Hernán Gómez y La Maroma Estelar: el precio de la insolencia

La Maroma Estelar

Para que negarlo. La Maroma Estelar de Hernán Gómez Bruera (y Carlos Ballarta) era el tipo de programa televisivo que quería yo disfrutar antes de reunirme con los chicos en la ciudad eterna que cantara Calamaro. Lo peor es que sucedió el milagro. Y no por redundante desmerece su coletilla de “bíblicas proporciones”. Aquello fue una divina sorpresa, pero no duró lo suficiente para arraigar en la realidad. El recién nacido murió de forma rápida y virulenta a principios de julio de 2019. Adujo en un tuit “razones personales” su director y presentador estrella, pero, siguiendo la sexenal línea, yo tengo otros datos. E imagino otra historia. Esta que les cuento aquí.

El Trastorno de Personalidad Evitativa mencionado por el standupero Ballarta en su video de despedida de La Maroma Estelar resume la debacle de un proyecto. Finalmente, los dos presentadores podrían diagnosticarse bajo el mismo paquete de la evitación, es decir, una enfermedad que consiste en “eludir situaciones sociales o interacciones que impliquen un riesgo de rechazo, crítica o humillación”.


Lo que hicieron en sus ocho programas fue algo de lo que ellos mismos no eran, en mi opinión, realmente conscientes. Rebasar los límites de lo tolerable y sentir, luego, la angustia de no poder volver atrás para recuperar el debido respeto de la gente que manda, decide y ordena, eso que damos en llamar sociedad civil y es una minoría de individuos que determina las reglas del juego.

Contra la verdadera iglesia, toparon Ballarta y Gómez. Y uno tras otro, hicieron acto de contricción. Y así terminó la herejía de una noche de verano.

No es facil desafiar un sentido común enraizado en la historia. El triunfo cultural del neoliberalismo, también en su versión mexicana, abreva de la convicción compartida por todos sobre la bondad inherente, divina casi, de la sociedad civil, entendida no como el conjunto de poderes paraestatales (iglesias, academia, empresarios, medios y otros poderosas minorías transexenales) que determinan la moral, el discurso y las acciones de las clases dominadas, sino como el orden natural de las cosas contrapuesto al poder administrativo y/o estatal de naturaleza autoritaria, amén de corrupta.

Este dualismo libertario fue particularmente exitoso desde mediados de los ochenta cuando el pueblo organizado promovió el rescate de la Ciudad de México tras el terrible sismo de septiembre de 1985 logrando unificar narrativas, o confundiendo en un mismo saco de virtudes los movimientos populares de raíces socialistas (trabajadores, colonos, damnificados o zapatistas) con las fuerzas organizadas de la reacción conservadora (desde Octavio Paz al Consejo Mexicano de Negocios).

Conocemos el cuento. Fue, es y será el Estado porque todo gobierno es culero, todo presidente es autoritario y toda política pública es o bien una estafa o bien una simulación o bien la antesala previsible de un crimen mayor. Entre el año cero de Tlatelolco y el horror de Ayotzinapa, el estatismo se mantiene como enemigo común. Es el ogro filantrópico, anunciado por el poeta mayor y odiado por todos los rebeldes del arco político.

Contra él, solo quedaba en pie, intocable e incuestionable, el espectro de la sociedad civil, que ya no sería el cúmulo de fuerzas vivas del anticomunismo militante, sino los profetas del liberalismo, arropados por la misma izquierda sin Estado, invitada por la tecnocracia priista a buscar un rincón bajo el sol de las asociaciones civiles, las oenegés o la burocracia universitaria y los futuros organismos autónomos.

Y en esas llegó la pospuesta presidencia de Andrés Manuel López Obrador en diciembre de 2018. Y seis meses después, el Canal Once estrenaba La Maroma Estelar, un programa donde un científico social dejaba la cómoda posición del analista político en medios para adentrarse en terrenos vedados, o la irreverente crítica a la sociedad civil organizada, incluyendo, en la parodia, a instituciones jamás frontalmente cuestionadas, como el Instituto Tecnológico Autónomo de México, o portavoces autoinducidas de este supuesto ciudadanismo libertario, tal cual Denise Dresser, interpretada por su mejor alter ego, la famosa Madame DiDi.

