En la totalidad del espacio público y del privado, la sucesión presidencial penetra profundamente. No sólo los comentarios críticos se ocupan de las simpatías por uno u otro candidato, sino que, con creciente interés se abordan tópicos que tienden a disminuir las oportunidades de alguno de los postulantes. Bloquear el mando sucesorio es primordial. Se enumeran, para ello, obstáculos, peligros o ventajas que incidirán, de variadas maneras, en los objetivos de los distintos participantes.
En este dramático juego, las fuerzas en concurso se van ordenando, en favor o en contra, de menos a más. Así, podemos ver quién lleva la delantera, quién le sigue de cerca o queda rezagado. Se van definiendo los perfiles por los sectores poblacionales que responden a las ofertas. Se trata de una lucha sin descanso, permanente, abarcadora. Todo cuenta y se acumula. Nada queda fuera, ni siquiera temas pequeños o circunstanciales. La tarea se vuelve absorbente, totalitaria, plagada de espinas y ambiciones.
Es difícil apreciar o medir el grado de tensión, envidia y dolor que este proceso sucesorio produce en cada participante. La apertura que hizo el Presidente pareció, en un principio, adelantada. Las vicisitudes del mismo proceso han dado cuenta de que no fue así. Durante este tiempo se han podido acomodar los factores que la componen. Hasta ahora, todo ha ocurrido dentro de los cauces establecidos y se han evitado desbordes estériles.
La especulación, ha sido el tema preferido por la crítica opositora. Se empezó, desde el inicio del sexenio, sobre los intentos del Presidente para relegirse. Con el tiempo, se ha visto que esa no era la ruta. Por el contrario, se sabe que cumplirá sus palabras de atenerse, al tiempo de su mandato de ley. Se irá en la fecha marcada y no volverá a aparecer en el rejuego de poder. Ahora, repiten hasta el hartazgo que AMLO tiene una preferida a quien él mismo ungirá como candidata de Morena. Otros no abandonan los condicionamientos pasados y se afilian al supuesto dedazo. Lo cierto es que, hasta este día, el apego a las reglas del piso parejo, prevalecen como condicionante.
El Presidente nominó a quienes, con ciertos márgenes, tienen aprecio popular. Marcelo Ebrard ha tratado de asentar algunas condiciones: piso parejo, no preferencias, renuncias y debates. Algo de ello subsistirá, pero lo vigente son las giras de fin de semana, la segura encuesta, vallas pintadas, anuncios a trasmano, libros ocasionales, alguno que otro desplante. La doctora Claudia Sheinbaum se ha destacado del resto, aunque sea por estrechos márgenes. La insidia opositora de señalarla como la preferida de AMLO le ha ayudado un tanto más que el perjuicio pretendido de sus malquerientes. Lo cierto es que ella, por su militancia y honesto compromiso sí se identifica con el modelo transformador, iniciado en este gobierno. Aunque tal identidad la han abordado también los demás aspirantes.
Con la guardia baja, los opositores han sido sorprendidos, por el movimiento sucesorio anticipado, No han aprovechado tal novedad para su propio beneficio. En el PAN ha llegado sin merecimiento alguno para ambicionar un lugar de privilegio. Es triste ver cómo otras personas, de larga permanencia pública, (Santiago Creel) han quedado rezagados a lugares secundarios. Y del PRI, ya pronto se podrá apreciar lo que ha sembrado.
