Sábado, abril 10, 2021

La piñata tiene caca, tiene caca… cacahuates de a montón

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La ocasión principal para romper una o muchas piñatas son las posadas. Es el nombre que reciben las nueve fiestas que a partir del día 16 de diciembre conmemoran las diferentes etapas del trayecto que emprendieron —según la tradición católica— José y María desde Nazaret, en Galilea, el cual culminó cerca de la población de Belén, en Judea, en un pesebre o en una cueva donde la pareja esperó el nacimiento de Jesús. En cada una de estas etapas tuvieron que pedir albergue para poder soportar las frías noches de invierno y es así como estos sitios fueron llamados genéricamente posadas y están representadas en nuestros días por fiestas que se hacen en casa normalmente. No hay un acuerdo pleno acerca del significado de estas 9 jornadas; unos dicen que representan los 9 meses del embarazo de María y otros simplemente aluden a los días que les llevó a realizar ese trabajoso viaje.

Como haya sido, las “posadas” tienen un origen y propósito religioso que, no obstante ser una tradición que en México arranca del siglo xvi con el proceso de evangelización o imposición del cristianismo, ésta se ha ido diluyendo en los últimos tiempos. Aun los aspectos populares como los versos cantados de la letanía (cuyo texto se suministraba a los invitados por medio de cuadernillos rústicos), las velitas, las luces de bengala, las piñatas, el ponchecito caliente, la procesión y la cargada de las imágenes de María y José, así como la representación de los peregrinos y los posaderos —entre algunos de los invitados— han cedido su lugar a ruidosos y animados bailongos en los que el chupe corre en cantidades industriales usando como pretexto estas conmemoraciones decembrinas de las posadas, cuyo significado la mayoría de los pachangueros desconoce y poco les importa saber con tal de que haya guateque.

Las “posadas cacahuateras” parece que comenzaron su agonía con el siglo XX y sólo a los más rucailos nos queda el recuerdo vivo de esas tradiciones. Trataré de narrar una de esas posadas de mi niñez. Todo comenzaba con la invitación de amigos o parientes de la familia y una vez que los padres daban a conocer la llamada al convite a los chamacos de la casa, estos anotaban la nueva fecha en el carné familiar de compromisos sociales, con el deseo de que las nueve posadas estuvieran aseguradas. Cuando coincidían dos invitaciones para el mismo día, cabía la posibilidad de asistir temprano con las personas de “más compromiso” y luego con los meros cuates. Los adultos siempre iban muy peripuestos y relujados, así como las niñas; en cuanto a los niños, estos podían llevar una muda de pantalones viejitos para arrojarse a la piñata sin temor a estropear los trapos domingueros.

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Cuando la familia llegaba a la casa de los anfitriones, éstos se encargaban de organizar los grupos de invitados para cantar la letanía con cierta pronunciación española que probablemente algunos curas “colonizados” habían impuesto; un grupo —generalmente el de los más jóvenes— representaba a los “peregrinos”, o sea a María y a José que se supone viajaban solos, ligeros y sin coliches. Quienes cargaban a las imágenes de José y María incluyendo su burrito, retiradas temporalmente del “nacimiento”, eran personas de “calidad” que también encabezaban la procesión. Los “posaderos” eran el grupo de las personas mayores, a quienes se protegía para que no les diera el “sereno” y se les enfriara la mollera, los cuales se encontraban parapetados detrás de la puerta. Unos cantaban pidiendo “posada” o refugio y otros respondían negándose.

Letanía

Peregrinos

Eeeen el nombre del cieeelo

yooos pido posada,

pues no puede andar

miii esposa amada.

Posaderos

Aaaquí no es mesóoon

sigan adelante

yo no quiero abrir

vaaya a ser un tunante.

Peregrinos

Veeenimos cansados

desde Nazareth

Yo soy carpintero

de nombre José.

Posaderos

Nooo me importa el nombre,

 deeéjenme dormir,

pues que yo les digo

que nooo vamos a abrir.

Peregrinos

Pooosada te pide

queridooo casero,

por una noooche

laaa reina del cielo.

 

Posaderos

Pues si es una reina

quien lo solicita

¿cómo es que de noche

anda tan solita?

Peregrinos

Mi esposa es María

es reina del cielo,

y madre va seeer

deeel Divino Verbo.

Posaderos

¿Eres tú José?

¿Tu esposa es María?

