La obra perfecta de un hombre bueno

Dorra falleció el 13 de septiembre ■ Foto Abraham Paredes / Archivo de La Jornada de Oriente

Post scriptum:

El viernes 13 de septiembre recibimos por la mañana la noticia del fallecimiento de Raúl Dorra después de una larga enfermedad de la que, contra pronósticos y diagnósticos, parecía haberse ido recuperando de a poco y con constancia. Tal vez esa mejoría estaba sólo en el deseo de quienes lo queríamos, es difícil saberlo y quizás no importa. En los últimos meses, me percato ahora, hablamos y nos vimos más que en muchos de los años anteriores, y su conversación fue como siempre un regalo de la inteligencia y de la sensibilidad, un reto permanente para la atención de sus interlocutores. Olvidada la botella de oxígeno que tenía al lado, Raúl interrogaba, escuchaba, se interesaba, reía y nos hacía reír, hablaba de toros, de pedagogía, del lenguaje por supuesto, de política, de revistas y editoriales, de la desaparición de Les temps modernes y la de Crítica, de música, de los artículos que preparaba para La Jornada Semanal, donde encontró en los últimos tiempos el lugar preciso para hablar de la enorme variedad de intereses que le amueblaban la cabeza.

El texto que sigue fue escrito para un homenaje de la UAP a Raúl hace ya tres años. Demasiado a menudo ocurre que, cuando muere alguien a quien de verdad queremos, nos damos cuenta de lo mucho que dejamos por decir, y sin decir, y tenemos que consolarnos pensando “él sabía” o “ella sabía”. En este día tan oscuro, es una pequeña alegría recordar que tuve la ocasión de decir estas cosas en su presencia, y de decirlas además no como necrológica sino como festejo. Sigo diciéndolas, espero que se note, con ese espíritu de celebración.


 JSG

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La Universidad Autónoma de Puebla ha sido a lo largo de su historia la casa y el refugio de una larga lista de grandes intelectuales, quiero decir, de hombres y mujeres de pensamiento y palabras esclarecedoras, de actuación consecuente hasta el final y de magisterio inagotable. Personas que marcan la vida de los que tienen la fortuna y el privilegio no sólo de leerlos, sino de escucharlos y observarlos cada día. Los demás escuchamos y leemos con admiración y secreta envidia a quienes pudieron decir: conocí a Leon Tolstoi, conocí a Alfonso Reyes, conocí a Borges. Yo sé que la reencarnación y el karma existen, y que sólo los muchos méritos acumulados en alguna vida anterior pueden explicar el privilegio de haber sido, hace años y ya para siempre, alumno de Raúl Dorra.

No digo esto por fantoche –un necio presumido, nos informa la Academia de la que él es parte–, aunque también, porque me detengo en la palabra “fantoche”, como en tantas otras, por un regodeo y una atención que es precisamente Raúl Dorra quien nos enseñó a cultivar, como ha enseñado tantas otras cosas además de lingüística y semiótica y literatura. Porque Raúl tiene una mente que se ocupa de muchas cosas, que todo lo observa y lo analiza y lo cuestiona. Y quien solamente lo haya leído ya puede admirarse de la vastedad de sus intereses, pero no sabrá que eso que escribe y publica es apenas una parte de lo que ocupa su curiosidad, de lo que lo vuelve eso que en otros tiempos se llamaba un polímata o un “hombre del renacimiento”, o mejor aún, de ese primer renacimiento que fue el siglo XII provenzal. Quien solamente lo haya leído podrá suponer, pero nunca saber con certeza, nunca saber de primera mano, que Raúl Dorra es además, y en primer lugar, un hombre bueno.

Harían falta decenas o incluso cientos de manos para escribir el volumen que diera cuenta de las generosidades de Raúl: por ejemplo, de las veces que se ha abierto la puerta de su casa para recibir estudiantes hambrientos, delirantes de toda ralea, escritores en ciernes, poetas en el abismo de un verso y una vida, nómadas, exiliados, filósofos al filo de La Idea, menesterosos del corazón, o de la palabra o del bolsillo. Y cuando esa puerta se abre, Luisa te hace pasar con una sonrisa divertida, y te lleva con Raúl, y te piden que te sientes, y todo es como en un libro de Lawrence de Arabia cuando se acaban doscientas páginas de arena y sol ardiente y finalmente llegas al oasis.

Es cierto que en el centro de esas cosas están las palabras, y que no hace falta nada más que uno cualquiera de sus libros para merecer el homenaje que hoy le rendimos aquí. Un Raúl Dorra de diecinueve años, por ejemplo, escribió esto que les voy a leer y que da inicio al cuento “Los regresos”, con el que obtuvo una mención de la Dirección de Cultura de la Provincia de Córdoba en un concurso de homenaje a Borges:

“A esta hora estaríamos en el puente. Seguro estaríamos. Ya lo veo al Mario tirado de espaldas, como está ahora, pero al otro lado del río. Respirando fuerte. Descansando un rato. Yo le enseñaría el lugar donde nos bañábamos siendo muchachos, porque él seguro ya no lo reconocería (…) Descansaríamos un rato y después subiríamos buscando el camino grande. Seguro pasaría algún camión; más hoy que la gente quiere salir del pueblo y festejar en el campo. Seguro pasarían varios. Viajaríamos atrás, con los pies colgando. Yo lo sostendría fuerte al Mario, quién sabe no se maree mirando el camino. Quién sabe no puedan sostenerlo esas manos que son puro hueso”.

