Lanzarse en paracaídas en el siglo IX

De nuevo intentamos contar la vida y milagros de Luis Ríos Losada, «El Pinturero», el único torero paracaidista que conocemos. Lo que pasa es que, al ir a Córdoba a conocer a su ídolo Rafael Benítez «El Cordobés», nos hemos encontrado con un personaje mucho más interesante, un auténtico «Hakim Al Andalus» (que quiere decir sabio andalusí) y un pionero de la aviación: Abbas Ibn Firnas. Este buen señor, aunque pocos recuerden su nombre, inventó el paracaídas en el siglo IX, en 852 en concreto, y realizó el primer intento científico de volar unos años después.
 
Abbas Ibn Firnás nació en Ronda en 810 y en el emirato de Córdoba cultivó la música, la poesía, la astrología, las matemáticas y las berenjenas, pero a él lo que le daba envidia eran los pájaros. Es cierto que Abbas Ibn Firnas era un hombre eminente que construía relojes que, aunque no sabía para qué, daban la hora hasta por la noche; que se había construido una esfera armilar que daba envidia hasta a quienes no tenían ni pajolera idea de qué era o para qué servía una esfera armilar; que podía leer más fácil que otros viejos o cegatos, incluso los alfabetizados, gracias a las piedras de lectura que ideó y se fabricó; que incluso podía ver lo que había dentro de su copa por habérsela hecho de un vidrio transparente que se sacó del magín, pero ni siquiera sus logros le ayudaron a sentirse realizado. El quería volar, eso sí, como un pájaro, no como Ícaro. Bastante tenía con la notoriedad que le daban sus descubrimientos como para querer convertirse en un mito. Con el trabajo que da eso.
Tenía ya más de cuarenta años, cuando en el 842 decidió probar en sus carnes el paracaídas que se había sacado de la testuz. Subió a una torre de la mezquita y, delante de un mundo entero de creyentes, en un acto aparentemente nihilista, se lanzó al vacío colgado de una lona que amortiguaría su caída. Muchos pensaron que estaba loco, que era mucho riesgo para evitar bajar unas escaleras. Aún si fuera para subirlas, lo tengo yo hablado con todos, se podría comprender, pero así… Contra todo pronóstico, Abbas Ibn Firnás llegó al suelo sano y salvo, y los incrédulos creyentes tuvieron que ponerse punto en boca para evitar que entraran moscas.
Lo del paracaídas estaba bien, pero Abbas Ibn Firnás quería volar como un pájaro o, por lo menos, planear y se puso manos a la obra. Se pegó veinte años mirando a las aves y haciendo unos cálculos en los que incluso usaba el cero –ese número que el Papa de Roma decía que era diabólico–, y llegó a la conclusión que buscaba: gracias a la ciencia, el hombre podrá volar también.
En el 875, desde el alto de la Al Ruzafa, quiso demostrar que su formación era tan práctica como teórica, y lo hizo. ¡Vaya si lo hizo! Voló. Voló como un pájaro sin cola. Sin cola, pero con sus alas, sus plumas y quizás un pico, eso sí.
No sabemos a ciencia cierta cuánto voló aquel sabio andalusí de 65 años, pero sí que echó de menos la cola a la hora de parar. Los pájaros la usaban para frenar y aterrizar suavemente. Mira que los había estudiado y no había caído en ese detalle. Ahora, en el aire, ya era tarde, poco o nada se podía hacer. Todo lo más, aceptar con resignación las consecuencias del olvido. Unas consecuencias que se presentaron en forma de dos piernas rotas (las suyas) y un porrazo morrocotudo.
Después de visto, todos afirmaron haberse dado cuenta de que sin cola ese sabio se iba a matar, pero Abbas Ibn Firnas, como el tío Juanillo cuando se tiró del puente de Aranda, no se mató. Sobrevivió cojo toda una década y llegó a la provecta edad de 77 años. Hoy da nombre a un cráter de la luna, a un aeropuerto en Bagdad, a un puente sobre el Guadalquivir y un centro astronómico en su Ronda natal.
Quizás el próximo día, hablemos de «El Pinturero».

Gabinete de Curiosidades del Dr. Plusvalías. Abbas Ibn Firnas, el inventor del paracaidas. Avance from Carlos Plusvalias on Vimeo.

Con la realización técnica de Elena Ojeda y la actuación de África Egido, Carlos Lapeña, Elena Ojeda, Eugenio hernández y Xisco Rojo. Un programa escrito y dirigido por Carlos Lapeña.