Entren, peregrinos,

no los conocía.

Todos cantan

Entren santos peregrinos, peregrinos,

reciban este rincón

que aunque es pobre la morada, la morada,

la ofrezco de corazón.

Debo decirles que durante la procesión, algunos de los peregrinos se comportaban como verdaderos tunantes o vándalos, quemándoles los cabellos a la chamaca situada adelante, en la fila, o arrojándole la parafina derretida en la ropa a otros. En el momento de ser recibidos se prendían las luces de bengala y celebrábamos con este acto la admisión de los escuincles remisos que lo único que querían era romper la piñata, “atipujarse” algunos “antojitos” mexicanos y recibir los aguinaldos que consistían principalmente en unas canastitas de cartón, adornadas con papel de China y llenas de tejocotes, cacahuates tostados con cáscara, un par de “coquitos”, invariablemente rancios; colación baratona rellena con cacahuate, cáscara de naranja o semillas de anís, algún silbato, una serpentina, etc. Para los adultos eran las peladillas de almendra y piñón, “frutas cubiertas” y por supuesto algún jarrito con ponche navideño, aderezado con el “piquete” de algún destilado que estuviera a la mano.

El romper las piñatas constituía una ocasión especial para la chamacada, cuya destrucción era organizada por un par de entusiastas muchachas de la familia de los anfitriones quienes proporcionaban a los menores, por edades y estaturas, el palo, la venda y enfáticas instrucciones para que no se fueran de abuso algunos y se agarraran como “columpio de changos” golpeando a la piñata y quitándole oportunidad a otros niños. En estos momentos, de gran algarabía, todos gritábamos con total desenfreno tratando de orientar o confundir al chamaco del turno con las voces “arriba”, “abajo”, “a la izquierda”, “a la derecha” y también entonábamos las clásicas e ingenuas cantinelas tales como, “no quiero oro ni quiero plata, yo solo quiero romper la piñata”; “la piñata tiene caca, tiene caca…cacahuates de a montón”; “ a que no le das, a que si le das, porque tienes cara de conejo Blas”; “castaña asada fruta cubierta, échen a palos a los de la puerta”; “ándale Juana no te dilates con la canasta de los cacahuates”; “dale, dale, dale..no pierdas el tino, mide la distancia que hay en el camino” o también con la terminación alburera de los adolescentes “…de un palo te empino”.

Una vez que la piñata era rota —por alguna bizarra criatura— y liberaba su contenido, todos los escuincles se arrojaban frenéticamente sobre los restos para tratar de “cubrir” con sus cuerpos la fruta como tejocotes, cañas de azúcar, jícamas, naranjas y algunos chiclosos envueltos como los Toficos y una vez calmado el furor inicial, los “gandallones” usaban alguno de los “picos” de la piñata para guardar lo que habían ganado. No faltaba que alguien se lastimara con los tepalcates y requiriera de una curación con agua oxigenada y merthiolate. Como los tejocotes, duros y ácidos, no eran del gusto de la mayoría de los energúmenos, comenzaba una batalla campal que trataban de sofocar “las encargadas”, quienes en ocasiones salían afectadas como “daños colaterales”, pero cuando subía el tono de la batahola y las cosas se ponían “color de hormiga” intervenían los padres de la belicosa carpanta, cuya sóla presencia ponía en orden a los rijosos y sobrevenía la paz.

Siquiera que quede este texto como un testimonio más de algunas tradiciones que van desapareciendo al tiempo que los Santacloses cocacoleros, los renos de chatas coloradas, los árboles de Navidad; la nieve artificial con sus muñecos figurosos y “cristales” que nunca hemos visto, los güigüichus, los villancicos ajenos y los japicrismas van ocupando el lugar de estas celebraciones y desplazándolas, incluyendo en algunos casos a los Reyes Magos y por supuesto transformando las posadas tradicionales de la mayoría de los hogares mexicanos y ganando terreno las grandes “posadas” o saraos masivos.

Lo que verdaderamente tiene “caca de a montón” son algunas de estas suplantaciones, puramente comerciales, de las tradiciones que unicamente buscan el aumento de las ventas sin otro motivo que la lana a costa de lo que sea y lo verdaderamente triste es que los hatos de borregos crecen en forma exponencial para comprar lo que sea —incluyendo la dicha fugaz de una envoltura navideña— todo aquello que les pongan enfrente.

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