Llevo ya varios años dedicando uno de mis seminarios en el Posgrado en Literatura Hispanoamericana de la Facultad de Filosofía y Letras de la UAP a compartir ideas con mis estudiantes sobre textos coloniales mayas, así nombrados exprofeso para motivar la discusión en un posgrado de esa naturaleza: ¿estos textos coloniales mayas [“El Popol Vuj”, los diversos chilames, el “Rabinal Achí”, los “Cantares de Dzitbalche”, entre muchos otros] son literatura?, ¿o de qué estamos hablando? Al principio, con fines estrictamente académicos y pedagógicos he determinado que sí es literatura, en especial porque mis estudiantes vienen de una formación enteramente occidental y su cercanía a estas producciones está sustentada en las categorías establecidas en Europa para clasificar la producción escrita “universal”. De hecho, todavía se escucha en aulas de todos los niveles, que se refieran al Popol Vuj como la “Biblia de los mayas” con el fin de ubicar en el pensamiento de los estudiantes -y de los docentes también, claro está- algunas de las características que tiene ese enigmático documento. Sin embargo, conforme avanza el curso, mediante una lectura más detallada de los documentos, así como su contraste con estudios dedicados a comprender cosmovisiones, prácticas, pensares y sentires de grupos en la actualidad, vamos asumiendo la complejidad de estos documentos y aventuramos algunas ideas sobre la forma en que los pueblos mayas, principalmente k’iche’ y peninsulares, fueron relacionándose con la palabra. El resultado, como es de esperarse, es lo mismo fascinante que provocador. Más adelante compartiré algunas de las ideas en torno a las que circula la palabra en este curso.
Comparto estas reflexiones pues leí recientemente un agudo artículo de la escritora maya peninsular Mary Uit Puc, publicado en el suplemento Ojarasca de la Jornada en octubre de 20024. Ahí nos comenta que le “parece lamentable que, a día de hoy, a los pueblos originarios, como somos los mayas de la Península de Yucatán nos vengan a “evangelizar” pequeños Cervantitos, Dantitos o Sheakespearitos con la literatura occidental como si fuera el catecismo, como si fuera la única literatura y la mejor literatura que existe en el mundo. Quizá estos acólitos de la literatura occidental no se han dado cuenta que el mundo es multicultural, pero sobre todo es un mundo de grandes creadores antes de que occidente fuera y le robara sus obras”. Más adelante, compara lo que existía a la llegada de los europeos con lo que los ellos tenían y nos dice que “se llevaron a Europa, como siempre lo han hecho, nuestros tesoros y parte de ellos le llaman al día de hoy “Códice Madrid, Códice París y Códice Dresde”; es curioso que dicho Códice Madrid no puedan los madrileños leerlo, que dicho Códice Paris no puedan los parisinos entenderlo y que dicho Códice Dresde no tengan una leve idea los alemanes de su contenido, pero ahí lo tienen en sus museos”. Los denomina tesoros, e indudablemente lo son, no por su valor material que en términos de esa época y actuales no se equiparan al oro o la plata -son meros papeles-, sino por el profundo sentido ritual, histórico e identitario que guardan. Como bien nos dice Martha Ilia Nájera Coronado en su libro “Los Cantares de Dzitbalché en la tradición religiosa mesoamericana” (2007) al hablar de este importante documento maya peninsular colonial, que “constituyó una vía más para transmitir y conservar creencias, costumbres, mitos y rituales dentro de una comunidad, y aunque su significado sufrió grandes cambios a raíz de la Conquista, no dejó de mostrar la adscripción del mundo maya yucateco colonial al universo mesoamericano”. Fue un medio para permanecer en su historia y que demuestra la forma en que se fueron adaptando al cambiante mundo en el que se encontraban. Este libro, cabe mencionar, es un claro ejemplo de la complejidad que encarnan estos documentos pues, al parecer, integra no sólo invocaciones y cantos, sino música y danza; algo similar encontramos en el “Rabinal Achí”, de producción k’iche’, que integra memoria, identidad, danza, canto y actuación. Mary Uit lo pone en estos términos: “Esta palabra narrada o káantaj, como le llamamos también en la lengua de Can Ek’, es historia para el gusto de los mayas, sus detractores le llaman fábulas o seres míticos, no alcanzan a comprender la perspectiva y trascendencia de una vivencia holística en el que Occidente encuentra prosopopeyas, en tanto nosotras las mujeres mayas encontramos experiencias derivadas de una relación no de yuxtaposición con la naturaleza sino de correspondencia con ella, en donde los humanos somos naturaleza y viceversa; además nuestra naturaleza no se limita a lo material sino a lo que trasciende el espacio y el tiempo humano, toda vez que nuestra madres creadoras y nuestros padres creadores nos generan el ts’íib óol o escritura sobre el ánimo o el espíritu”.
