La gran gripe de 1918

Corría 4 de marzo de 1918 cuando unos soldados acuartelados en Kansas, específicamente dentro del fuerte Riley ubicado en Haskell County (condado de Haskell), Estados Unidos, presentaron una enfermedad respiratoria particularmente violenta y de irrefrenable contagio. Nadie imaginaba que la intervención de nuestros vecinos del norte en la Primera Guerra Mundial iba a condicionar una pandemia (enfermedad que traspasa fronteras, superando a una epidemia) de una gravedad tan insólita, que hasta ahora son desconocidas las muertes que produjo entre 1918 y 1920; ya que al morir entre 10 y 20 por ciento de los infectados, se calcula que entre 3 y 5 por ciento de la población mundial falleció; esto es, alrededor de 25 millones de seres humanos.

A través de algunas de las estimaciones actuales, se deduce que tuvo una mortalidad mayor que gira entre 50 y 100 millones de personas. De todos modos durante todo este tiempo, se han establecido una serie de hipótesis, sospechas, conjeturas e investigaciones para saber con precisión qué fue lo que sucedió, condicionando muchas sorpresas.

Normalmente los casos de enfermedad respiratoria con potencial grado de letalidad se dan en los extremos de la vida, es decir en niños y ancianos con edades que fluctúan entre los dos y 65 años de edad. En este caso, las víctimas fueron jóvenes y adultos sanos, además de haber afectado a animales dentro de los que sobresalieron perros y gatos, también con alto grado de mortalidad.


Los cuarteles debían mantenerse con una cercanía relativa, lo que sumado al amontonamiento (hacinamiento) de los soldados, la necesidad de movilizarse por amplios sectores, la utilización de armas químicas y las condiciones inmunológicas de vulnerabilidad en los combatientes por la alimentación deficiente y sobre todo, las tensiones emocionales propias del involucramiento en una guerra, le dieron un carácter particularmente mortal a los infectados.

Por otro lado, a través de la ingeniería genética ya se sabe que el microbio que ocasionaba esta enfermedad sufrió una mutación durante el mes de agosto, en el puerto francés de Brest, por el cual ingresaron a Europa alrededor de la mitad de las tropas de Estados Unidos durante ésa guerra. Las defunciones de los bandos en conflicto se mantuvieron en secreto por razones tácticas, pero siendo España un país neutral en la guerra, fueron quienes dieron abiertamente los informes de casos, lo que hizo que esta enfermedad se llamara “Gripe Española”, sin que el primer caso se diera en ése país.

Partiendo de cadáveres congelados que murieron en ésa época, se han hecho estudios para evaluar las características de la enfermedad, llegando a la conclusión de que fue un padecimiento producido por el virus de la Influenza humana, que incluso ya ha sido reproducido en laboratorio (condición que se ha criticado por el peligro de que una partícula viral, salga de control y provoque una pandemia similar a la de ya casi un siglo atrás). Esto fue informado por el Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), donde se publicó una evaluación del grado de agresividad del virus, el 26 de febrero del 2001.

Para poder saber qué tan violento puede ser un germen, se utiliza la técnica denominada genética inversa, que es una disciplina biológica que, partiendo del conocimiento de un fragmento de Ácido Desoxirribonucleico (ADN) clonado o secuenciado, investiga su función alterándolo en una forma masiva y valorando sus efectos sobre un ser vivo. Ahora ya se sabe que el virus Influenza que causó la Gripe Española de 1918 fue del tipo A (H1N1).

En la actualidad estas variedades de microbios se encuentran circulando en el ambiente y provocan, paralelamente a las altas tasas de infección poblacional, temor que transformándose en pánico, lleva a que se incurra en medidas que no necesariamente son las más efectivas para controlar la enfermedad.

Actualmente estamos enfrentando una crisis de infecciones respiratorias que ha generado una alarma comunitaria de un carácter terrible, donde al adquirir antivirales como profilácticos, se han agotado las existencias, dejando descubierta a la población de individuos enfermos que sí los necesitan. Por esta razón es necesario puntualizar que no todo catarro es influenza, hay infecciones respiratorias aparatosas que pueden confundirse con influenza (Enfermedad Tipo Influenza o ETI) y que la forma de protegernos estriba en las recomendaciones higiénicas que podemos consultar en una gran cantidad de lugares, desde la internet, diarios, escuelas o centros de salud.

En efecto el exceso de confianza puede acarrear grandes males pero al mismo tiempo es necesario considerar que no se debe creer en todo lo que se dice. En este Siglo XXI no tendremos una pandemia similar a la que se generó durante el año 18 del siglo pasado y esperemos que no la volvamos a tener, al menos por ése mismo tipo de virus.