Lo disruptivo de la justicia económica

Escribo desde lo más profundo de las entrañas, desde la reflexión crítica y la materialidad concreta que me rodea. Escribo desde la esperanza, la resiliencia que no es solo mía, sino históricamente compartida con mis ancestros y los ancestros que les precedieron, con los pueblos primigenios y con los esclavos traídos de ultramar, con los gitanos, despojados y violentados; sin embargo, escribo desde la posibilidad y la voluntad impetuosa para la construcción colectiva de alternativas económicas, políticas, sociales y ambientales para el bien común. Escribo desde los aprendizajes acumulados en el compartir vida con las y los más oprimidos, personas históricamente negadas, pero que no se permiten ser víctimas, sino sobrevivientes del sistema dominante y que, en consecuencia, emprenden acciones y se piensan en el mundo para transformarlo.

Descubro narrativas disruptivas del sistema de opresión. Colectivos generando e intercambiando recursos no monetarios para fortalecer la calidad y dignidad de vida de las personas. Prácticas que claman por justicia económica y son disruptivas a la violencia impuesta. Escucho voces y prácticas, me sumo y participo, desde donde no creemos en los encierros históricos de avasallamiento racista, clasista, sexismo, entre otras formas de dominación y violencia que el sistema de explotación del trabajo y dominación del capital intenta asignar como única forma posible de organización social.

Hablar de justicia social, ambiental, política, económica y reproductiva, resulta disruptivo, son una serie de propuestas que se entrelazan bordando posibilidades de resistencia, de cambio, de innovación ante los actuales contextos y de aprendizajes y recuperación de los saberes históricos que promovían equilibrios socioambientales.


En cambio, las prácticas económicas del capitalismo destruyen la madre tierra y, en tanto sistema violento, expande su violencia y se convierte en totalidad. Sin embargo, la dominación nunca es total, nos corresponde repensar nuevas formas de organización para la producción. La madre tierra reclama medios más armónicos de convivencia entre personas a escala planetaria y con el planeta mismo. Las nociones de equidad y justicia han sido despojadas del plano de la economía, imponiéndose únicamente la economía de mercado para la acumulación, el bien común ha sido desplazado por el individualismo y la competencia feroz y excluyente, las reglas del juego benefician a unos cuantos y, esto, por consiguiente, ha negado la dignidad de vida en grandes capas de la población.

Es tiempo de comenzar a delinear acuerdos mínimos, de tal forma que todas las personas accedamos a las condiciones materiales necesarias que nos permitan cubrir nuestras necesidades. Por necesidades me refiero no solo a las biológicas de subsistencia, sino a las necesidades y potencialidades en la lógica de acceder al bien personal y colectivo. Sería referirse a las interrelaciones de la subsistencia, la protección y seguridad, el afecto, el entendimiento, la participación, la libertad, la identidad, la creatividad, el ocio, la trascendencia, entre otros, no de forma lineal, sino en interrelación constante ya que todas son necesarias simultáneamente. Por ello, hablar de justicia económica debe ser disruptivo, y lo debe ser ¡ya!