bondades de la raíz del tejocote que mencionan como ayuda a la reducción del peso y obesidad a través de la eliminación de grasa del cuerpo; dicen también combatir el envejecimiento de la piel. Existe una alerta sanitaria de cofepris (18 de julio del 2017) con la recomendación para no consumir productos de la marca alipotec, misma que carece de registro sanitario y se desconoce si son fabricados adecuadamente, si existen pruebas controladas científicamente, de sus valores terapéuticos, de sus contraindicaciones, etc.

También el tejocote fue tema de la canción mexicana tradicional “Tejocote verde” que interpretaba Lola Beltrán; la conocida tonadilla “La piñata”, que se canta en ocasión del juego de romper las piñatas en las posadas cacahuateras y que en una de sus estrofas dice:

“De los cerritos y los cerrotes
saltan y brincan los tejocotes.
Ándale cuate sal del rincón
con la canasta de la colación.
Ándale cuate no te dilates
con la canasta de los cacahuates.”

El “Tejocote” era el apodo de Regino Burrón chico (de la famosa historieta “La familia Burrón”), un joven larguirucho que acompañaba a su papá a su labor diaria de peluquero en “El rizo de oro”, establecimiento a cargo de este “rapabarbas”, quien en sus ratos de ocio gustaba de rasguear la guitarra. Muchas comunidades de los estados de México, Puebla, Guerrero, Querétaro y Oaxaca tienen en nombre de El Tejocote y el gentilicio de sus habitantes tendría que ser “tejocotenses”. Jorge Ibargüengoitia menciona, al paso, la “Batalla del Tejocote” en su novela “Esas ruinas que ves”. De esta manera el Capulín y el Tejocote necesitan una redención pronta, porque vale la pena recuperar esas frutas olvidadas en el inmenso océano del consumo a la gringa.

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