Sábado, junio 15, 2024

La Plaza México y su público de antes

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¿Puedes creer, lector amable, que lo escrito aquí siete días atrás acerca de los públicos de Las Ventas, Sevilla y la Plaza México despertó controversias, discrepancias y adhesiones? Pues comienza a creerlo porque sucedió. Lo que para el escribiente era una simple mención, al paso, de ciertas observaciones personales registradas en su ya larga y gastada memoria, trajo a mi correo bastantes más respuestas y opiniones de las habituales, que suelen ser pocas. Agradezco, desde luego, que señores como don Nicanor Cataño, Carlitos Pavón o Toño Casanueva se mostraran acordes con mis puntos de vista, pero las expresiones de incredulidad que asimismo recibí me tientan a volver sobre el tema de aquella afición que por décadas llenó la Plaza México, y a la cual sigo considerando como lo más cercano a lo que desde mi particular perspectiva debe ser un público de toros bien informado, atento y ecuánime, pero no por ello menos apasionado, receptivo y alerta.

Sin más trámite paso a transcribir los testimonios de reconocidas personalidades de la crítica y la literatura taurinas, tanto mexicanos como europeos. Y de dos importantes figuras del toreo español, expresándose libremente no en México sino en su propio país.

Luis Bollaín (1951). Su sólido prestigio y vastos conocimientos, acreditados desde los tiempos de Juan Belmonte, están fuera de toda duda. Don Luis Bollaín, escritor y cronista sevillano, comentó así el fracaso de Miguel Báez “Litri” cuando se presentó en la Plaza México en la temporada 1951-52: Lo aleccionador es que “El Litri” ha fracasado en México haciendo lo que le ha dado el triunfo en España (…) Yo, después de leer y releer las noticias en detalle, me golpeo la cabeza a ver si estoy despierto. De manera que, en México, “El Litri” muleteó dentro de sus características, citó de lejos, toreó largamente al natural, dio manoletinas mirando al tendido, se hincó de rodillas, volvió la espalda al toro, abandonó muleta y estoque… ¡y tuvo dos fracasos rotundos! ¿Qué es esto, Dios santo? No, no hay lugar a engaños: el ejercicio torero por el que los tribunales españoles otorgan a diario a Miguelito matrícula de honor, arranca del tribunal mexicano –¡anda, y decían que allá no sabían de toros!– unas voluminosas y espectaculares calabazas (…) En México, haciendo “Litri” el “litrismo” integral, todo han sido protestas. Es curioso tener a la vista una foto del “Litri” en la capital azteca, obtenida en el momento justo de ponerse el torero de espaldas al toro sin estoque ni muleta, y sería aleccionador comparar las reacciones del público de aquí con el de allí ante idéntico trance: aquí, el histerismo; allí, la repulsa airada, viril y enérgica contra lo que ni es toreo, ni es arte, ni encierra belleza, ni es exponente de valor.” (Esto, 18 de abril de 1965; columna “Con la Puntilla… del lapicero”, de Juan de Marchena).

Juan de Marchena (1965). El mejor juez de Plaza que ha tenido la México fue además cronista de fuste, tan sólidos sus conocimientos taurinos como su buen estilo literario, no en balde hermano del celebrado poeta tabasqueño Carlos Pellicer. Al juzgar a Manuel Benítez “El Cordobés” –que tras dos sonados fracasos en la México supo rehacerse y triunfar–, encomia sobre todo la calidad del público capitalino: “La afición mexicana tiene indiscutible fuerza, demostrada en muchas ocasiones. Y lo ha ratificado, de modo rotundo, en el caso de “El Cordobés”, cuyas actuaciones, juzgadas con energía y con excepcional conocimiento, deplorables en sus dos primeras corridas, culminaron en la tercera, pues Manuel Benítez se dio cabal cuenta de que la afición mexicana merecía el máximo esfuerzo de su parte y así tuvo que hacerlo el torero de Córdoba, entregándose constantemente y más a la hora de matar. Y conste que, “El Cordobés”, cuando de matar se trata, ni se entrega ni acierta ni nada. Fue el público capitalino, uno de los mejores del mundo, el que logró que Manuel Benítez se pusiera a la altura de ese público (…) A “El Cordobés”, la afición mexicana lo obligó a torear toros, a torearlos de verdad y a matarlos magníficamente. No hubo andares cavernarios, ni desplantes de rodillas ni cabezazos en el testuz ni otros números de pantomima. En la tarde de su triunfo, “El Cordobés” mereció las ovaciones y los trofeos, y en las de sus fracasos, las broncas justicieras.” (Esto, 7 de marzo de 1965).

Claude Popelin (1966). Escritor francés de probado prestigio, Popelín viajó dos o tres veces a México para que no le contaran cuentos taurinos y diestros interesados. Así vio y juzgó al público de nuestra plaza Monumental: “Aunque el Toreo (de Cuatro Caminos) se aparenta a las clásicas plazas hispánicas, mi preferencia –lo confieso– está con la México. La razón es muy sencilla: perteneciendo al Distrito Federal está sometida al control de su regente, el muy respetado señor Ernesto P. Uruchurtu. Desde que hace diez años ejerce sus altas funciones, impone con una escrupulosidad admirable el estricto respeto del reglamento, rechaza el ganado demasiado joven y proscribe a rajatabla el afeitado. Gracias a su vigilancia se pueden presenciar corridas auténticas y a un costo muy razonable, pues teniendo en cuenta el aforo considerable de la plaza se ha opuesto terminantemente a toda elevación al precio de las entradas. Por ver una novillada de postín he pagado el equivalente a 125 pesetas (unos 30 pesos) por una barrera de tercera fila, confortablemente arrellanado en uno de esos sillones que K-Hito deplora que no hayan llegado aún a las plazas españolas. Con precios tan modestos, la asistencia conserva su inspiración popular y no se aburguesa.

