Surgió del seno del Cruz Azul, esa inagotable fuente de pifias y dislates sinfín: que el 7-0 de Seattle derivó de haberse corrido entre los jugadores la noticia de lo muchísimo que gana el griego Giakoumakis, ese sonámbulo pocas veces titular y muchas suplente, y en todo caso inútil, un cero a la izquierda. Al contrario de lo que le costó al abnegado club cementero, donde los ceros se acumularon a la derecha de la cifra erogada por su compra. Si esa fue o no la causa de la descomunal goleada vaya usted a saberlo, porque hace mucho que lo que pasa en las interioridades del Cruz Azul se maneja a base de rumores.
Rumores y filtraciones. La filtración, hablando en plata, es algo así como la negación del verdadero periodismo. Alguien, interesado en perjudicar a determinado individuo, grupo o asociación, le proporciona al hombre de la prensa que juzga el indicado para propalarlo, el dato o noticia sensacionalista que le interesa difundir para desestabilizar al sujeto elegido, sea éste singular o plural. Y fue así como se supo de la bronca que enfrenta la directiva cruzazulina para colocar en el mercado al mediocre atacante griego que tan caro le costó y al que tanto le paga. Y eso que el tipo ni siquiera procedía de alguna liga europea, sino de la misma MLS delante de cuyos equipos el Puebla se paseó triunfalmente hace pocos días.
Pero hay más: parece ser que el responsable de colocar a Giakoumakis en la nómina del club cementero fue su director deportivo Iván Alonso, cuya costumbre de exigir tajada a los jugadores o entrenadores que “contrata” es bien conocida y ya le había costado ser despedido del Pachuca por aplicar los mismos torcidos procedimientos.
Jalando el hilo. Esta columna, reflejando lo que piensa la gente de futbol que sabe y quiere al futbol, ha insistido en la inconveniencia de mudar los planteles de la Primera División mexicana por lo menos dos veces al año, con resultados catastróficos para la calidad del espectáculo, que se limita a los cinco o seis clubes que –oh sorpresa- mantienen estables sus nóminas y cuando mueven ficha es con el propósito de reforzarse. Son, claro está, los más adinerados y también los únicos candidatos al título que les van quedando a nuestros minitorneos. El resto –los primos pobres– hacen de comparsas.
Pero la cruzazuleada reciente ofrece amplia cancha a la especulación relacionada con la manía de estar cambiando e intercambiando jugadores cada seis meses, lo cual tiene la virtud de mantener el nivel del juego en el sótano y sus inmediaciones. Porque si los ivanes alonso sobreabundan y sus negocios particulares prosperan –sin olvidar a los cómplices que deben tener en las directivas- sólo puede deberse a las rentas que les dejan el montón de pases y transferencias, compraventas y préstamos, idas y vueltas, que han hecho del pobre futbol mexicano el tianguis de piernas más activo y deplorable del mundo. Pobre, sí, pero asimismo capaz de convertir en millonarios a una cáfila de vivales.
Opulencia y miseria. Naturalmente, no todos los clubes son el Cruz Azul ni todos los pases y transferencias que inundan las notas deportivas del país importan cantidades tan elevadas como las que pagó por el malhadado Giakoumakis. Los equipos chicos, que son mayoría y no tienen capacidad para tales desembolsos, lo que ofrecen a sus directores deportivos (DD), más modestos y menos ambiciosos que los de las grandes organizaciones, es la oportunidad de acumular por volumen lo que su franquicia no está en situación de pagar por el jugador individual. Es decir, que el codiciado puesto de DD, ejercido en equipos pobres, se nutre de lo poco que va cobrándoles a los jugadores de poca monta que pasan por ahí y que normalmente permanecerán en su “nuevo club” lo que dura un suspiro. Eso requiere, naturalmente, mantener buenas relaciones con los agentes –en nuestros días no hay futbolista no DT sin agente que lo maneje y coloque a conveniencia–, asimismo beneficiarios del incesante trasiego de hombres y nombres que deambulan errantes por la geografía futbolística de nuestro país.
De modo que podemos irnos despidiendo de la esperanza de alguna vez tener, por ejemplo en el Puebla, un plantel suficientemente estable y maduro como para esperar de él rendimientos decentes y partidos que aúnen interés y calidad y despierten ilusiones.
El otro 7-0. Fue volver a los patrios lares y dejar atrás todo lo bueno mostrado en PueblaYork y LA. Pero la paliza de Tigres al Puebla en el Volcán no se explica como un simple tropezón en el camino. Para perder 7-0 hay que perder muchas cosas, no es normal tirar así un partido. Para “lograrlo” hay que perder la técnica, la táctica, el equilibrio mental y hasta el pudor competitivo. Bajar los brazos, olvidar en qué consiste jugar al futbol, resignarse a lo que venga.
Imposible distinguir quién falló más, si el portero, el cuadro bajo, la contención o quién demonios. Y ni hablar de creadores de juego ofensivo o hipotéticos atacantes, pues nada de eso existió. Sólo una oleada amarilla viniéndosenos encima y goles a pasto, anotado alguno de ellos hasta sin querer. No fue un partido de futbol. Fue un “pasen ustedes a lo barrido, y dispensen el tiradero”.
El Puebla justificó con creces el lugar que ocupa en la tabla de cocientes –el último—y exhibió no tanto las miserias propias como las de una Primera División de caricatura. Ese esperpento en que tienen convertido a nuestro balompié los señores empleados de las televisoras que fungen de directivos, de los capitostes de la Femexfut para abajo, pasando por dueños de clubes y transferidores de franquicias varios. Por no hablar de DD, agentes y demás fauna anexa.
Jornada 4. Mutilada por el desbarajuste calendárico, hasta el sábado solamente cuatro partidos se habían jugado (sabido es que los dos de la noche dominical no se reseñan aquí, y los programadores tuvieron la humorada de aplazar para hoy lunes los tres restantes).
Al 7-0 del Volcán se sumó un empate a dos entre Mazatlán y Xolos, así como el raquítico 1-0 sabatino con el que el América liquidó su compromiso en Insurgentes contra un Querétaro que mereció mejor suerte, y la paliza a domicilio que el superlíder Pachuca le aplicó al Atlas en el Jalisco (0-3), comprometiendo, se dice, la continuidad de Gonzalo Pineda al frente de los rojinegros.
Aúpa, Del Toro. Al joven bajacaliforniano no lo detiene nadie. En la vuelta de Burgos, España, pareció que los hados le volvían la espalda, pues navegó a contracorriente y hasta sufrió una caída el jueves que pareció descartarlo del podio. Pero el chico tiene más casta que un miura y convirtió la jornada final en una remontada épica, superando el pinchazo de una llanta a falta de 12 kilómetros y devorando segundos y adversarios hasta terminar adueñándose de la prueba. Con la ventaja de que está madurando a grandes pasos, pues el ataque definitivo lo planteó a sólo 900 metros de la meta, dándose el lujo adicional de permitir que fuera el italiano Ciconne quien terminara delante suyo, sin impedir con ello que el cómputo final proclamara vencedor al mexicano.
Si habíamos extrañado su nombre en el Tour de Francia, ya no hay duda que Isaac del Toro, a sus 21 años, cuenta con una fortaleza física y mental de tal magnitud que, en adelante, podremos esperar de él cualquier clase de hazañas.


