Sábado, abril 10, 2021

La muerte del teléfono fijo

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Como médico del siglo pasado, acostumbro a hacer historias clínicas en las que inicio con lo que se denomina “ficha de identidad” que refleja los datos generales de una persona. Me es particularmente sorprendente cómo a medida que pasa el tiempo, cada vez hay más personas que no cuentan con un servicio de telefonía tradicional o fija, de modo que ahora el proceso de comunicación se da a través del móvil o celular.

Hace solo algunos años el teléfono fijo era esencial en cada uno de los hogares y eran muy pocas personas quienes no disponían de alguno en sus casas. Mi adolescencia cursó con esa espera infinita que se representaba por las interminables llamadas que marcaron las amistades de por vida y por supuesto, los noviazgos de corte realmente puritano, por parte de los padres, quienes, a grito pelado, buscaban que nuestras conversaciones se limitaran al mínimo para mantener “libres las líneas”. Un regalo especial para las quinceañeras era el colocarles un teléfono en su cuarto para que pudiesen comunicarse con sus amistades y por supuesto, los futuros pretendientes.

Para ninguno de quienes nacimos a mediados del siglo pasado, será absurdo recordar cómo se “acordaba” hacer una llamada en el transcurso de las madrugadas para poder expresar palabras nacidas desde el alma o simplemente, la charla informal comunicando los “chismes” o “comadreos” de la escuela o asuntos referentes a los vecinos.

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La llegada de los teléfonos celulares y la gran importancia que estos tomaron en la sociedad han dejado literalmente en el olvido a los teléfonos fijos y esto se refleja en fenómenos de comunicación que son tan limitantes como lo contrario, digamos, de un nivel de expansión inconmensurables. Pero si bien, uno podría imaginar que la telefonía fija está por perecer, hay una serie de elementos a considerar que la mayoría de la gente ignora y que puede ser de un valor incalculable para apreciar esas viejas tecnologías que los jóvenes ahora desprecian.

Efectivamente las llamadas a los teléfonos fijos han disminuido mucho; sin embargo, no dejan de tener una importancia vital en negocios y empresas. Los bancos las utilizan para no dejar huellas de las llamadas y en un acoso verdaderamente ofensivo y grosero, las utilizan sin piedad a quienes tenemos de alguna manera hasta el mínimo de retraso en un pago. Obviamente también son utilizados por extorsionadores y delincuentes (que, por cierto, poca diferencia tienen, con los banqueros).

Pero existe un detalle de particular interés. Las conexiones locales a internet en una forma más sólida, constante, potente y segura son a través del sistema ADSL, que es un acrónimo del término en inglés Asymmetric Digital Subscriber Line que traduciría más o menos como “línea asimétrica digital por suscripción” y que se basa en la transmisión de información digital que se apoya en cables de pares simétricos hechos con cobre y que transmiten las señales por medio de la línea telefónica convencional. Como la mayoría de las casas construidas hasta ahora contemplan cableado telefónico, usualmente los planes de contratación de internet, llevan paralelamente líneas de telefonía fija. Esto se refuerza con la aparición de la “fibra óptica” que ofrece una conexión de mayor velocidad.

Por supuesto sería necesario valorar las ventajas y desventajas de uno y el otro tipo de comunicación. Agendas; directorios telefónicos; memorización de números; radio limitado de vinculación, por lo corto de la señal en el caso de teléfonos inalámbricos; portabilidad restringida; incapacidad de establecer videoconferencias e imposibilidad de almacenaje que vaya más allá de los denominados “mensajes de voz” que, por cierto, casi nadie revisa con puntualidad, son definitivamente desventajas de la telefonía fija. Sin embargo, de alguna manera personalmente me aferro a ella. De hecho, extraño esas llamadas que van más allá de la comunicación profesional, con los amigos y las personas amadas que ahora, en una forma ilimitada, podrían mantenernos comunicados independientemente de la carga de batería del teléfono que, en el caso de los aparatos alámbricos, es innecesaria.

No podría decir si la telefonía fija se encuentra en agonía, con todo y que un buen número de personas ignoran su propio número (nunca me he hablado a mí mismo, más que en los casos en las que he perdido mi teléfono por un desapego vocacional a las nuevas tecnologías). Lo cierto es que yo me niego terminantemente a dejar de usar el aparato con cable extensible, en cuyo interior, como un alambique de hilos de cobre, me permite escuchar la voz de mi interlocutor, tal vez con la misma calidad, pero definitivamente con una diferente calidez, a favor de los viejos aparatos de teléfono que alimentan mis recuerdos.

 

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