Viernes, agosto 19, 2022
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La publicrónica descubre la sopa de fideos

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Paseado y derrotado por Uruguay en Phoenix (0-3), el Tri logró encender, en un abrir y cerrar de ojos, todas las alarmas posibles. Hasta los paleros oficiales de la tele comparten, entre perplejos e indignados, la zozobra. Ahora resulta que el Tata Martino ni sabe ni entiende nada y su selección será un rico asado a las brasas para argentinos y polacos en el inminente mundial catarí. Nadie se atreve ya a hablar de quinto partido; más bien, los dueños del balón deben estar aleccionando a sus huestes mediáticas para que la caída sea lo más suave posible a efectos de la furia popular. Cualquier parecido con el batacazo de Argentina 78 –que le costó hasta la chamba a Ángel Fernández– es mera coincidencia.

A ningún observador más o menos atento pudo haberle asombrado confirmar que la selección tiene una defensa de mantequilla –sin culpas específicas Talavera, por mucho que algunos le carguen la mano–, y que contar con un puñadito de europeos  de medio pelo a ningún equipo lo hace mejor. Más bien sirve para poner las cosas en su real nivel. Y es que lo que sobra es desfachatez, de parte de la camarilla que mangonea el futbol sin más brújula que sus propios ingresos e intereses, y lo que falta unos mínimos de responsabilidad hacia el deporte, los deportistas y la cada vez más mosqueada afición. El descalabro ante Uruguay es producto neto de una cadena de erráticas decisiones que incluyen la burla de la multipropiedad, la anchísima puerta a una incesante multitud de pataduras foráneos, el desastre arbitral –la liguilla última como prueba concluyente–, un desdén absoluto por la cantera, la absurda supresión del ascenso-descenso y lo que se acumule en el corto, mediano y largo dentro de la charca de podredumbre resultante. Ya ni siquiera los partidos moleros –made in USA–  sirven para enmascarar la cruda realidad.

Ahora que, si uno extiende la mirada hacia el ancho mundo, tendrá que admitir que anda tan bajo el nivel por todas partes que a lo mejor hasta se sacan en Qatar –el Tri y sus valedores– la lotería del quinto partido. Y por si tampoco lo lograran esta vez, como parece más que probable, van viento en popa los preparativos para cocinar en 2026 ese indigesto mundial de 48 selecciones que ya veremos qué estómago es capaz de resistir.

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Ojo con los ches. Se inventaron los fifos un encuentro entre los vencedores últimos de la Eurocopa y de la Copa América, lo denominaron muy pomposamente finalissima y pusieron a chambear en tiempo de vacaciones a los seleccionados de Italia y Argentina, el miércoles, en Wembley. Como el de Phoenix, fue partido de un solo lado, confirmando la azzurra  las razones de su descarte del mundial mientras se entretenía la albiceleste en clavarles un 3-0 con sabor a crucifixión –goles de Lautaro, Di María y Dybala, paradójicas figuras del calcio el primero y el tercero. Como para meterles más miedo todavía al Tata, sus empleadores y los simples, aunque nada modestos, jugadores.

Y casi sin solución de continuidad, el viernes se echó a andar, por cortesía de la UEFA, otro engendro encaminado a incrementar los dineros de la televisión y las apuestas –Liga de las Naciones llaman a eso–, con la novedad de que el campeón del mundo perdió en París con Dinamarca (1-2 y Mbappé lesionado), en tanto el subcampeón, Croacia, caía en casa ante Austria (0-3) que ni siquiera calificó para el mundial. Por su parte, la temible Bélgica (Courtois, De Bruyne, Lukaku…) se rendía en Holanda sin oponer resistencia (4-1). El sábado, Inglaterra perdió en Budapest con Hungría (1-0). Y así por el estilo el resto, porque el rosario de partidos es interminable en el viejo continente.

Lo que no se sabe es si tantas sorpresas obedecerán al bajón de calidad imperante, o es simplemente que ya pocos se toman en serio tanto torneo inspirado en la vulgar codicia.

Checo Pérez y la ejemplaridad. El chapuzón monegasco del Checo, abrazado a un expresidente de la República de cuyo nombre no quiero acordarme, viene al pelo para referirnos a un tema no por marginal menos demostrativo de la doble moral imperante. En realidad hace ya varios lustros que ciertos moralinos vienen agregando a las supuestas obligaciones de los ídolos del deporte la de servir de preclaro ejemplo a la niñez y la juventud  mexicanas. Es decir, que ellos –los moralinos– y, por extensión, el resto de la gente mayor, estamos exentos de cualquier responsabilidad al respecto, pero no quienes, además de trabajar y sudar en pos de la gloria deportiva, debieran observar una conducta intachable, impoluta, modélica. Unos santos laicos, vaya.

Por supuesto que quienes viven de cara al público –sean cantantes, atletas, toreros, cocineros o músicos– tienen obligaciones para con los receptores de su desempeño, pero son estas obligaciones inherentes a su actividad específica; de la misma manera que, a los que trabajamos en los medios, nos toca juzgarlos y expresarlo al lector o al oyente con el mismo grado de responsabilidad, en lo que toca a nuestra esfera. Lo ideal sería que tales personajes fueran además buenos hijos, padres amorosos y ciudadanos modelo. Pero eso es distinto asunto. Podemos lamentar, eso sí, que Sergio Pérez frecuente amistades poco recomendables, probable reflejo de su gusto por la fiesta y su desinterés por la cosa pública. Pero eso es harina de otro costal. Y no tiene por qué demeritar su  histórica victoria en el GP de Mónaco, ni sus logros pasados y futuros como piloto de F1.