Por tanto, sostengo después de darle muchas vueltas al asunto, que lo que en occidente se entiende por Literatura, no alcanza para poder explicar el sentido de estos documentos escritos en la Colonia, que tienden profundo sus raíces en el pasado mesoamericano, que abrevaron de lo que llama Mercedes de la Garza “la vocación de escribir” de los pueblos mayas desde el periodo Preclásico y que, para mí, más que escritura y lectura de textos, a la usanza occidental, lo que tenemos es una escenificación del texto, donde intervienen los aj’ tsíib (sabio/escritor) como vehículos de la palabra sagrada, que lo mismo es invocación que evocación, ritual que canto; rememoración, historia y mito; documento y objeto sagrado; voz viva del pasado e integrante con toda autoridad de la comunidad misma y en donde la oralidad nunca ha dejado de estar en la ecuación, como una revitalización del documento en el presente y una compañía obligada desde tiempos lejanos. Esto implicaría que el documento, sea en papel, en estuco o piedra, vendría acompañado de rituales, danza, música y elementos orales, con lo que se garantizaría una relación comunitaria estrecha con los documentos. Esos libros, que como bien significa Popol Vuj (libro de la comunidad) fueron y algunos lo siguen siendo, como en San Vicente Buenabaj, integrantes de la misma comunidad. “El Báalts’am de nuestros Aj Its’at -nos dice Uit- que ponen en escena significativas muestras como el kolóojche’ y el Toojol, demuestran la trascendencia de los Aj Tuus que traen para el pueblo representaciones de la realidad que muchos militantes de Shakespeare desconocen y, paradójicamente, algunas veces llevan apellidos mayas o por lo menos son nacidos en la tierra que ha defendido Jacinto Kaan Ek’ y Cecilio Chi’. Sostienen desde su temprana oscuridad que lo único que existe es Otelo, Hamlet, Macbeth y El rey. Entonces su discusión en torno a la literatura se concentra entre los llamados formalistas o críticos del formalismo, dándose un paseo por Rusia, Francia e Inglaterra como si fueran la Meca de la literatura”. Tiene razón, para analizarlos echamos mano de teorías y metodologías occidentales, en su mayoría, no importa si los estudiamos desde la Literatura, la Historia, la Antropología o la Historia de las religiones. Es común que desde las academias se recurra a teorías y metodologías reconocidas, aceptadas y sancionadas, repetibles y universales. Desde esas mismas academias, se rehúye el trabajo con las comunidades y se rechaza la creación y utilización de categorías propias para estudiar documentos que, aunque pudieran compartir elementos con otras tradiciones escritas y orales, no necesariamente es pertinente su observación bajo los mismos parámetros. Como se ve, estos documentos pueden ser caracterizados como literatura, sí; empero, deben ser tratados de una forma autónoma, atendiendo a sus características propias. Como señala José Alejos en su libro “Dialogismo y semiótica de cuentos míticos mayas” (2018) al hablar de la oralidad como literatura, que la “pertinencia de esta discusión consiste en que se trata de un ‘arte verbal’ que en realidad presenta una situación ambigua en la esfera de los estudios literarios, pues si bien cuenta con un amplio reconocimiento de su naturaleza artística, es un hecho que ha quedado excluido del campo de la literatura, desde que ésta se estableció como una institución cultural y autónoma en Occidente, generando su propio canon, mismo que ha definido desde entonces lo que es y lo que no es literatura. (…) En tal sentido, resulta interesante constatar la emergencia de la ‘voz popular’ de las culturas indígenas, que está irrumpiendo con fuerza en el ámbito literario, cuestionando el canon establecido por la institución literaria, y reivindicando su propia literatura, oral y escrita”. Es necesario, en consecuencia, abordar nuevas discusiones, escuchar esas otras voces, las de los pueblos que producen estos documentos y que no sólo siguen escribiendo, hablando, escenificando, sino que también están analizando, desde enfoques investigativos diversos, sus propias tradiciones. Falta mucho por hacer, pero un buen punto de partida, es reconocer lo poco que sabemos y la enorme necesidad de ser protagonistas de nuestras propias investigaciones, no repetidores de cánones, teorías y metodologías que nada tienen que ver con nosotros.


