La kriptonita de las mañaneras

Hay bastante discusión y varias apuestas sobre la durabilidad que tendrán las conferencias matutinas que de lunes a viernes da el presidente Andrés Manuel López Obrador. Trato de no perdérmelas. Coincido en que son una verdadera revolución de la manera en que un funcionario de este nivel da a conocer sus políticas y las aplicaciones de ellas, sus puntos de vista sobre los temas de actualidad, y el desmontaje de las oleadas de acusaciones que hacen cotidianamente los que él llama adversarios. Los soportes del éxito son las preguntas de los reporteros, sedicentes o consagrados, y las prolongadas didácticas que, a guisa de respuestas, el titular del Ejecutivo aprovecha para lanzar a un inmenso público. No hay quien compita con este método de comunicación política. Hasta ahora. Los comunicadores radiofónicos matutinos sufren con este incomparable programa. Los opositores no saben cómo atajar el impacto social del modelo. El ocurrente Javier Lozano “exigió” que los canales oficiales de televisión y radio no la transmitieran.

La pregunta que hay en el aire es cuánto durarán la “mañaneras”, y por qué, si es que esto sucede, se vendrían abajo en cuanto a la penetración popular del recurso. El tiempo hará lo suyo, se piensa; el agotamiento del modelo obligará a modificarlo. Pero luego de más de ocho meses esto no parece suceder. Sin embargo, un factor que se ha vuelto persistente parece haber empezado a erosionar su impacto. Me refiero al papel cada vez más protagónico de los preguntones habituales, no los que van a interrogar al presidente sobre temas importantes, sino aquellos que acuden por alguna de estas dos cosas: a interrogarlo sobre asuntos que parecen hechos por encargo –o que lo son– y los que van a hacer interesados y hasta grotescos elogios hacia el tabasqueño.

Un individuo de nombre Carlos Pozos, apodado Lord Molécula, de un medio de comunicación hasta diciembre del año pasado completamente ignoto, se presenta cada día a las 5 de la mañana para lograr un asiento de primera fila; hace “las tareas” que, según su interpretación, deja el presidente, y lo inquiere o bien con preguntas que son lo que en el futbol se califica como dar pasesitos que permiten meter goles de cabecita o chilena, o asuntos que formula a nombre de intereses ajenos a los suyos, pero con gran vehemencia, como si los hiciera bajo contrato.


Otro personaje de más reciente presencia en las mañaneras es Miguel Reyes Razo, máxima representación de los cronistas setenteros que hicieron fama y fortuna a la sombra del poder político. Qué siente usted, señor presidente, al ver rendido a sus pies al pueblo mexicano, preguntó, más o menos, y hasta uno se imaginó que se escuchaba la interrogante de “qué se siente ser tan guapo”. Luego remacha sus empalagosos comentarios, al día siguiente, en Canal 11. Resulta inevitable para muchos recordar a este personaje y su inveterado comportamiento lisonjero hacia el poder, cuando nos daba la información toda adocenada en 24 Horas de Zabludovsky o el Excélsior postScherer. Lo hemos visto transitar de un gobernante a otro como Tarzán transportado por las lianas de árbol en árbol. No son los únicos reporteros que se conducen así, pero sí los más notables.

La conducta sobona, de franca o simulada zalamería, no creo que le haga falta a López Obrador. Ninguna. Por el contrario, seguramente le afecta más que le ayuda. Si es que la tendencia es que en las mañaneras dominen estos personajes, el interés por ella se apagará. Ostensiblemente, el presidente da la palabra a estas personas con más frecuencia que a las demás, mientras a reporteros de combate, como Ernesto Ledezma, de RompevientoTV, se las niega reiteradamente. Si el presidente empieza a preferir el halago al cuestionamiento, los pétalos a los abrojos, de buena o mala fe, –no importa–, la utilidad de este extraordinario instrumento comunicativo inventado por él se apagará; no serán los ataques opositores los que mengüen el procedimiento. La prevalencia de la lambisconería es la kriptonita de las mañaneras.