¿Y que tenía un Late Show de “humor blandengue, mesas de discusión a modo y con pocas o nulas voces disidentes, monólogos y presentaciones titubeantes y claramente improvisadas, entrevistas maliciosas y una edición y producción sin mayor inspiración” para merecer tan fatal desenlace?

Para Hernán Gómez Bruera se trataba quizás de aprovechar el escaparate televisivo para escenificar la batalla identitaria, o cultural, que cada domingo en la noche ofrecería una dosis específica de crítica a la maléfica dupla clasismo-racismo que define las actitudes de los blancos de México. Pero lo mejor del asunto es que, en vez de una clásica guerra cultural entre chairos y fifís, La Maroma Estelar se deslizó, sin querer queriendo, hacia la irreverente burla de los mitos fundacionales de la transición mexicana, o esa democracia limitada, amén de transparente, tutelada por los héroes de la sociedad civil, de los cuales no debe burlarse una televisión pública so pena que el cielo caiga sobre las cabezas de los pecadores-presentadores.

La participación social de movimientos o ciudadanos en red, los liderazgos civiles, renovadores y frescos, la organización armónica y horizontal de la gente, sean estos los ricos de México o los colonos de un barrio popular, no está sujeta al escrutinio burlón de nadie. Y en el territorio de lo sagrado, el humor no tiene lugar.

Por eso no se perdonó la profanación del culto transicional mexicano, pisoteado por dos comediantes amateurs que se creían protegidos por el poderoso manto del amloísmo hecho carne. Y gobierno. Com sentenció Nicolás Alvarado, lo imperdonables es ”que sus ataques aparecían implícitamente asociados a una postura gubernamental” cuando los representantes del Estado deben ser neutrales y apartidistas para que ningún medio público rebase el corsé culturalista impuesto en México por un sistema privada de medios cuya competencia puede estar en las redes y en YouTube, pero jamás en el Once.

Y solo podían pasar dos cosas en La Maroma Estelar: que se convirtiera en uno de los programas más exitosos de la televisión mexicana gracias a una máquina humorística directa y gamberra, leal a un público cansado de la vieja religión social, o que estallara en mil pedazos al momento de enfrentar unas batallas mediáticas que abría el camino al ostracismo social de sus dos conductores, incapaces, cada cual a su manera, de retar a una sociedad civil que ellos mismos consideran como la única fuente de legitimidad, sustento y futuro.

Perviva o no la 4ª Transformación, los hacedores de La Maroma Estelar partían de una dependencia -orgánica y sentimental- hacia los “interlocutores de la sociedad civil” que, citando al propio Hernán Gómez, dotan al gobierno en turno de los instrumentos para la gobernabilidad social a cambio, como en Brasil, de “enormes concesiones al capital y a los sectores conservadores”. Si el acomodo elitista no funcionó en Brasilia y los poderes fácticos apostaron por darle caza a Lula, menos pasará en México con el presidente López Obrador, desaforado ya una vez.

La evitación, ansiosa y neurótica, de un enfrentamiento que puede terminar en exilio y expulsión de la ciudad letrada no es poca cosa para un investigador del Instituto Mora que decidió cruzar, en mala hora, el Rubicón de la sátira política en TV abierta. Pero la tensión agónica era igual de asfixiante para Carlos Ballarta, un cómico instalado en las ligas mayores de Netflix que temía, y con razón, que la creciente polarización del todos contra todos restringiera su acceso a un público ligero y apartidista que aplaude el inocuo costumbrismo de los hacedores de monólogos.

Esto pasó con la extinta Maroma Estelar. O es lo que yo imagino que sucedió, incluso si la improvisada dupla Carlos Ballarta-Hernán Gómez no era del todo consciente del espinoso terreno que pisaban cada domingo. No se rompe con un imaginario hegemónico sin sentir el vacío bajo tus pies. Un pacheco desmadroso se supone que debe burlarse de la autoridad, no de los buenos ciudadanos y mejores escuelas que preservan las virtudes de la democracia. Y por eso debió decir Ballartaque nunca los expulsaron del ITAM, aunque el jefe de comunicación social bien lo exigiera.

Y por ese mismo pánico ansioso, el standupero debió apelar, en forma confusa, al velo de la censura para explicar a sus fans la renuncia a un programa que escalaba, imparable, en su impacto social. Cuando académicos, periodistas y partidos de oposición señalaron, con el dedo flamígero, a los que convirtieron Canal Once en “instrumento de propaganda al servicio del partido gobernante” desviándose del recto camino, es decir, la neutralidad ideológica”, el peso de la vigilancia social, política y mediática tiende a volverse insostenible.

