Martes, diciembre 16, 2025

La guerra de castas

La llamada “Guerra de Castas” fue uno de los episodios más prolongados y cruentos de la historia de México durante el siglo XIX (1847-1901). El escenario de este encuentro bélico sucedió en la parte sur y oriente de la península de Yucatán, principalmente, aunque se extendió por todo el territorio. Se trata de la rebelión social de los mayas contra sus explotadores, quienes mantenían prácticamente en una condición de semi esclavitud a miles de peones y campesinos en una región que abarcaba en ese tiempo la península completa y que comprendía los actuales estados de Yucatán, Campeche y el territorio indómito de Quintana Roo. Quiero aclarar que los rebeldes eran mayas como los de hoy en día, porque algunos prójimos creen que los mayas desaparecieron y solo quedaron algunos de sus vestigios arqueológicos. Aún son muchos los habitantes mayas de los estados mexicanos de Yucatán, Campeche, Quintana Roo, Chiapas y Tabasco, así como de Guatemala, principalmente, y otros países centroamericanos. 

La “guerra” a la que nos referimos enfrentó a la “Casta Divina”, denominación irónica adjudicada a un grupo social oligárquico formado por criollos y sus “huelelillos”, contra los indios mayas y algunos mestizos la cual se mantuvo por más de cincuenta años y afectó una gran parte del territorio de la península. Por supuesto que la rebelión tuvo su origen en el descontento de los campesinos por los agravios, crímenes, contribuciones civiles, eclesiásticas, segregación, racismo y servidumbre que sufrieron a lo largo de los siglos y que mantenían los hacendados y empresarios que se beneficiaban de su trabajo, realizado en condiciones infamantes; por otro lado, el resentimiento de los campesinos hacia sus “amos”, principalmente, desembocó en grandes excesos y destrucción por parte de ambos bandos. 

La composición de las fuerzas contendientes fue muy heterogénea porque del lado de los “blancos” hubo indígenas mayas, mestizos, tropas federales y mercenarios estadunidenses —veteranos de la guerra con México de 1847— y por la parte de los rebeldes se agregaron algunos mestizos hablantes del maya. También hubo mayas “pacíficos” que no participaron en el conflicto y que mantenían relaciones difíciles con los rebeldes. Por tanto, no fue una guerra étnica como lo mencionan algunos, aunque si mantuvo ciertos matices raciales. 

¿Por qué se llamó “Guerra de Castas”? 

El calificativo de “Guerra de Castas” fue concebido por los cronistas de mediados del siglo XIX para describir el levantamiento maya iniciado en 1847. Además, con estos términos se hace una referencia con propósitos ideológicos al sistema colonial según el cual se clasificó a las personas por su origen étnico teniendo a los españoles en la cima de esta jerarquía y cuyas secuelas se mantienen como parte esencial del racismo actual. Dicho de otro modo, en este conflicto, según los dominadores, se enfrentó la “gente decente”, como se autodenominaban los ricachones contra los indios; es decir, la “civilización”1 contra la “barbarie”. Insisto en que esta visión de la guerra corresponde a una ideología racista que situaba a los indígenas mayas como inferiores, prácticamente como subhumanos. 

Esto es el “continuose” del “empezose” de ustedes 2 

La expansión de las haciendas en Yucatán y en otras regiones se hizo a costa de las tierras comunales de los indios; a esto se agregaba la opresión económica en un tipo de servidumbre por deudas de los peones, que incluía castigos físicos, ya que el endeudamiento se realizaba a través de las tiendas de raya que recibían los vales o fichas con los que se pagaba a los peones para ser canjeados únicamente en la tienda de la hacienda (con precios inflados) tanto para su consumo básico como para la adquisición de productos destinados a las fiestas religiosas. Las deudas se heredaban a los hijos, todo lo cual provocaba una servidumbre perpetua de las familias. 

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Aparte de esta ominosa condición de los indios, existía un conflicto entre las élites regionales que tenían presencia importante en los propios gobiernos estatales en contra los gobiernos centralistas de Anastasio Bustamante y Antonio López de Santa Anna lo que motivó la separación del estado de Yucatán de la nación mexicana en 1841, proclamándose la República de Yucatán que llegó a tener su propia bandera, pero con la exigencia de reincorporase a México hasta que hubiera un gobierno federal. La Iglesia que, aliada al conservadurismo, también tenía sus propias demandas y además trataba de que los indios, que mantenían un profundo sentimiento religioso sincrético entre el catolicismo y sus creencias ancestrales, pudieran cumplir con la exacción del diezmo que les demandaban; en fin, todo esto conformaba un panorama complejo de alcances regionales y nacionales que desembocó en esta larga y sangrienta lucha. 

