Sábado, abril 10, 2021

Las vitaminas

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Es verdaderamente increíble como en pleno siglo XXI, las supersticiones, agüeros, tabúes y hasta adivinaciones en torno a cuestiones de salud, gobiernan cotidianamente muchas conductas de nuestra vida. Hablando en términos nutricionales, hemos caído en verdaderos caprichos alimenticios que afectan gravemente la salud. Por otro lado, la cantidad de información parcial, transmitida por los medios de comunicación no solamente conduce al engaño sino al enriquecimiento que socialmente debería considerarse ilícito. Esto parecería una exageración; sin embargo, a manera de ejemplo, hablando en términos reales, el que un polvo azucarado con saborizante y colorante artificial tenga una presentación con la leyenda “adicionado con vitaminas”, invitan al consumo, a un costo muy alto y un valor nutricional particularmente bajo.

Muchas veces me he cuestionado por qué estas sustancias gozan de tanta popularidad, aún entre los médicos quienes (incluyéndome), las recetamos sin un conocimiento profundo de las características químicas, biológicas, farmacológicas y médicas. Un producto alimenticio serio, debe tener la información asentada con unas siglas: IDR que es la abreviatura de “Ingesta Diaria Recomendada”.

Muchas mercancías tienen expresado un porcentaje bajo y ahí está el engaño, pues casi nadie pone atención a esto. Son los nutriólogos y no los médicos quienes deben valorar la precisión de un régimen adecuado para corregir enfermedades que provocan alteraciones metabólicas condicionadas por padecimientos que afectan nuestra biología o aquellos que se generan por nuestros malos hábitos dietéticos.

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Aunque las vitaminas son esenciales para la vida y no son elaboradas por nuestro organismo (excepto la vitamina D, que por ser sintetizada a base de colesterol y los rayos ultravioleta del sol, se ha llegado a considerar como una especie de hormona), los requerimientos esenciales pueden ser menores a los que nos imaginamos. De hecho, una alimentación que incluya diariamente frutas y verduras es suficiente para evitar las denominadas enfermedades carenciales, que son aquellas en las que “falta alguna vitamina”.

Uno de los errores médicos que cometí y que me llena de pena, pero al mismo tiempo representó una anécdota particularmente aleccionadora y en cierto sentido graciosa, sucedió cuando llevaba a cabo mi servicio social en la sierra norte del Estado de Puebla. La Unidad Médica Rural recibía cotidianamente tabletas con “polivitaminas” y los lugareños estaban acostumbrados a recibirlas rutinariamente manifestando, durante las consultas, que les hacían sentir bien. Dado el alto número de enfermos que debía atender y de acuerdo a la alta frecuencia con la que me solicitaban las vitaminas, les pedía a las enfermeras que siempre preguntaran el motivo de la consulta para anotar en los expedientes clínicos, el nombre de la persona, la fecha y la cantidad de medicamento de modo que pudiese hacer más ágil este tipo de atención. Sin embargo, de repente dejaron de llegar las cajas con vitaminas y me vi envuelto en el problema de atender a este grupo de personas en específico. Considerando que debía explicar que los alimentos contenían elementos nutritivos que superaban con mucho a unas simples tabletas, coloqué atrás del escritorio una serie de frutas y verduras que además tenían unas letras que representaban los componentes naturales vitamínicos predominantes. Juntaba a grupos de tres a cuatro personas y les decía: Les tengo una noticia mala y una buena. La mala es que no hay ya vitaminas en tabletas; pero la buena es que no las necesitan, porque pueden tomarlas en las cantidades adecuadas a través de estos alimentos que tienen a la mano. Brevemente exponía las cualidades del jitomate, zanahoria, lechuga, frijol, manzana, limón, entre otros, para terminar expresando en tono triunfal que con comer bien era suficiente. Tantas veces repetí el sermón que lo memoricé en un acto inconciente como si fuese un verso; pero, un día ya cansado de remachar siempre con lo mismo, se me ocurrió imprimirle un giro al discurso diciendo: “las naranjas se pudren en los árboles y nadie se las come. Ésa fruta es extraordinariamente rica en vitamina C. Vayan pues y consúmanla en la mayor cantidad que puedan”. Un mes después, llegó una paciente y preguntó cuánto tiempo debía tomar la vitamina C que yo le había recomendado y al decirle de frente que toda la vida, llevándose las manos a la cabeza me dijo: ¡ay doctor! es que ya me cansé de estarme comiendo las naranjas podridas.

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