Y ni se diga el efecto del choque en un académico com Hernán Gómez Bruera. Pasar del análisis a la provocación tiene un costo elevado. Para alguien que estudió, en el microcosmos brasileño, el dilema de la gobernabilidad, o la imposible conciliación de intereses entre “actores estratégicos en el Poder Legislativo, el sector financiero y la sociedad civil”, no es fácil convertirse, de la noche a la mañana, en enemigo de tu propia clase.

Profanar los templos del saber y mostrar, sin tapujos ni excusas, el discurso sin filtro de los estudiantes del ITAM, “uno de los centros de formación de cuadros tecnocráticos, neoliberales y neoporfiristas del país”, es un crimen mayor para un doctor que vive y trabaja en las redes académicas chilangas. Y esta misma insolencia la aplicó en anteriores entrevistas, cuando daba amplio micro a los primeros manifestantes antiamloistas del sexenio consumidos por la visceral rabia de los biempensantes, que incluye siempre una alucinación venezolana en Avenida Reforma.

Lo que fue no será. Y,  si lo cantaba José José, es buen epitafio para La Maroma Estelar. El programa dominical terminó el 7 de julio de 2019 tras ocho emisiones de irregular factura. Pocos días después, y tras una exclusiva entrevista en Proceso con Carlos Urzúa el dimisionario secretario de Hacienda, descubría Hernán Gómez Bruera las virtudes del término medio, en una escueta confesional con Gabriela Warkentin:

“Yo también he sido víctima de una ambiente muy exaltado donde más que pode encontrar espacios para la reflexión, entras en la lógica de la provocación. Yo disfruto la provocación porque es cierto que genera debates, pero a veces creo que nos hemos pasado un poco de lanza en la manera de plantear ciertos temas y hemos exagerado. Y no abrimos espacios para el diálogo. Creo que está bien provocar, pero también generar posibilidades de interlocución entre los distintos bandos de la disputa política.

-Dificilísimo.

-Es muy difícil la verdad. Y cuando lo haces, o quieres ser autocrítico , te ven como traidor.

-Y la provocación, como tú dices, cancela la posibilidad del diálogo. Y te vuelves a atrincherar. Y creo que estamos muy atrincherados.

-Ahora sí que no me gusta el término, pero hay que abrir puentes, tender puentes.

La autocrítica de Hernán Gómez apela a los consensos de la transición mexicana, refrito de tópicos encadenados que levita en el centrismo de la equidistancia, mientras la sulfurosa realidad no toma rehenes. Sabe él lo que cualquiera: todos los puentes terminaron dinamitados. De Brasilia a Managua, de Caracas a Quito, pasando por La Paz o Asunción. Tal cual sucedió, y se repetirá, en Ciudad de México.

No soy quien para juzgar. Evitar daños mayores no es un trastorno sicótico, sino sentido común. Y nadie tira su currículum por la borda solo para parecer la copia progresista del hermano menor que sí triunfó en Televisa y todos conocen, sin respetar, bajo el nombre de Facundo.

Hernán B. Gómez suicidó su personaje para salvar su persona. Puede que su vida mejore y su capital cultural resista la fugaz insolencia de La Maroma Estelar, aun a costa de una cierta y dolorosa irrelevancia en su cajón del analista que decidió portarse bien.

Pero más allá de personales razones, finalmente privadas, queda la impresión que la hegemonía sigue del mismo lado. De momento, los asfixiantes consensos de la democracia mexicana y sus dogmas de fe resisten los incipientes embates del sexenio amloista. La sociedad civil somos todos y todos la veneramos, aunque este campo de ambigüedades reúna a víctimas y victimarios, o, en palabras mayores, a la CNTE y a Claudio X. González.

Yo me alegro, como sea, de haber conocido a Madame DiDi, quien, por suerte, resucitó en El Soberano, pero los apegos no duran cuando la dicha es corta. Quizás alguien retome el camino del humor irreverente en la parrilla del Once, aunque esos momentos, o coyunturas, pecan de excepcionales. Y dudo que se repitan en un ecosistema carente de iconoclastas con talento.

Como siempre, ni modo.¿U otra vez será?