Sábado, octubre 16, 2021

¡Los aguaceros “hicieron su agosto”!

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El agua, por exceso o por carencia, ha sido siempre un problema grave, pero como el “agua es la vida” jamás se puede prescindir de ella porque en gran medida somos agua, aunque algunos “anden en el agua” con más frecuencia. El peso del cuerpo humano corresponde al menos a un 65 % de agua y su distribución en los tejidos, de acuerdo con la edad, es más o menos así en los adultos: la sangre posee el 80% ó 90%, la piel tiene entre el 70% y el 80%, a los órganos internos como el corazón el hígado y los riñones les corresponde entre el 70% y el 80%, los pulmones tienen un 85%; el cerebro —para quienes lo usan— está formado por un 75% o un 80% y los ojos, sin “jirimiquear”, entre un 90 y 95% de agua. Otra cosa es cuando “se nos hace agua la boca” ante un suculento manjar y otra más cuando babeamos por algo o alguien que nos impresiona.

Las torrenciales lluvias, caídas hace algunos días, produjeron inundaciones catastróficas con graves consecuencias para muchas personas, pero particularmente para quienes habitan algunas localidades históricamente vulnerables en el llamado “Valle de México”.

Estos problemas no son nuevos ni se deben necesariamente al “cambio climático”. Desde siempre estos territorios, densamente poblados, se encuentran en una cuenca cerrada; es decir, un receptáculo formado entre montañas y saturado de agua procedente de los escurrimientos de las alturas que carece de salida hacia el mar y que se acumula ahí, por lo que en el pasado se formaron siete lagos en época de “secas” los cuales, en temporada de lluvias, se convertían en un único gran lago.

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Los lagos, empezando por el norte, eran Zumpango, Xaltocan, Ecatepec (San Cristóbal), Texcoco, Meztitlan, Xochimilco y Chalco. De manera que los habitantes anteriores a los mexicas y los propios mexicas tuvieron que lidiar con los problemas de esa ventajosa, pero complicada ubicación. Los texcocanos de aquella época emprendieron importantes obras hidráulicas para evitar las catastróficas inundaciones de las poblaciones ribereñas y, al mismo tiempo, contener las aguas salobres del lago de Texcoco; así se construyeron diques que paliaron el problema como el llamado “albarradón de Nezahualcóyotl” de 16 kilómetros de largo mismo que fue destruido por los españoles durante el asedio de la capital de los mexicas en 1521 para permitir el paso libre de los bergantines que mandó construir Cortés para cerrar a los guerreros las vías de suministro acuáticas.

La inundación de 1555 y otras sucesivas en la ciudad novohispana alertó al virrey en turno y este mandó a reparar el “albarradón de Ecatepec o de San Cristóbal” que había sido construido sobre una calzada prehispánica para atajar, de esta manera, las aguas de los lagos de Zumpango y Xaltocan. Sin embargo, durante todo el periodo colonial, las inundaciones siguieron asolando a la ciudad de México con graves consecuencias, al punto de que las autoridades de la ciudad de Puebla abrigaron la esperanza de trasladar a este sitio la capital del virreinato. Muchos intentos y grandes obras se han realizado a lo largo de los siglos para resolver en definitiva el problema de la Ciudad de México, que se incrementa vertiginosamente debido a su descomunal crecimiento, mismo que tiene que ver con la centralización de la vida política y buena parte de la económica del país entero. Es decir, la “grilla” se cocina en la capital y con el capital, principalmente.

Un caso vinculado directamente a las inundaciones de la cuenca de México es el de la ciudad de Tula, Estado de Hidalgo, cuyo río del mismo nombre recorre importantes poblaciones por lo que su desbordamiento ocasionó un número importante de víctimas mortales, así como cuantiosos daños materiales; esta situación no se debe del todo a las lluvias, sino al hecho de que el río Tula recibe las aguas provenientes de los sistemas de drenaje de la ciudad de México y su zona metropolitana a través de los túneles de Tequisquiac. Nuevamente se pone en evidencia que la megalópolis, ombligo del país, ha “derramado” algunos de sus problemas a otros sitios. Estas “soluciones” centralistas privilegian a la capital y se parecen a la “reacción en cadena” de las fichas alineadas de dominó que al caer la primera le siguen las demás.

Las “salidas” artificiales que desaguan la ciudad de México llegan a ser insuficientes, en la temporada de lluvias, para conducir hacia fuera de la cuenca el enorme caudal que se llega a acumular y su falta de mantenimiento las hace más inútiles aún. Por otro lado, el Sistema de Drenaje Profundo cuya obra fue cacareada políticamente, también sufre los efectos de la falta de revisión y mantenimiento preventivo y correctivo por lo que se ha provocado el rebase de algunas lumbreras situadas en las zonas bajas de la ciudad de México y su zona metropolitana; es decir que las lumbreras que deben recibir y desalojar el agua, la expulsan y agravan el problema.

En la mayoría de los casos los desastres naturales no lo son, lo que existe son intensas manifestaciones de fenómenos como lluvias torrenciales efecto de los huracanes, terremotos, erupciones volcánicas, que esos sí corresponden al mundo natural, pero sumado a la falta de previsión, al desinterés por las obras públicas, más la incompetencia y corrupción es cuando surgen los verdaderos desastres. Como siempre las personas afectadas son las más pobres, aquellas que localizan sus viviendas en el cauce de los ríos, al pie de los cerros deforestados, en las proximidades de barrancas y en terrenos inconsistentes por la explotación intensiva de las minas de arena. Pierden su escaso patrimonio y muchas veces su vida, sin que cuenten con la capacidad para conseguir una pronta recuperación.

Concluyendo, son los aguaceros, los políticos corruptos y sus paniaguados quienes “han hecho su agosto” con el erario y las consecuencias están a la vista. Pero no me lo va usted a creer, aún existen algunas personas que quieren que “hagamos borrón y cuenta nueva”.

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