Publicrónica e hipocresía. Por cierto, tendríamos que preguntarnos si esos moralinos, tan preocupados por la buena conducta de los deportistas de élite, cumplen con su papel de cronistas y comentaristas con la misma ejemplaridad ética y profesional que demandan de los ídolos a los que esporádicamente censuran, casi siempre a la vista de alguna reacción grosera o un gesto poco comedido. Tardan en pronunciarse, en cambio, ante agresiones directas al adversario, que suelen disculpar argumentando que los “deportes de contacto” son así. Y si el ídolo incurriese en conducta delictuosa en asuntos de su vida personal, los severos juzgadores con micrófono normalmente optarán por plegarse a las decisiones del club o de la autoridad competente, dejando para mejor ocasión sus hipócritas reflexiones.

Acerca del Atlas y su historia.  Los atlistas están de plácemes. Enhorabuena. Se dice que no hay nada como la victoria; si llega por duplicado, como es el caso, ¿será doble también el vértigo de felicidad que la acompaña? Tal vez sí, o tal vez lo mitigue la costumbre. El Atlas que yo conocí corresponde a un tiempo en que la costumbre marcaba ganador per se al Guadalajara  –el campeonísimo famoso y todavía no igualado–, y el Atlas se conformaba con practicar el futbol más fino y armonioso que podía verse en el país, a partir de una cantera apuntalada por tres o cuatro veteranos de buen pie y bautizada con tino como la academia. Había en las afueras de la capital de Jalisco una fábrica, me parece que textil, llamada La Experiencia, que fue uno de los semilleros de futbolistas más fructíferos de México y del cual salieron muchos de los ídolos de entonces. Cuando la directiva atlista tuvo la feliz idea de mexicanizar al equipo, movida justamente por su exuberante producción de jóvenes talentos, el Atlas de los Niños Catedráticos, como se le bautizó, no tardó en subírseles a las barbas a las Chivas y al América, los grandes favoritos para campeonar. Y a punto estuvo de llevarse la Liga de 1965, liga larga, y por lo tanto auténtica, que se decidió en la última semana porque los rojinegros perdieron en su visita al Atlante (2-3, en uno de los partidos más vistosos y emocionantes del año) y el América liquidó al Veracruz en CU con un gol olímpico del Coco Gómez para quedarse con el título, apenas dos puntos por arriba de los rojinegros y relegadas las Chivas al tercer lugar.

A aquel Atlas de los Catedráticos lo entrenaba Javier Novello, argentino que había jugado muchos años en aquel club cuyas oficinas ocupaban el piso alto del paradero de tranvías en Guadalajara, por lo que se le conocía también como el equipo del Paradero. A las pocas semanas de tan emotivo desenlace se llevaba a cabo en la ciudad de México el acostumbrado torneo internacional. Reunió en su cartel a los tres mejores de la liga recién concluida, y como representación extranjera al carioca Vasco da Gama, el Sparta de Praga y la Selección de Alemania Oriental. Tres equipazos. Y el vencedor, al cabo de los quince encuentros y casi un mes completo de emociones, fue precisamente el Atlas, reforzado por el puma Enrique Borja y el exrojinegro emigrado al Monterrey Ignacio Jáuregui. Su alineación titular la integraban “El Gato” Javier Vargas en el arco, Cecilio Moreno, Guillermo “El Campeón” Hernández, Humberto Medina y “El Alemán” Navarro (o Nacho Jáuregui) en defensa de cuatro; como medios estaban Fernando Padilla –armador de clase extraordinaria–, Magdaleno Mercado –cuyo cañón, casi infalible en los tiros libres, todavía está humeando– y ese enlace tipo hormiga que era el “Dumbo” Rodríguez; y como piezas ofensivas los hermanos Pepe y Chuy Delgado, dos dechados de habilidad rigurosamente inviables para el futbol actual de tan flacos y ligeros que eran, y el “Zurdo” Pérez abierto a la izquierda; la punta derecha la cubría eventualmente Nacho Buenrostro, mexicanos todos y producto neto cada uno de ellos de la famosa academia rojinegra.

Perdón si me extendí. Todo sea por no dejar huérfana la impresión del descenso del Atlas venido a menos y ya con tres bultos extranjeros a bordo que descendería a la Segunda División cuatro años después, según quedó relatado en el anterior Semanálisis. Un Atlas alicaído aunque invariablemente fiel a su concepto abierto y ofensivo del juego, si bien con muchas flaquezas tanto adelante como, sobre todo, en su línea defensiva. Precisamente el punto fuerte de este Atlas bicampeón de 2021-22, que, desmintiendo la larga historia del Equipo del Paradero, cambió inspiración por eficacia y consiguió romper así la inercia derrotista que lo atenazaba. Algunos pensamos que el precio es demasiado alto.

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