Martes, junio 25, 2024

La ética del aficionado y la de Isaac Fonseca

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El escritor y cronista Antonio Casanueva Fernández, en su artículo del sábado 29 de octubre publicado en el portal altoroméxico.com, mencionaba su profundo desaliento ante la utrerada seguramente afeitada que habían echado el domingo anterior en el Nuevo Progreso de Guadalajara a título de “corrida de toros”. El tema de su interesante texto era la ética del aficionado, y el motivo la espontánea decisión de Casanueva y su esposa Paloma –la iniciativa fue de ella– de abandonar el coso tapatío mucho antes de que el festejo concluyera, más en señal de indignación que de protesta planeada como tal. Pero válida también en ese sentido, cómo no.

La repentina decisión de los Casanueva sintetiza admirablemente las razones del paulatino abandono de las plazas de toros de México por el aficionado de toda la vida, ése que con sincero dolor ha visto indefensa, rota y hasta ridiculizada la cara ilusión en que se sustentó desde siempre su amorosa, apasionada e insobornable relación con la fiesta brava. Si ya caminábamos sobre una cornisa bastante estrecha en cuanto a garantías de autenticidad, con las autoridades supuestamente garantes del reglamento taurino al borde de toda clase de sospechas, ya fuese por negligencia o por complicidad franca con los pervertidores del espectáculo, lo que ha venido ocurriendo a lo largo de las últimas décadas terminó por convertir eso que algún antitaurino notorio, ya desaparecido, llamó muy a su pesar pasión nacional, en un asunto ajeno al público en general, atacado desde diversos frentes y escarmentadas y disueltas las multitudes que llenaban los tendidos por la contumacia fraudulenta de quienes manejaban un negocio que gracias a sus repetidos e irresponsables yerros dejó de serlo, y sin que la ética de toreros, ganaderos y demás factores de la fiesta dijera esta boca es mía.

Por eso es tan importante que alguien haya puesto por escrito, y además publicado en un medio muy concurrido por los taurinos, su justa indignación de aficionado éticamente asumida, y manifestada mediante el abandono repentino de la localidad por la que había pagado boleto. Tal actitud supone un mentís irrefutable a la cómoda postura de quienes siguen sosteniendo que, para defender la fiesta en México, es necesario contemporizar con su adulteración sistemática con tal de “no darles la razón a los antitaurinos”. Esto, la derrota de la ética del aficionado auténtico –inteligente, sensible, bien informado y contestatario en caso necesario– no podrá ser nunca argumento válido en favor de la tauromaquia, ese trozo de la mejor tradición mexicana en tanto expresión de genuina adhesión a la vida, traducida en fervor por la valentía desembozada y por esa peculiar forma de la creatividad artística que, para poder ser, debe arrostrar un latente riesgo de muerte.

Como bien dice Casanueva, para que ese aficionado cabal vuelva a las plazas será preciso exigirles parecidas dosis de responsabilidad moral y ética a los demás actores del espectáculo, empezando por toreros y ganaderos, y sin exclusión de autoridades, empresas e informadores. Porque sin ese ethos como sustento vital, la tauromaquia se parece mucho a lo que tanto fustigan sus gratuitos detractores, que sean o no conscientes de ello se han puesto al servicio de los “valores” anglosajones responsables del actual furor belicista que asuela al mundo, así como de las más violentas e inesperadas reacciones de la naturaleza. La misma naturaleza de la que brotó la majestuosa y fiera presencia del toro de lidia, y que está respondiendo a su terrible manera a los sostenidos abusos y agresiones de la siempre avarienta y hoy antitaurina modernidad.