Raúl seguro se va a burlar de mí por hacer esto. Y como es un hombre bueno lo hará burlándose de sí mismo, diciendo que me puse a hacer arqueología literaria o que lo hago sentir pintura rupestre. Pero quería leerles aunque fuera ese pedacito porque me parece que en él ya está Raúl perfectamente retratado: en este pequeño cuento que narra en pospretérito el viaje imaginario de un hombre con su hermano que ha muerto, el viaje que era un arrebato de amor fraternal que ya sólo encuentra salida y objeto en una imaginación resuelta en palabras.

Todo escritor hace sus pininos. Pero cuando los pininos de un muchacho de diecinueve años son como éste ya sabemos que no estamos ante “todo escritor”, ni siquiera ante “un escritor”: estamos frente a una precocidad creativa como la de Rimbaud, o mejor aún, como la de Goethe. El inicio de una obra que vuelve siempre sobre sí misma, elaborando las formas y las historias con una perfección que no radica en el hallazgo puntual sino en la búsqueda sostenida.

En 1979, un Dorra de cuarenta y tres años concluía La pasión, los trabajos y las horas de Damián escribiendo:

“(Y así acaba el relato. Las generaciones volverán sobre él una vez y otra. La crónica es incierta y el relato es incierto, forzoso es declararlo. Las generaciones –incesantes y ávidas, casi huérfanas– no han conocido aún la última palabra. El relato: helo aquí. La crónica: hela aquí. Algo, tal vez, en estas relaciones, transite los caminos de lo cierto. Nada tal vez. Acaso las presentes relaciones existen con el único fin de ser borradas. Ah, lo que resta aún. Forzoso es declararlo, doloroso: las generaciones no tienen todavía la última palabra y acaso no se trate, por ahora, de esa última palabra. De seguro que no. Se trata, ciertamente, de la primer palabra, la primera verdad indestructible)”.

Esa constancia de la búsqueda no es secundaria ni accesoria: está, me parece, en el meollo de la obra de Raúl y le da una forma que, curiosamente, a menudo está más cerca del cantar de gesta que del poema lírico (en inglés, y entre paréntesis, gesta es quest, que significó “petición” y también “búsqueda”): una gesta de la escritura, de la hazaña de escribir, y también una gesta de los personajes: los de “Donde amábamos tanto” y los otros cuentos de Ofelia desvaría, los de las generaciones que intentan la crónica de Damián, y por supuesto de los personajes de La canción de Eleonora, una novela que hoy se publicaría en cualquier gran editorial bajo el rótulo de ciencia ficción posapocalíptica, y con un diseño de zombis en la portada, pero que afortunadamente fue publicada primero por Joaquín Mortiz y luego por Alción, con portadas que recuerdan, como el libro, que apocalipsis ya hemos tenido unos cuantos.

Raúl reeditó La canción de Eleonora en 2002 (la primera edición es de 1981), y lo hizo con un espíritu de cantante de gesta, reescribiendo el libro por completo y dando a la vez una lección de arte y rigor profesional que deja a casi cualquier escritor sintiéndose como un holgazán, vago y malviviente. Apasionado de los procedimientos y técnicas de la narración oral, Raúl acaba por poner la mirada… en los evangelios. Y como fruto de esa pasión y ese estudio de años decide no escribir un libro. Escribe dos: un estudio académico y una novela, o lo que las editoriales presentan a los lectores como un estudio académico y una obra de ficción, porque hace ya tiempo que un lector atento sabe que Raúl escribe una Obra, con mayúsculas, que siempre tiene detrás una inteligencia lingüística y un corazón lingüístico para los que las etiquetas editoriales no son más que un accidente geográfico. Y así leemos en Profeta sin honra:

“La magdalena se entrega al desconsuelo y uno se detiene ante su imagen, siguiéndola, y, a causa de lo que viene en seguida, se persuade de que aquel desconsuelo no era una rendición sino más bien una táctica: llorar para resistir, llorar para negar, llorar para ir buscando entre los filos de la intolerable realidad algún intersticio por donde se pudiera comenzar a vulnerarla. Acaso todo desconsuelo es una forma de enfrentar la adversidad y acaso, a veces, una forma exitosa”.

Esto es del texto “académico”, y yo sólo querría hacer notar que hay poetas cuyas obras completas vienen a decir más o menos esto que Raúl ha dicho en unas cuantas líneas, y que a menudo lo dijeron con menos fortuna.

El Raúl Dorra de la literatura y el estudio es el mismo de la generosidad impecable, de los ya legendarios talleres de creación, de los igualmente legendarios volúmenes de El poeta y su trabajo, de las traducciones esporádicas pero imprescindibles, de las preocupaciones pedagógicas, de las inmersiones de profundidad en el arte de la Retórica, de la resistencia pacífica y vitriólica frente a las tonterías de la burocracia y el academicismo. El mismo que, siendo académico de la lengua desde 2011, sonríe con gentileza a quienes le festejan haber ingresado en 2016. El que nos contagió de Rilke y Borges y Atahualpa. El que nos consiente admirar a Cortázar aunque a él no le guste. El que con serenidad de tahúr intercala en su discurso chistes elaboradísimos que uno entiende tres días después.

Tenerlo entre nosotros es un privilegio. Decir conozco a Raúl Dorra es un privilegio. Rendirle homenaje, decirle cuánto lo queremos, es un privilegio: más que un regalo para él, un regalo que nos hacemos a nosotros mismos.

 

  1. Juan Carlos Canales, que no es un hombre de entusiasmos fáciles, ha hecho dos propuestas puntuales para que la UAP le dé a este homenaje una forma concreta: el otorgamiento del doctorado honoris causa y la reedición de las obras completas de Raúl Dorra. Ambas acciones serían de elemental justicia.