Jueves, julio 18, 2024

Los límites de la IA

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A finales de 2022 fue puesto a disposición de todos el chat-GPT, una revolución de la inteligencia artificial (IA). Los medios entraron en frenesí: el futuro nos ha alcanzado, ahora contamos con un instrumento de poder incontrastable. La actual es la versión 3.5, la 5.0 alcanzará la inteligencia general artificial, que podrá superar nada menos que el test de Turing: será imposible distinguir entre una comunicación de una computadora y una humana. Además, ya circulan otros modelos de IA, como Bard. Así va la mitología del marketing de las empresas Big tech.

En enero me apresuré a instalar la aplicación del chat-GPT y, por ahora, encontré respuestas como las que pueden hallarse en la Wikipedia, con algunas diferencias: el chat-GPT no me proporcionó las fuentes de sus informaciones (aunque no las pedí expresamente), pero en algunos casos las respuestas me fueron más fáciles de comprender para temas alejados de mis conocimientos, por ejemplo, la gastrulación.

GPT son las siglas de Generative Pre-trained Transformer: transformador generativo prentrenado. Un GPT está prentrenado por desarrolladores humanos para que aprenda por sí mismo a generar cantidades cada vez mayores de relaciones entre conocimientos. Uno escribe una consulta y la IA responde basándose –no puede ser de otra manera– en la información (ciertamente inmensa) de que dispone. O le hace una petición; p. e., yo le pedí que escribiera una canción como la habría hecho Agustín Lara. En un instante escribió una versada de horripilantes cursilerías que habrían sonrojado aun al Flaco de oro. Una cosa parece clara: la respuesta de la IA es una especie de cálculo de una media obtenida de entre todas las versiones que posee sobre un tema determinado, y eso puede ser una respuesta adecuada para muchos casos, pero no siempre. Hay hechos primordiales en las sociedades sobre cuya realidad no se ponen de acuerdo los humanos. Un investigador puede hallar respuestas diversas para los mismos hechos, compararlas, revisar sus fuentes, indagar sus presupuestos teóricos y tomar partido o no tomarlo. Puede hallar, asimismo, las razones por las cuales el acuerdo puede ser imposible. La IA no puede hacer eso: no es inteligencia humana, como su nombre lo indica.

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Michael Roberts hizo esta petición: “Reseña el libro de Michael Roberts La larga depresión”. El chat-GPT inició diciendo: “Como modelo de lenguaje de IA, no puedo dar una opinión, pero sí un resumen del libro…” Después de leer su respuesta, Roberts escribe: “Es una reseña o sinopsis muy ‘general’ de mi libro, pero omite el núcleo de su tesis: el papel de la rentabilidad en las crisis del capitalismo”. Parece extraño. Debido a esa respuesta, Roberts inquirió por la ley de la tendencia decreciente de los beneficios, de Marx. La respuesta no fue satisfactoria: esto es correcto en líneas generales, pero sólo en líneas generales. La respuesta no ayuda mucho a comprender la ley. De hecho, no es mejor que la Wikipedia.

El mayor crítico de los infinitos mitos de la tecnología, el filósofo Evgeny Morozov, escribió: A diferencia de la lógica aristotélica, “cuando generalizamos la emoción anula las clasificaciones arraigadas y aparentemente ‘racionales’ de las ideas y los objetos cotidianos. Suspende las operaciones habituales, casi maquínicas, de concordancia de patrones… La inteligencia humana no es unidimensional. Se basa en lo que el sicoanalista chileno del siglo XX Ignacio Matte Blanco denominó bilógica: una fusión de la lógica estática y atemporal del razonamiento formal y la lógica contextual y altamente dinámica de la emoción. La primera busca las diferencias; la segunda se apresura a borrarlas… La bilógica explica cómo reagrupamos las cosas mundanas de forma novedosa y perspicaz. Todos lo hacemos… La IA nunca lo conseguirá porque las máquinas no pueden tener un sentido del pasado, el presente y el futuro; [no lo tiene] de la historia, de la herida o de la nostalgia. Sin eso, no hay emoción, privando a la bilógica [realidad continua de los humanos] de uno de sus componentes. Así, las máquinas siguen atrapadas en la lógica formal singular.

“Cuando se le pregunta qué tienen en común el botellero, la pala de nieve y el urinario, responde correctamente que son objetos cotidianos que [Marcel] Duchamp convirtió en arte… Pero cuando se le pregunta qué objetos actuales convertiría Duchamp en arte, sugiere: teléfonos inteligentes, patinetes electrónicos y mascarillas. Aquí no hay ningún atisbo de auténtica ‘inteligencia’…”

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Así que, en lugar de ponernos a auditar los algoritmos de la IA “más nos valdría releer El sueño de una noche de verano, de Shakespeare. Eso contribuirá mucho más a aumentar la inteligencia en nuestro mundo”. La inteligencia emocional, explicada por Matte mediante la lógica simbólica, hace síntesis o equivalencias que están vedadas para la IA. Como dijo el fisicomatemático Blas Pascal, el corazón tiene razones que la razón no comprende. El poderoso juguete debe tomarse con sus límites irremediables.

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