Tlaxcala: Fonseca revierte la debacle. La lamentable exhibición sabatina que estaban ofreciendo el post toro de lidia mexicano y sus inverosímiles solapadores, sumada a la burla sangrienta en que el juez de plaza había convertido la concesión de apéndices, cesó de súbito cuando Isaac Fonseca se fajó con un toro de verdad, que llegó sin picar al tercio mortal y buscaba el bulto con aspereza. A ese sexto de José Julián Llaguno lo había saludado Isaac a portagayola y lanceado con enjundia, aunque lo mejor, lo más torero de ese introito, fue el lánguido recorte a una mano con que remató sus lances de recibo.

Inició su faena arrodillado en los medios con un péndulo ajustadísimo, que repetiría sin inmutarse. Lo que siguió  fue una lucha entre la decisión del torero por quedarse quieto y alargar las embestidas y el alud de derrotes que le enviaba el calamochero zaino de José Julián. Para gobernar los bruscos embroques fueron su argumento la quietud de plantas y el empeño por sacar la muleta limpia de derrotes, tarea nada fácil. Por primera vez en la corrida el toreo se hacía presente –vencido el bochorno inicial por el frescor de la noche temprana–, con esa impagable sensación de emoción y riesgo sin la cual la tauromaquia deja de ser. Y todo gracias a un torero dispuesto a mostrarse como tal a todo trance. El dominio de los terrenos –el toro buscaba los adentros–, la administración oportuna de las pausas, la capacidad para resolver en la cara los problemas que planteaba el incierto animal, fueron otras tantas claves en las que Fonseca fundamentó su torerísimo quehacer. Algo habría dado porque Paloma y Toño Casanueva hubieran estado este sábado en la Ranchero Aguilar para recuperar, siquiera por esos minutos escasos, su fe en la ética de nuestra fiesta, puesta tan en entredicho por el sabor a mojiganga que hasta ese momento había imperado en una corrida vacía de contenido, producto de la combinación urdida entre un ganado inválido, unos simuladores en traje de luces, un público ramplón, una charanga desafinada y un juez de plaza sin el menor respeto por la dignidad de la fiesta. Recapitulando, el único instante que quebró esa inercia perversa fue el estoconazo a volapié del propio Fonseca a su primer toro –más bien holograma de toro, un bulto cárdeno oscuro, flacucho y cornalón que al menor soplido se derrumbaba–. Estocada que se repetiría en el último lance del festejo para fulminar al incómodo “Entregado”, el cierraplaza con el que el pequeño gran torero de Morelia rescató una tarde de pena ajena, devolviéndonos de pronto al reino encantado del toro y el toreo verdaderos.

Y mejor olvidar el rabo que enseguida se cortó, un dislate más a cargo del señor juez, el mismo que previamente había cambiado orejas por indisimulados bajonazos y premiado sin pudor exhibiciones demagógicas de toreros adscritos a la escuela española de una limpieza sin ceñimiento, aderezada con bailables cursis lejos de los pitones y arrogancias gestuales como de luchador enmascarado al rematar series sin emoción ni trascendencia, a tono con los cansinos medios viajes de otros tantos especímenes del post toro de lidia mexicano.

Vergüenzas al aire. Creo que alguien debería evitar que esa hueca versión de la tauromaquia que se da hoy en nuestras plazas trascendiera vía satélite las fronteras del país, a pesar de excepciones a la regla como la protagonizada a última hora por Isaac Fonseca en Tlaxcala. Y lo creo porque es injusto que fuera de México se ponga en entredicho su riquísima historia y tradición taurinas al ofrecer una visión distorsionada y equívoca de las mismas, alejada por completo a la realidad de lo que fue nuestra tauromaquia cuando la verdad del toro auténtico y la ética de un público apasionado, conocedor y alerta encontraban adecuada correspondencia en una pléyade de toreros cuyos diversificados estilos emanaban un acento inequívocamente mexicano –hecho de temple, cadencia y sello muy peculiares–, en plena consonancia con lo que fueron, en sus buenas épocas, los toros y los públicos nuestros, envueltos en el color, el saber y el sabor de un ambiente incomparable.

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