Lunes, enero 17, 2022

Los Mau Mau

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—Extrajo su revólver apuntando a Imba.

Prepara mi baño -ordenó-

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Anoche estaba oscuro, por eso erré.

Ahora veo bien. ¡Ve a hacer lo que te mando!

(…)

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Imba obedeció rápidamente.

Los negros protestaban sordamente.

Kali-Bwana se había impuesto,

pero lo había hecho muy tarde.

Las semillas de la disconformidad y

de la rebelión ya habían germinado

en esos cerebros africanos, y ella sabía que,

de no poder desarraigarlos de un golpe,

nunca triunfaría.

“Tarzán y los hombres leopardo” (1933)

Edgar Rice Burroughs

 

Quiero advertirles que el nombre de Mau Mau no corresponde a un conjunto de raperos puertorriqueños, ni al nombre artístico de algún Mauricio, cantante de baladas románticas; tampoco a un platillo tradicional de la costa oaxaqueña o a alguna fritura industrial con cuatro sellos negros de advertencia y mucho menos a una marca de desodorantes para “caballero”. Empezaré por contarles que cuando era niño, en una ocasión fui con mis padres al cine y en el noticiario gráfico con el que iniciaba la función se exhibía un reportaje acerca de Kenia —un país del África Oriental— que, con música dramática de fondo, mostraba con toda crudeza escenas de destrucción y muerte en las que aparecían cadáveres de granjeros ingleses, en primer plano, junto a sus propiedades abrasadas por el fuego.

En dicho reportaje cinematográfico, el narrador afirmaba que los perpetradores de esa matanza eran integrantes de la secta de los “hombres leopardo”, pertenecientes a un culto secreto, los temibles Mau Mau, cuyos miembros envueltos en una tela semejando la piel de este felino cubrían sus caras con una máscara en forma de la cabeza del leopardo y eran practicantes de asesinatos rituales, mutilando a sus víctimas con unas “garras” elaboradas con filosas cuchillas metálicas. No se ofrecía ninguna otra explicación más que la sanguinaria brutalidad de estos negros invadidos por una furia asesina que encauzaban su extrema crueldad hacia los inocentes güeros europeos.

El suceso me inquietó por algún tiempo y nunca lo llegué a olvidar del todo. ¿Quiénes eran esos del Mau Mau mencionados en el documental? ¿Era solamente una secta de “asesinos salvajes” enfundados en vestimentas que imitaban la piel de un leopardo? ¿Se trataba acaso del enfrentamiento entre la barbarie y la civilización como lo sugería el reportaje? Tuvieron que pasar muchos años más para que se fuera aclarando para mi el enigma infantil, mismo que había sido reforzado por las “inocentes” lecturas de los “cuentos” de Tarzán y también por una de las primeras historietas de “Las Aventuras de Tintín” que se desarrolla en el Congo —parte occidental de África— y en la que el autor, dibujante y guionista, conocido por el seudónimo de Hergé mantiene un discurso colonialista, racista y paternalista respecto de los aportes de la civilización occidental a los salvajes africanos que aparecen como indolentes, apáticos, feroces e inhumanos.

Pero, en algunos casos, el tiempo y la inquietud por conocer la verdad van acomodando las cosas y hace relativamente pocos años tuve la oportunidad de leer una noticia en el periódico español “El Diario”, que removió mis recuerdos sobre las violentas escenas que vi en mi niñez. Me dispuse a leer el artículo “Justicia internacional: los Mau Mau contra Inglaterra” y a partir de este momento busqué más información que permitiera explicarme qué era el Mau Mau, quiénes lo integraban y cuáles eran sus propósitos y sus acciones. Encontré el esclarecimiento de ese hecho y me di cuenta de la verdad acerca de la “terrible secta”. En primer lugar — y primera mentira— no había relación alguna con los “hombre leopardo” que se encontraban al otro extremo de África y que efectivamente practicaban asesinatos rituales que no eran dirigidos específicamente contra los colonos blancos, aunque en ocasiones sí había víctimas europeas.