In saecula saeculorum 

En los antecedentes del conflicto se reconoce la resistencia de los pueblos indígenas a las condiciones infamantes a las que fueron sometidos que desembocó, en algunos casos, en rebeliones armadas las cuales se enfrentaron al poder colonial en primer término y más tarde al poder central de la República Mexicana. Las rebeliones indígenas, solo en la zona maya, fueron muy numerosas y abarcan los tres siglos de dominación española. Solo en Valladolid, la antigua Saki´Zaci, los indios se rebelaron en 1546, a solo tres años de la fundación de la ciudad y también en 1565; en Sotuta se registraron levantamientos indígenas en 1538 y 1597 y así numerosos poblados en los estados del sureste mexicano, también en Chiapas y Tabasco, así como en Guatemala. 

En suma, fueron más de 128 rebeliones importantes en esa región, amén de otros sitios de la geografía novohispana. Por lo que no debe sorprendernos el levantamiento del EZLN en enero de 1994, integrado por numerosos campesinos de diversos pueblos habitados por etnias mayas como tzeltales, tzotziles, ch´oles y tojolabales, nombres que hasta ese momento conocimos por las notas de la prensa. Aquí, quiero atajar el comentario simplón de que los indios fueron manipulados por “agentes externos”, como si no hubiera razones suficientes para su inconformidad y como si fueran aquellos tontos que el pensamiento racista difunde. Una frase de aquella época resume el trato que recibían los mayas: “Al indio pan por una mano y palo en la otra”. Y podemos agregar lo que los supremacistas blancos proclamaban en Estados Unidos en el siglo xix: “el mejor indio es el indio muerto”. 

¿Cómo empezó todo?3 

Consultando el libro Historia de la guerra de castas en Yucatán4, edición facsimilar, de otra temprana de 1865, publicada por la Universidad Autónoma de Yucatán (UADY) cuyo autor es el Lic. Apolinar García y García, surgen multitud de inquietudes ya que este hombre fue contemporáneo de los años más significativos de esta rebelión. La fecha de la publicación original coincide con el Segundo Imperio y particularmente con la visita de la emperatriz Carlota a Yucatán en noviembre de 1865. El autor, al terminar este texto, lo hizo llegar a Maximiliano por conducto de la emperatriz y aunque él estaba convencido de actuar con “absoluta imparcialidad”, deja traslucir su convencimiento acerca de la inferioridad de los indios en lo cultural, pero también en lo biológico. 

“Son en general propensos a la embriaguez. En satisfacer este abominable vicio  gasta el indio la mayor parte de lo que gana. (…) Todos los indios tienen una muy  grande propensión a la mentira. (…) Son generalmente hipócritas y desconfiados.  (…) Su desconfianza sube de grado cuando tratan con algún individuo de la raza  blanca, se quien fuere. (…) Es igualmente propenso a la ratería y no dejará pasar  ocasión propicia. (…) Son supersticiosos en la extensión de la palabra. Son  rencorosos, y su malquerencia a alguno la procuran imbuir a sus hijos  aconsejándoles la venganza. (…) Es apático, indolente y desamorado. (…) Esta es  la índole de los indígenas yucatecos.” 5 

Algunos conservadores y liberales mantenían ideas acerca de inferioridad del indio y sirva como ejemplo lo que el historiador, político, literato y pensador yucateco Justo Sierra O’Reilly declaraba abiertamente en el segundo libro del Diario del viaje a los Estados Unidos, viaje en el que por cierto buscaba afanosamente la intervención  —como la señora Lily Téllez hoy día— del gobierno de los Estados Unidos para acabar con la rebelión ofreciéndole el dominio y soberanía y por lo tanto la incorporación de Yucatán a ese país. 

“Yo siempre he tenido lástima a los pobres indios, me he dolido de su condición  y más de una vez he hecho esfuerzos por mejorar, porque se les aliviase de unas  cargas que a mí me parecían muy onerosas. Pero ¡los salvajes! Brutos infames  que se están cebando en sangre, en incendios y destrucción. Yo quisiera hoy que  desapareciera esa raza maldita y jamás volviese a aparecer entre nosotros. Lo que  hemos hecho para civilizarla se ha convertido en nuestro propio daño […] Yo los  maldigo hoy por su ferocidad salvaje, por su odio fanático y por su innoble afán  de exterminio”.6 

