Lunes, junio 21, 2021

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“La vejez no es reposo…”

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Septuagenario, el viejo (Alejandro Suárez) camina su aburrimiento por los espacios de la casa, en bata y pantuflas, en acecho de su víctima de la jornada, que es siempre la misma. Se trata de su esposa Beatriz (Silvia Pasquel), apenas más joven que él, a la que todos los días -de todos los modos posibles- el viejo insulta, calificándola de ramera promiscua y sus derivaciones. Ella a su vez, cuando no está soportando los despiadados embates de su tóxico marido, se escapa “sin permiso” a unas clases de tango, haciendo pareja con un estirado casado cincuentón (Daniel Giménez Cacho). Hay un solo testigo de las diarias rutinas de esa casa: la joven sirvienta Dinorah (Greta Cervantes) -residente también- que a pesar de serles necesaria no es bien tratada por sus patrones. Ella sabe de qué pie cojea cada cual. Sabe lo de las clases de tango y, por igual, que el viejo tiene una amante a la que visita con frecuencia: Isabel (Patricia Reyes Espíndola), la dueña (casada) de un salón de belleza cercano. A despecho de esta amante y de los insultos de cada día, el viejo está obsesionado con su mujer, desde una encendida revoltura de amor y celos. Algo, pareciera, que Dinorah comprende mejor que la propia Beatriz. Los tres de la casa, personajes sin empatía que navegan cada nuevo día de la misma manera, hasta que eso se hace insostenible. Un arrebato extremo de Beatriz detona la crisis; desde su dolor y sus temores, el viejo reacciona erráticamente. Pero es otra reacción la que cambia el escenario para siempre. Las consecuencias, supone uno, de traer el diablo entre las piernas.

Dirigida por Arturo Ripstein a partir de un guion de Paz Alicia Garciadiego, El diablo entre las piernas, fotografiada en blanco y negro, es una película difícil de ver. No sólo por ser el sexo entre adultos mayores uno de sus resortes (el principal son los celos enfermizos), ni por tomarse su tiempo -no poco- para un ritmo cansino concordante con el devenir y la edad de los protagonistas centrales. Lo es sobre todo por una cierta teatralidad dramática –que uno supone intencional– y en especial (esta vez sustituyendo a la sordidez) por el inquietante encono de las relaciones interpersonales, casi siempre presente. Todo esto hace muy intensa a El diablo entre las piernas, lo cual hay que absorber y manejar (no pocas veces, a la defensiva) a lo largo de sus 147 minutos. Es así que el film, está claro, no es para todo cinéfilo, más allá de lo mucho que tiene para reconocerle; por ejemplo, las valientes interpretaciones de Suárez y Pasquel, seguro las más difíciles de sus carreras. También desde luego, la fotografía -de interiores- de Alejandro Cantú, capaz no sólo de enfatizar la atmósfera del drama, sino también de “matizar” los punzantes filos de lo que la película deja ver, a fin de que las imágenes resulten menos de shock (si cabe decirlo así) y sean mejor entendidas, sin merma de su impacto. Y claro, la segura dirección de Arturo Ripstein, que con aplomo y convicción evidentes asume y corre los riesgos del guion de Paz Alicia. Ahora que, ante tanto y tan fuerte, se adivina -como es natural- que las opiniones de los espectadores van a dividirse, en el amplio rango que va del enojo al entusiasmo. Sea, deseando que sean muchos los espectadores que enfrenten, valoren y reflexionen El diablo entre las piernas, para que cada opinión encuentre su lugar.

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Para terminar: regresé a ver el trailer del film; en paralelo a las imágenes, te absorbe cada una de sus frases escritas, tan bien pensadas: Después de tantos años, siguen juntos – Se quieren, pero se odian – Dos extraños que se conocen demasiado – Cuando los celos son el amor, y están ardientes pero solos, la vejez no es reposo – Es un pozo sin fondo de venganza – El amor es venenoso – El amor eterno mata. En buena medida eso es El diablo entre las piernas: una cinta que se percibe árida, sombría, carente de cualquier rasgo que sientas luminoso o esperanzador. Difícil, riesgosa, como lo acoté antes; pero no por eso menos importante. De esas llamadas a permanecer en la memoria, aunque tú no lo quieras.

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