Miércoles, julio 17, 2024

Los Juegos Olímpicos en la antigüedad

Clausurados en el año 393 d.C. por el emperador romano Teodosio I, los Olímpicos no fueron los únicos, pero sí –indiscutiblemente– los juegos panhelénicos más importantes. Su disputa comenzó en 776 a.C., fecha que fue durante siglos el referente más antiguo de la historia griega, antes de los hallazgos arqueológicos de Schliemann y Evans en el siglo XIX y principios del XX. Pronto encontraron réplica con las competencias de otras ciudades de la Hélade. No había polis que pudiera presumir de importante si no contaba con esta clase de festejos en honor de los dioses. Junto con Olimpia, Delfos –con sus Juegos Píticos–, Argólida –con los Nemeos– y Corinto –ístmicos– escenificaron las más destacadas gestas en la historia del deporte antiguo. Pero ninguna de ellas igualó a las que tuvieron lugar en Olimpia.

Luego de la caída de la Grecia alejandrina en 146 a.C., la tutela de los juegos pasó definitivamente a Roma, pero a pesar del intento de Sula de mudarlos a la capital imperial en 80 a.C., Olimpia siguió siendo la sede.

En total, tuvieron lugar 293 ediciones de esta disputa atlética que obligaba a una tregua entre las ciudades participantes (Esparta fue multada por violar la misma durante la Guerra del Peloponeso, en el siglo V a.C.). Al principio, el único premio para los ganadores era la famosa corona de olivo, pero con el paso de los siglos los competidores llegaron a recibir, incluso, considerables sumas de dinero. El profesionalismo en el deporte no fue un fenómeno exclusivo de nuestros tiempos, como muchos piensan.

La historia de los juegos antiguos y de los innumerables competidores que destacaron en ellos implicaría un libro entero y no una fugaz mirada como la que este artículo pretende. Sin embargo, es imposible echar un vistazo a mil años de competencias y no mencionar al menos a algunos de los triunfadores más destacados.

Milón de Crotona, discípulo de Pitágoras, fue probablemente el más grande atleta de la antigüedad. Vencedor en la prueba de lucha en seis ediciones de los juegos, este auténtico Heracles originario de la Magna Grecia entrenaba llevando un buey sobre su espalda. Con ocasión de su debut en los juegos, cargó al animal hasta el estadio y al llegar a él lo mató para luego cocinarlo y comerlo. Como alumno del ya referido filósofo y matemático, se cuenta que salvó a sus compañeros y al maestro sosteniendo con sus poderosos brazos un techo que se había derrumbado durante una clase.

Estatua de Milón de Crotona, de Pierre Puget, en el Museo de Louvre

Milón entretenía a sus amigos colocándose una cinta alrededor de su cabeza para luego romperla simplemente tensando su frente. Al intentar una séptima victoria en los Olímpicos fue derrotado por un oponente que, sabedor de su inferioridad en fuerza, se limitó a evitarlo y conseguir que se cansara por su ya avanzada edad.

Teágenes de Tasos, teniendo solamente nueve años de edad, desprendió de su base una estatua de bronce que le gustó para llevársela en brazos hasta su casa. Ya adulto, fue campeón de pugilato (boxeo griego antiguo) y de pancracio (arte marcial helénica por excelencia, en la que se permitían golpes con manos y pies). Destacó también como corredor de pista.

De Rodas surgieron dos colosos atléticos que no pedían nada al célebre monumento de la ciudad: Diágoras, pugilista que además de los Olímpicos conquistó todos los demás juegos en los que participó; y Leónidas –homónimo del héroe espartano–, recordado por triunfar en las pruebas de stadion (carrera de 192 metros, la longitud total de una vuelta a la pista del recinto), diaulos (384 metros; dos vueltas) y carrera con armadura nada menos que en cuatro juegos consecutivos.

En la carrera de cuadrigas resulta por demás interesante encontrar entre los nombres de los competidores más destacados el de Filipo II de Macedonia, padre de Alejandro Magno, vencedor en la citada prueba en tres juegos consecutivos.

Busto de Filipo II de Macedonia

Como ya se mencionó, el polémico Teodosio, recordado por haber sido el último emperador de una Roma unificada, por convocar el concilio de Constantinopla (381 d.C., base de varias condenas heréticas aún vigentes), clausurar el oráculo y prohibir la inspección de las entrañas de los cadáveres, selló su participación en la historia al suspender una práctica cuyo paganismo no encajaba en aquella Europa premedieval que gobernaba. Fue así como terminaron más de mil años de hazañas atléticas.

Los siglos subsecuentes atestiguaron la práctica, reglamentación y consolidación de la mayoría de las disciplinas que hoy conforman el calendario olímpico. Para la década de 1890 muchos deportes contaban ya con federaciones nacionales e internacionales, competencias regulares y –en muchos casos– un plenamente aceptado profesionalismo. Sin profundizar en la historia de cómo el francés Pierre de Fredi, barón de Coubertin (1863–1937), ideó la resurrección de los juegos, basta decir que, sin el apoyo gubernamental, pero sí con el fervor popular, Atenas se ofreció, en 1896, para albergar la primera edición en la era moderna de los juegos.

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