Tal era el encono con el que los “blancos” y los indios se enfrentaban, aun antes de que la guerra se desencadenara. El 30 de julio de 1847 los mayas rebeldes, guiados por Cecilio Chi, tomaron a sangre y fuego la población de Tihosuco, en el actual estado de Quintana Roo, perpetrando una matanza de todos los no mayas. A partir de este momento se mantuvo un año de sangrientos enfrentamientos con tropas estatales y federales, aunque siguió un avance impetuoso de los rebeldes que llegaron a dominar casi toda la península, llegando a las cercanías de las ciudades de Campeche y Mérida que nunca llegaron a conquistar. La investigadora María del Carmen Valverde, autora del artículo “La Guerra de Castas. Península de Yucatán (1847-1901)”7 agrega un elemento importantísimo en esta rebelión:  

“Aunado a sus implicaciones políticas, económicas y sociales, a lo largo de los  años los elementos religiosos del levantamiento, centrados fundamentalmente al  culto de la “Cruz Parlante”, se organizaron en una nueva iglesia maya, con su  culto y su ritual propios, y a la fecha no se puede separar la importancia religiosa  de este culto de su aspecto combativo y de resistencia.” 

La Cruz Parlante 

El relato mítico de la “Cruz Parlante”, publicado por el doctor Gilberto Avilez en el sitio web de noticias y medios de comunicación “Caribe Peninsular”, nos informa que una cruz fue descubierta en el centro del actual estado de Quintana Roo en un cedro, cerca de un cenote, por José María Barrera, subordinado de Jacinto Pat, el caudillo rebelde. Avilez escribe que: “la insurrección iniciada el 30 de julio en Tepich se transformó en una guerra santa cuando hizo acto de presencia la Cruz Parlante de tradición oracular, que fundía sus raíces en la época prehispánica.”8 Resulta que la cruz tuvo su santuario al construirse Chan Santa Cruz, ahora Felipe Carrillo Puerto. Su primer intérprete llamado Manuel Nauat, del que se decía era un ventrílocuo, daba a conocer las instrucciones para los insurrectos que la cruz le revelaba. Chan Santa Cruz se convirtió en el centro político e ideológico del movimiento rebelde con el santuario a la cruz. Esta congregaba a familias que acudían a depositar ofrendas y dinero para el culto y también para sostener la lucha, comprando armas a los colonos de Belice que, además explotaban el palo de tinte al amparo de los “macehualob” o “cruzoob” (cuidadores de la cruz) sus aliados temporales. 

Muerto Nauat ocupó su lugar como profeta Juan de la Cruz Puc y el culto se mantuvo con sus sucesores. Hoy día sigue existiendo la cruz, este símbolo de la resistencia y rebelión mayas dentro de un santuario resguardada por guardianes en un número cercano a 100 hombres que proceden de poblados cercanos y que permanecen ahí por 15 días hasta ser relevados. Existen hasta 15 cruces, “hijas” de la primera destruida en la guerra, así como 5 santuarios que corresponden a los últimos focos de resistencia de los rebeldes y que aún se conservan en este primer cuarto del siglo XXI; así como es permanente la desconfianza de los mayas hacia los agentes del gobierno, aunque la hostilidad ha cedido el paso a una convivencia tolerada y relativamente considerada. 

Como ya dijimos, durante los años más intensos de esta guerra se buscó, por parte de la oligarquía yucateca, la intervención de Inglaterra y los Estados Unidos para exterminar a los indios como lucían los encabezados de los periódicos locales y de la capital de la república. El investigador Jesús Guzmán Urióstegui en su artículo “`De bárbaros y salvajes´. La guerra de castas de los mayas yucatecos según la prensa de la Ciudad de México. 1877-1880.” Nos dice: “Periódicos como El Globo, El Universal, y El Siglo Diez y Nueve exigían que se levantaran cuerpos de ejército dedicados exclusivamente al exterminio de los rebeldes, sin mediar tregua, ya por atentar éstos contra la paz social, ya por ser verdaderos traidores a la patria, pues se atrevían a perseguir fines “perversos” cuando la nación se encontraba en riesgo de sucumbir ante el avance de las tropas norteamericanas.”9  

Por si fuera poco, los combatientes mayas que habían sido capturados eran obligados a cumplir con trabajos forzados hasta su muerte. Otros más fueron vendidos a Cuba, aún bajo el dominio español para dedicarlos a trabajar en los ingenios de los hacendados cubano-españoles. En el tráfico de personas se destacó Simón Peón, un hacendado yucateco de gran influencia y amigo del arqueólogo estadunidense John Lloyd Stephens y del dibujante Frederick Catherwood, estudiosos de los mayas arqueológicos. “Este hacendado yucateco era el propietario de las ruinas de Uxmal y una voz influyente en la política y en la economía regional” citado por la investigadora Izaskun Álvarez Cuartero de la Universidad de Salamanca en su artículo “Indios mayas en Cuba. Algunas reflexiones sobre su comercio”10 . Esta trata de personas, tanto hombres como mujeres, comenzó en 1849 cuando resultó incosteable mantener prisioneros a los indígenas, además de “blanquear” la sociedad y fueron miles de seres humanos vendidos en Sisal, Yucatán a 25 pesos y revendidos en Cuba por 160 pesos los hombres y 120 pesos las mujeres. 