Lo más importante es que los miembros del denominado Mau Mau, nombre que los colonialistas le impusieron al movimiento rebelde y que era la denominación de “feroz salvaje” en su propaganda, encabezaron una rebelión entre 1952 y 1960 contra la administración colonial británica; primero, por la devolución de sus tierras y después con propósitos independentistas. Ellos formaban el kca (Kikuyu Central Association) o simplemente Muingi (“El movimiento”). La principal razón de esta rebelión fue que los colonos europeos, apoyados por las tropas inglesas, se apropiaron de las mejores tierras de la entonces “Colonia y Protectorado de Kenia” despojando violentamente a sus legítimos propietarios, principalmente a los integrantes de la etnia Kikuyu.

Aquellos campesinos con sus familias que se opusieron a tales latrocinios y aún otras personas detenidas al azar, fueron salvajemente reprimidos por los británicos y las tropas nativas quienes los internaron en campos de concentración, separando a las familias, asesinando a muchos de ellos sin mediar proceso alguno. Entre las múltiples torturas que infligieron a los sobrevivientes estaba la brutal castración de los varones usando grandes tenazas, sin maniobra quirúrgica alguna; la violación de las mujeres jóvenes con botellas conteniendo agua hirviendo, incluyendo a mujeres embarazadas; quemaduras, mutilaciones, ahogamientos, etc. Según la Comisión de Derechos Humanos de Kenya más de 90 mil kenianos fueron asesinados o torturados y cerca de millón y medio de personas fueron llevadas a campos de detención, incluyendo algunos poblados que fueron cercados y vigilados para evitar el apoyo a los insurrectos. La doctora Caroline Elkins de la Universidad de Harvard estima en 100 mil el número de muertes.

No es sólo el dicho de las víctimas que aún viven sino que, a raíz de una demanda contra el gobierno británico interpuesta en 2010 por cuatro kenianos sobrevivientes, fue que salieron a la luz miles de documentos resguardados en un edificio del Foreign Office (Ministerio de Relaciones Exteriores) relacionados con las antiguas posesiones británicas y de los que las autoridades negaron su existencia durante muchos años, probando así el genocidio y las atrocidades que cometieron los británicos. Edward Inglett, un funcionario de la sección africana de dicho organismo descubrió 300 cajas que fueron sacadas de Kenia en 1963 y llevadas en secreto a Londres. Los documentos demuestran, sin lugar a duda, el uso sistemático de asesinatos y torturas contra los habitantes de un país sometido por la fuerza de las armas al Imperio Británico al tiempo que era expoliado de sus recursos naturales y tierras. Está muy lejos y tal vez imposible que se consiga justicia plena, pero creo que resulta importante que todos conozcamos la verdad acerca del colonialismo europeo y sus efectos en muchas regiones del mundo.

Parece ser que los libros de aventuras, así como las noticias acerca de los conflictos políticos, las guerras, las terribles enfermedades y la miseria que se vive en muchas regiones del llamado Continente Negro han sembrado en nosotros una percepción tan profunda como equivocada respecto de África y de sus habitantes, a la cual se agregan numerosos mensajes subliminales con contenidos racistas que, machacados incesantemente en los medios de comunicación masiva y ahora en las llamadas “redes sociales”, han sido adoptados por muchas personas sin mediar análisis ni razonamiento alguno. Seguramente todos hemos escuchado expresiones como las siguientes:

—No me negarás que los africanos son unos salvajes. Se andan matando por cualquier cosa. —Tú me dirás que es la herencia colonial, pero yo creo que los negros son flojos por naturaleza y no aceptan una vida civilizada. Ves a las criaturas llenas de moscas y en estado de inanición. ¡Son unos brutos!

—Yo no soy racista para nada, pero te digo que los “negritos” tienen un sudor intenso y repugnante.

—¿Qué dirías si tu hija o tu hijo tuvieran como pareja a alguna persona de raza negra? Tus nietos serían mulatitos y los verían mal en todos lados. Sufrirían mucho ¡Y qué necesidad!

Seguiré con el tema ya que la enorme migración que vivimos en muchos lugares del mundo tiene que ver con los efectos del colonialismo, así como las divisiones políticas, las guerras intestinas, la pobreza secular y el saqueo que las grandes potencias cometieron durante muchas décadas y siguen perpetrando en países que hoy están al borde del colapso social.

¡Aviso urgente!

No le crean nada a Indiana Jones y menos al afamado Paco Jones, aventureros rudos, desalmados y sicarios de los grandes empresarios.

 

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