Domingo, agosto 14, 2022
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La censura, festín de bárbaros

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Para una sociedad fragmentada, “educada” por las redes sociales, impotente ante la ausencia de horizontes que alimenten su fe en el futuro, abrazar una causa cualquiera es de las pocas formas que tiene de sentirse viva. Su evidente falta de formación, identidad y cultura la hará dirigir toda esa impotencia no contra las causas y efectos de su propia deshumanización –consumismo, racismo, clasismo, desigualdad obscena, desastre ambiental, misoginia, violencia extrema, desempleo, auge impune de las industrias armamentista, farmacéutica, petrolera, productores de comida chatarra, granjas de fake news y un larguísimo etcétera- sino contra blancos mucho más simples y vulnerables. Y si además cuenta con los incentivos del gran capital internacional, que lo que busca es acrecentar sus ganancias a costa de lo que sea (la promoción del mascotismo, por ejemplo), estamos ante la explicación más convincente y cabal del radicalismo antitaurino vigente.

Si en España, mal que bien, ese impulso destructor y fascistoide ha podido contenerlo el esperanzador relanzamiento de la fiesta de toros, en México, donde sobrevive penosamente a uno de los peores momentos de su historia, la ausencia de diques de contención la hacen tan vulnerable como un frágil velero a la deriva. Y si el medio taurino no se une y actúa con rapidez y sentido práctico, la tormenta perfecta, que ya está aquí, barrerá con los restos de nuestra alguna vez orgullosa y omnipresente tauromaquia.

La suspensión. Un solitario juez federal –antojadizo, absolutista e impune- ha decretado la prohibición de las corridas de toros en la Plaza México, que es como decir en el país entero, aunque, paradójicamente, su resolución sólo afecte oficialmente a la alcaldía Benito Juárez de la capital. Y es que, en meses pasados, una ignota organización autollamada Justicia Justa interpuso ese amparo a favor del cual intervino el jurisperito Jonathan Bass Herrera a título de juzgador supremo. Su fallo es, en sí mismo, un galimatías semántico: “suspensión definitiva por tiempo indefinido”. En jerga legal debe significar algo, pero como lego en la materia no consigo entender qué. Lo único claro es que la suspensión va, aunque por su carácter cautelar está abierta a la posible intervención de instancias superiores.

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Requerido hace pocas semanas, este ilustre magistrado empezó por emplazar perentoriamente a la parte afectada (la empresa de la Plaza México, única y nada más, como dice el “Huapango Torero” de Tomás Méndez, como si la tauromaquia fuese solamente un asunto de empresarios) para que presentara los alegatos correspondientes. Luego decidió ampliar el plazo –que inicialmente era de ¡dos días!- a fin de concederse un período razonable para la reflexión y el estudio del asunto.  Pero una vez conocido el contenido de su fallo, podemos afirmar que no hubo de su parte ni reflexión ni estudio ni justicia justa. Decisión unilateral y va que chuta.

En busca del justo juez. Supongamos que usted ejerce de juez federal y, sea o no taurófilo (mejor si no), aparece un buen día sobre su escritorio esta papa caliente. Con toda seguridad, el justijusticiero amparo que tiene usted ante sí invocará razones como maltrato animal, “últimos estudios” sobre el carácter sintiente de los mamíferos superiores y vinculación del gusto por la tauromaquia con la liberación de instintos sádicos en la mente del individuo expuesto, especialmente si es menor de edad, señalando los artículos de ley de protección animal presuntamente violados (esto ya fue recurrido por el gobierno de la ciudad de México sin conseguir ablandar a Hass Herrera).

Como, a su juicio, el objeto del amparo amerita un estudio detenido, usted se asesora adecuadamente y descubre que el tema tiene numerosas aristas: económica, ecológica, legal, cultural, histórica, psicológica, sociológica, antropológica… Visto lo cual integra un grupo interdisciplinario ad hoc y abre un período razonable para la discusión, reflexión y estudio del fenómeno sociocultural denominado Tauromaquia.

Por ley, la decisión final será exclusivamente suya, pero como usted es un juez responsable y competente sabe de antemano que tal decisión no puede ni debe depender de sus gustos, opiniones o prejuicios personales. Lo menos que se espera de usted y su grupo de trabajo es una investigación de fondo y un consenso cuidadosamente argumentado.

Por otro lado, tiene ante sí la oportunidad de convertir ese desafío judicial en ejemplo de lo que es impartir justicia sobre un tema altamente controversial. Me dice un abogado amigo que la aspiración de todo juez digno de ese nombre es sentar jurisprudencia. El toro que tiene usted ante sí no podía ser más exigente, pero al mismo tiempo le brinda una invaluable ocasión para trascender profesionalmente. Miel sobre hojuelas.

