Viernes, agosto 19, 2022
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La temible cortisona

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La forma en la que comúnmente se expresa la gente sobre la cortisona me parece sorprendente pues se descalifica en una forma bastante áspera; sin embargo, hablando en términos médicos, me parece verdaderamente incomprensible qué hacían los médicos hace unos 70 años, cuando no existía esta extraordinaria medicina, que por cierto ya no se fabrica y por lo mismo, ya no se puede conseguir pues en su lugar tenemos derivados denominados “corticoides” o “corticoesteroides” cuya historia es particularmente interesante.

Resulta que, en el año de 1843, el médico inglés Thomas Addison (1793-1860) describió una enfermedad que según sus propias palabras se caracterizaba por “un estado general de languidez y debilidad, desfallecimiento en la acción del corazón, irritabilidad en el estómago y un cambio peculiar en la piel”. La consecuencia era ineludiblemente la muerte. Un estudio minucioso de todo el cuerpo reveló alteraciones en unas estructuras que se encuentran por arriba de los riñones, llamadas glándulas suprarrenales. Su audaz inteligencia le hizo sospechar la presencia de una sustancia que al no ser producida por ésos órganos, generaba la enfermedad. Una depresión grave lo llevó a suicidarse el 29 de junio de 1860, pero el primer paso ya estaba dado y comenzó una investigación exhaustiva que llegaría al descubrimiento de una serie de hormonas maravillosas como la epinefrina (o adrenalina); la aldosterona y el cortisol.

Los trabajos del reumatólogo Philip Showalter Hench (1896-1965); Edward Calvin Kendall (1886-1972) y Tadeus Reichstein (1879-1996) aislaron en una forma independiente la cortisona y demostraron que tenía un efecto antiinflamatorio y antialérgico literalmente espectacular en enfermos con artritis reumatoide; sin embargo, se obtenía en una forma complicada y cara (una tonelada de glándulas suprarrenales producía solamente 25 gramos de la hormona). Esto llevó a la búsqueda de sustancias con la misma capacidad terapéutica, sin que hubiese problemas en prepararlos y haciéndolos accesibles. Así, el 21 de septiembre de 1948 en la clínica Mayo, el Dr. Hench inyectó 100 gramos de cortisona (actualmente se administran en miligramos) por primera vez en un enfermo de artritis reumatoide y lo que sucedió fue una mejoría sorprendente en el paciente; pero al utilizar esta sustancia por periodos prolongados, comenzaron a darse informes de efectos indeseables como predisposición a enfermar de diabetes, osteoporosis, adelgazamiento de la piel, obesidad central con piernas delgadas, disminución de las defensas, gastritis con úlceras duodenales, retención de sodio e hipertensión arterial. Esto solamente se genera cuando se utilizan a altas dosis y por periodos prolongados, ofreciendo un muy amplio perfil de seguridad en la medida en la que se manejen racionalmente.

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Actualmente hay una especie de “carrera” en la que se buscan corticoesteroides con una buena capacidad para controlar inflamaciones y alergias, pero sin efectos secundarios, lo que ha condicionado el surgimiento de medicamentos con bajo riesgo, pero poca potencia y lo contrario, representado por la enérgica inhibición de la inflamación, pero muchas secuelas indeseables.

Lo cierto es que, lo que los médicos llamamos “corticoterapia” presenta una paradoja incomprensible pues no son raras las ocasiones en las que se descalifican por temores fundados en malas experiencias que padecen aquellos individuos en los que han sido mal empleados; o lo que es peor, representado por la infravaloración de su potencial de ocasionar un daño y con base en esto, caer en el abuso, como si fuesen medicamentos totalmente inocuos.

Muchas cosas se pueden alrededor de este tema, pero me puedo limitar a una frase: “No hay medicinas fuertes ni débiles como tampoco hay fármacos totalmente seguros ni extremadamente peligrosos. Simplemente hay medicinas bien o mal recetadas por el médico”.

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