¿Quién se atrevería a decir que a los mejicanos les falta entusiasmo? No dejan nunca de jalear los primeros compases del pasodoble que abre ritualmente el paseo y ha adquirido la jerarquía de un himno a la Fiesta Brava. Los toros que se lidian en La México –especialmente los oriundos de la ganadería de San Mateo, sangre saltillera– salen con mucho gas y acometen con bravura a los picadores. Se les tacha de acabar bastante quedados… pero comparado con el aflojamiento del poder de los toros que sufrimos hoy en España, no hay diferencia notable. Y aun así, los bichos mejicanos conservan su nervio, se defienden, cabecean y resultan peligrosos, como lo atestiguan frecuentes cornadas.

Sin duda el predominio de los aficionados de solera en las plazas responde por esta buena orientación de la lidia. Los subalternos –me consta– son conocidos en los tendidos y no salen a clavar de cualquier manera sino como Dios manda, recogiendo muestras de agrado que alientan su talento. Gusta sobremanera el torero artista y valiente, y si se le pierde el respeto al toro o se vulgariza el toreo el público se desentiende de la faena. No estalla la música para acreditar la idea de que se está presenciando una supuesta epopeya, sus únicas intervenciones son las “dianas”, alegres y cortos ritornelos que subrayan la actuación excepcional de un torero, y sólo bajo autorización del “juez”. Tampoco ha llegado aún a Méjico capital la propensión a cortar orejas abusivas, y basta que el matador no se haya tirado bien a matar para que lo paren cuando inicia una vuelta al ruedo, la cual –detalle curioso– se emprende por la derecha y no por la izquierda, como en España.

El torero goza en Méjico de un respeto y un afecto muy especiales. Da igual que sea nacional o forastero. A los “artistas” el público es capaz de perdonarles muchas tardes grises con tal de volver a presenciar alguna de sus apoteosis (…) ejemplo de ello es Cagancho, que ha elegido seguir viviendo allí. El mejicano tiene, sin duda, un justificado orgullo de su patria; pero como todo buen aficionado sabe, en materia de toros, rendirse con el más noble entusiasmo ante el valor y el arte (…) Me sumaría sin vacilar al decir de “Pedrés”: “¡Sevilla y Méjico son, hoy día, las mejores aficiones del mundo!” (El Ruedo, semanario. Madrid, 4 de enero de 1966)

Hay que aclarar que Pedro Martínez “Pedrés”, figura en España, en México toreó poco y con escaso éxito. Lo que confiere doble valor al referido punto de vista suyo.

Pepe Luis Vázquez y El Viti (1987). Ese año, Espasa-Calpe publicó un libro de entrevistas en el que Francois Zumbiehl dialoga con algunos de los más connotados maestros del pasado. Recojo las impresiones de dos de ellos, Pepe Luis Vázquez, el insigne artista sevillano, y Santiago Martín “El Viti”, una de las figuras más importantes de los años 60-70, ambos con gran cartel en el México de su tiempo.

Pregunta Zumbiehl a Pepe Luis: “¿No se ha sentido más a gusto en ciertas plazas, como Sevilla o Madrid?” Ojo con la respuesta del torero de San Bernardo: “Sí, porque en esas plazas, cuando menos lo esperas, o cuando has puesto algún sentido , has visto que la gente ha reaccionado en la medida en que tú deseabas. Eso me ha pasado también en México. Allí, en algunos momentos, el público ha reaccionado con más precocidad que en España. En la época en que yo iba, cuando se hacía una cosa con verdadera categoría, la gente allí bramaba, se encendía de momento, y eso es bonito para el artista porque ve que le responden a la par que él va reaccionando con el toro”. (Zumbiehl, Francois. El torero y su sombra. Edit. Espasa-Calpe. Madrid, 1987. p. 69).

Y aquí el diálogo entre el autor y El Viti: “Santiago, ¿qué han significado para ti, a lo largo de tu carrera, las diferentes plazas o los diferentes públicos? La respuesta del maestro salmantino es larga, pero entresacamos su opinión sobre lo que significaba para él torear ante el público de la México: En México eran mi preocupación y mi responsabilidad tan grandes, que no las superé tal vez hasta el segundo año, como me ocurrió también en Sevilla.” (íbid, p. 192)… “¿Los toros con los cuáles no he podido? Uno en Bilbao, otro en México, otro en Salamanca, otro en Madrid y otro en Valencia.” (íbid, p. 203). El que nos compete debe haber sido “Coralito” de Reyes Huerta, quinto de la tarde en la inauguración de la temporada 1969-70 en la Plaza México, un castaño endemoniado que hirió a un subalterno y trajo a El Viti por la calle de la amargura (07.12.69).

Corolario. Considero que, con estos testimonios, el lector se habrá dado una idea de lo que era, valía y pesaba el público capitalino en la época señalada. Y conste que no añado ni quito nada a los elocuentes testimonios de personajes cuya competencia e imparcialidad no se puede poner en duda.

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