La última enfermedad de Kant

Caería en una flagrante mentira si dijera que leí alguna vez un texto de Immanuel Kant (1724–1804) cuyo aniversario luctuoso se conmemora hoy a nivel mundial y quien fue un filósofo que en la actualidad se considera uno de los intelectuales más influyentes del pensamiento universal.

Fue bautizado con el nombre de Emmanuel; sin embargo, después de aprender hebreo, cambió su apelativo tomando como base el original. Fue el cuarto hijo de nueve hermanos. Nacido en una ciudad conocida como Königsberg, del imperio prusiano, y desde 1946, formando parte de Rusia con el nombre de Kaliningrado, su vida de 79 años transcurrió solamente en los alrededores, no más allá de 150 kilómetros a la redonda.

De pequeño no fue un estudiante precisamente brillante, aunque tampoco se podría decir que haya sido malo. Su familia tuvo como característica una gran devoción religiosa firmemente apegada a estudios bíblicos, por lo que tuvo una educación extremadamente estricta, escrupulosa, disciplinada y no exenta de castigos. Esto dio lugar a que su personalidad fuese rutinaria hasta el extremo, con una serie de actividades repetidas que prácticamente nunca variaba.


No se le conocieron relaciones amorosas excepto por una carta dirigida a una joven que se llamó Maria Charlotte Jacobi; aunque existen algunas referencias difíciles de confirmar relacionadas con la asistencia a prostíbulos e inclusive, una sospecha de homosexualidad.

Lo cierto es que siempre fue un individuo enfermizo, Sabemos que Kant tuvo una constitución débil y musculatura poco desarrollada. Al parecer de niño tuvo un traumatismo cráneo encefálico que se puede calificar como grave, del cual se recuperó bien. Toda su vida padeció problemas intestinales y digestivos que mejoraban al eructar. Se dice que en el último año de su vida, después de comer, se le aparecía un tumor en un lado superior del abdomen.

Pero estas características no se contrapusieron al crecimiento y desarrollo de un individuo intelectualmente singular y verdaderamente espectacular, que desgraciadamente no fue debidamente comprendido en su época, y aunque no le he leído sospecho que tampoco lo es en la actualidad. Uno de sus libros más famosos es sin duda la Crítica de la razón pura (Kritik der reinen Vernunft), que escribió en 1781 y en el que intenta establecer una relación equilibrada entre el empirismo y el racionalismo, planteando que no es el objeto la fuente de adquisición del conocimiento, sino el sujeto y la forma en la que percibe al mundo a través de los sentidos por medio del juicio y la reflexión.

Como lo mío no es la filosofía sino la medicina, trato de analizar lo que tuvo desde el punto de vista sintomático a través de varias fuentes de información, dentro de las que sobresale la narración de Thomas de Quincey (1785–1859), quien fue un periodista británico y que en su escrito Los últimos días de Emmanuel Kant, hace un relato formidable de los malestares del filósofo.

Existen muchas hipótesis que tratan de definir la patología que terminó con la vida de Kant, dentro de las que sobresale el diagnóstico de Enfermedad de Alzheimer; sin embargo, hablando en términos clínicos, como dice el refrán, hay mucha tela de dónde cortar.

En ningún análisis de las enfermedades se menciona la alta probabilidad de que padeciera una hernia hiatal (malestares digestivos que mejoraban al eructar), además de problemas neurológicos que sin reflejar precisamente un proceso de demencia progresivo, mostraron paulatinamente un deterioro de ciertas funciones, como cambios en la personalidad, desorientación, conducta incongruente sensación de opresión en la cabeza, caídas frecuentes con ataxia (inestabilidad), exceso de salivación, falta de apetito y ausencia del sentido del gusto (ageusia).

Aunque no se mencionan en las descripciones de su última enfermedad la presencia de movimientos oculares anormales, la ataxia, confusión y alteraciones nutricionales por la falta de percepción de los sabores me orienta a un padecimiento denominado Síndrome de WernickeKorsakoff. Por supuesto, no existe una autopsia y las especulaciones pueden variar hasta el infinito. Pero lo cierto es que revisar la última enfermedad de Kant representa un ejercicio médico que solamente puedo expresar como neurológicamente exquisito.

Sea como sea, escribió una frase maravillosa que no solamente refleja la profundidad de su pensamiento sino la sensibilidad de su ideología: Dos cosas me llenan la mente con un siempre renovado y acrecentado asombro y admiración por mucho que continuamente reflexione sobre ellas: el firmamento estrellado sobre mí y la ley moral dentro de mí.

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