La paz oficial por pacificación 

La actividad bélica no se mantuvo continua, porque los rebeldes seguían sembrando sus tierras y en esos momentos declinaban sus acciones guerreras. Volvía a recrudecerse la lucha una vez que las cosechas eran levantadas. Las ciudades de Bacalar y Chan Santa Cruz fueron tomadas por tropas federales y los rebeldes huyeron hacia la selva, diluyéndose así el esfuerzo rebelde de manera que oficialmente la guerra concluyó en mayo de 1901. Fue, en el año 2021, que los gobiernos de México y Guatemala pidieron perdón formalmente al pueblo maya por la represión y la guerra de exterminio de estos dos países a lo largo de más de 50 años. 

Contra lo que pudiera pensarse la “guerra de castas” no fue un enfrentamiento entre virtuosísimas y recatadas damitas que se “desgreñaron” entre sí por “quítame estas pajas”, sino un serio enfrentamiento que ya he descrito en los párrafos anteriores y que debería hacernos reflexionar acerca de muchos temas que hoy día aún están presentes en nuestra sociedad como el racismo que, tanto desenmascarado como encubierto, lastima y divide a México, porque los grupos originarios siguen enfrentando esa segregación en todos los ámbitos de la vida social; nada más hay que constatar que la palabra “indio” constituye una ofensa proferida por algunos y la palabra “naco” encierra racismo y clasismo que manifiesta la repugnancia y el miedo a los que no son como “nosotros” o GCU (“gente como uno”); es decir “normales” (refiero mi propia experiencia). 

Puedes leer: Los primeros pasos

1 Guzmán Urióstegui, Jesús. “De bárbaros y salvajes”. La guerra de castas de los mayas yucatecos según la prensa de la Ciudad de México. 1877.1880. [Consultado: diciembre de 2024]. https://revistas-filologicas.unam.mx/estudios-cultura-maya/index.php/ecm/article/view/25/25
2 Diálogo de Mafalda en una tira cómica. [Recurso electrónico: https://marjades.wordpress.com/wp-content/uploads/2004/04/mafalda.jpg]

3 Koyoc Kú, José Ángel. “Guerra de ´castas`. La impactante rebelión popular en Yucatán”. P. 52-65. En Relatos e historias en México. Ed. Raíces, No. 151, mayo, 2021.

4 García y García, Apolinar. Historia de la guerra de castas de Yucatán. Mérida, Yucatán. Ediciones de la Universidad Autónoma de Yucatán, ed. facsimilar de la 1ª ed. de 1865, 2018, lxxx p.

5 Ibidem. p. xx – xxiii

6 Molina Ludy, Virginia. La imagen del indio maya en los historiadores yucatecos del siglo xix. Centro de Ecodesarrollo; CONACYT, México: [Recurso electrónico consultado: enero 2025]. https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/2774922.pdf

7 Valverde Valdés, María del Carmen. “La Guerra de Castas. Península de Yucatán (1847-1901). Pp. 54-59.  En Arqueología Mexicana. México: Ed. Raíces, (sept-oct), 2011, vol. xix, No 111.

8 Avilez, Gilberto. La iglesia maya que vino de la Guerra de castas: el culto a la Cruz Parlante. [Recurso electrónico consultado marzo 2024]. https://caribepeninsular.mx/iglesia-maya-que-vino-de-la-guerra-de-castas/

9 Guzmán Urióstegui, Jesús. (2011). “De bárbaros y salvajes”. La Guerra de Castas de los mayas yucatecos según la prensa de la ciudad de México. 1877-1880. Estudios de Cultura Maya35. [Recurso electrónico consultado en febrero de 2025]. https://revistas-filologicas.unam.mx/estudios-cultura-maya/index.php/ecm/article/view/25/25

10 Álvarez Cuartero, Izaskun. “Indios mayas en cuba. Algunas reflexiones sobre su comercio”. Cádiz, Revista: Baluarte. Estudios Gaditano-Cubanos, No. 3, año 2002. P. 121-141. [Recurso electrónico consultado en febrero de 2024]. https://rodin.uca.es/bitstream/handle/10498/10012/20134423.pdf?sequence=1&isAllowed=y

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