La fiesta de la familia Caleti Anzo. El guateque / II

Ha llegado el 6 de octubre, cumpleaños de don Bruno Caleti y también “su santo”, de acuerdo con la costumbre de asignar a los infantes el nombre del virtuoso(a) que se conmemora el día de su nacimiento. Pasado el tiempo, cuando ya estaba casado don Bruno, un compadre le regaló un “cuento” (revista de historietas) de Vidas Ejemplares en el que se ilustraba la vida de san Bruno, quien fue fundador de los monjes Cartujos, aquellos que calladitos se ven más bonitos. El Bruno de nuestra historia está muy lejos de las virtudes que se cuentan de estos religiosos, porque es un hablantín de marca que parece leguleyo, “chupa” que da gusto y en sus mocedades era bueno pa´la enagua, pues le brincaba hasta a las escobas.

La celebración del onomástico de este hombre de familia congregó a su raza e invitados, amigos cercanos de los Caleti. En el patio, escombrado de trebejos y lavado a cepillo, fueron armados unos tablones para usarlos como mesas cubiertos con un plástico de flores a manera de mantel. Se pusieron guías de papel picado de colores azul y gris, con el nombre Bruno y el escudo nobiliario. Se acarrearon botellas de tequila, de mezcal, de güisqui y de ron, cartones de cheve que se vaciaron en tinas con hielo, así como sillas, vajilla, vasos y copas alquilados. Mientras tanto, en el “laboratorio de los chirmoles” la señora, hijas y ayudantes terminaban de preparar las viandas en los fogones; el mole bullía despidiendo vapores bienolientes, en los comales se calentaban las tortillas para llenar los chiquihuites que se llevarían a la mesa y la cazuela del arroz con chicharitos –vaporosa– estaba lista, así como la sopa de milpa.

La concurrencia, una vez que depositó sus regalos sobre una mesa y sus celulares en una canasta, para cumplir con la petición de los Caleti, se instaló en sus puestos de combate a botanear unos totopos con guacamole y cacahuates enchilados, iniciando con entusiasmo las libaciones para brindar por el festejado. Los invitados, imperturbables, chupaban limones con sal y apuraban sus “caballitos” de tequila. Llegaron los mariachis arrancándose con “Las mañanitas” lo cual convocó al coro monumental de todos los contertulios; siguieron “porras” y a la escandalera se sumaron las ruidosas trompetas de los “trompas de hule”. Las señoras por su parte bebían discretamente comentando los últimos chismes de los “artistas” de la tele y de vez en cuando gritaban a los chamacos que correteaban sin freno, como poseídos por el mismísimo chamuco.


Se sirvieron las viandas y todos, sin excepción, se aplicaron a “mover bigote” y a “llenar tripa” con la sopa de milpa, arroz como acompañante del molito de guajolote, el cual cuchareaban con las tortillas calientitas que llegaban como en línea de producción todo esto rociado con las cebadillas de rigor, bien helodias. Algunos de los comensales pronto quedaron zoatos mostrando un auténtico semblante asnal, tanto por la comilona como por el efecto del marrascapache. La zapotada fue festejada por los más achispados de la concurrencia con la expresión popular: “borracho fino, después del dulce…vino”. Mientras, los jóvenes aprovecharon la distracción y el regocijo de sus “jefes” para empinar alegremente el codo y pronto mostraron los signos de su borrachera: mirada vidriosa y extraviada, un espeso hilillo de baba que les escurría por las comisuras labiales y la lengua cuatrapeada. Las señoras, al darse cuenta del desaguisado de los chamacos acudieron, primero a ocultarlos de las miradas de sus padres y luego a prepararles café cargado para que se les “bajara” el “cuete” no sin antes “echarles la aburridora”, amenazarlos y propinarles uno que otro cuatepín.

De una bocina colocada sobre una mesa, un espontáneo se “acomidió” a hacerla de alcapone o disyoquer y puso “música tropical” o afroantillana (en la que todas las letras de las canciones contienen el verbo gozar en todos sus modos y tiempos), con las cuales algunas parejas se pararon a “mover el bote” para sacudir la polilla y sudar el chínguere. El guateque duró hasta bien entrada la noche y los invitados se fueron despidiendo, los señores con abrazos y sonoros palmetazos, mientras que las finas damas expresaban sonrisas de ocasión, para agradecer a la familia Caleti Anzo por su invitación al agasajo. El cochinero que dejaron: trastes sucios, servilletas por todos lados, platos con comida y manchas pegajosas de refresco en el suelo, costaría a la familia un día completo de trabajo para arreglar el desbarajuste, además de la monumental cruda que a don Bruno le consumía el ánimo y lo mantenía aún en “estado crepuscular” como títere en descanso.

A la familia Caleti le sale lo nativo por los poros, aunque presuma de ascendencia italiana y sólo conozcan la palabra chao. Muchas personas, sobre todo de la clase media, piensan que el prestigio social se obtiene cuando sus apellidos, su tez medio güera, el conocer alguna que otra palabra en otro idioma y sus hábitos de consumo los acercan a la gente de países que ellos consideran avanzados para seguirlos perrunamente; de esta manera niegan su esencia güegüenche, porque esto los identificaría con clases sociales de trabajadores manuales. Así, empiezan por dar a sus nombres una fachada extranjera: los Fernandos son llamados Fredis; los Carlos, Charlis; los Juanes, Yonis; los Antonios, Tonis; los Ricardos, Richards; las Alicias, Alis, las Elenas son Jelens; las Julias, Yulis, las Margaritas Maguis, etcétera.

La última parte de esta historia tratará sobre algunas revelaciones, mitos y fantasías del “medio pelo”[1] esponjado.

[1] Parafraseando el título del libro del sociólogo Daniel Careaga. “Mitos y fantasías de la clase media en México”.