Contra prisas, templanza. Su primera tarea no será emplazar autoritariamente a nadie sino evitar un laudo apresurado y obtuso, por lo que la exploración y conocimiento real del tema va a requerir, entre otras cosas, una consulta necesaria y suficiente a todas las partes interesadas –profesionales del toreo, ganaderos, sujetos directa o indirectamente relacionados con la economía de la fiesta brava-, sumado a lo cual es inevitable que usted se informe a fondo sobre los alcances ecológicos, culturales, históricos, antropológicos, sociológicos y psicológicos del caso. Y confrontar cara a cara, evidencias en mano, los puntos de vista encontrados, evitando navegar a favor de la corriente: actuar, justamente, como un justo juez. Ejercicio dialéctico que tendrá que incluir, por supuesto, a la parte que se amparó, para que exponga y defienda sus razones y las confronte con la contraria.

Recordatorio a dicha y taurina contraparte: constreñir el problema al aspecto económico-laboral o invocar el derecho legítimo a la libre elección del ciudadano equivale a reducir a su mínima expresión un sistema particularmente complejo. Mutilarlo. La defensa de un patrimonio cultural tan rico como la tauromaquia requiere una visión más amplia y profunda del mismo, sin excluir los factores antedichos.

El camino. Si esa controversia se llevara a fondo no tengo la menor duda que la tauromaquia saldría avante, pues la salmodia elemental de sus detractores –el maltrato animal, el daño psicológico a los menores, la falacia ambiental, progresismo y buenismo como difusas banderas- carece de sustento. Hace no tanto, este tecleador tuvo ocasión de debatir en público con representantes avezados del abolicionismo y pudo constatar la pobreza monocorde de sus argumentos, basados todos en una no declarada pero latente superioridad moral frente a los nuestros. A sus ojos, taurinos y taurófilos somos seres moralmente perversos, o menores de edad mental a los que conviene tutelar mediante vedas y prohibiciones. De ese tamaño es su deformación de la realidad, de la cual se deriva la aberrante petición a tribunales y legisladores para que se imponga a ciudadanos libres una inadmisible forma de censura, contra la tendencia natural de toda democracia liberal moderna de ampliar los derechos y expandir las libertades, no de constreñirlos.

Lo contrario, la imposición autoritaria de cualquier forma de censura, tiene un inequívoco tufo fascista. Como el fallo del juez que ordenó el cierre “definitivo” de la Plaza México

Los pecados capitales del abolicionismo. Concluiré insistiendo en un breve listado, expuesto aquí alguna vez y registrado en mi libro Ofensa y defensa de la Tauromaquia (pp 159-160): si algo une en su fanatizada cruzada a quienes claman por la supresión de los toros no es su afán de frenar el maltrato a los animales sino una serie de simplismos conceptuales y desviaciones psicológicas e ideológicas que los han hecho presa del oportunismo de los politicastros y el apego al pensamiento único promovido por la globalización anglosajona y muy presente en las inevitables redes sociales.

Los rasgos más notorios de la corriente antitaurina y abolicionista, son los siguientes:

1) Taurofobia, que como todas las fobias es un impulso irracional.

2) Incultura: son gente básicamente iletrada, incapaz de comprender y analizar una tradición –cualquiera de ellas– desde los valores de su mito de origen y la simbología que los actualiza en un rito.

3) Intolerancia, espíritu inquisitorial, sustitución de la empatía por un odio ciego.

4) Integrismo, que es el intento de imponer al resto de la sociedad su propia y muy particular visión del mundo (late aquí la imposición de los valores de la globalización anglosajona sobre cualquier tradición cultural que le sea ajena).

5) Corrección política, que es la disolución del criterio personal en corrientes de pensamiento mayoritarias, particularmente en asuntos “sensibles” a determinados grupos o personas, con la consecuente persecución de aquello que simplemente esté señalado como “incorrecto” o mal visto por los censores.

6) Oportunismo cínico, a cargo de políticos en campaña a la caza de ingenuos, o de los que intentan frenar su desprestigio abrazando, con notorio exhibicionismo,  causas facilonas.

7) Ilusión de superioridad moral sobre los taurófilos, catalogados automáticamente como seres despreciables, primitivos y violentos. Una proyección a espejo en toda regla. Y una forma inequívoca de supremacismo, que es una forma superior de discriminación.

8) Buenismo, que no es otra cosa que la sensación mojigata de estar participando en un movimiento inmaculado, civilizado y progresista, que convierte en “buenos”  a quienes lo abrazan sin comprometerlos a nada importante ni socialmente trascendente.

Por estas y muchas otras razones conviene desear que el tribunal que finalmente juzgue y resuelva acerca de “la suspensión definitiva por tiempo indefinido” que pesa sobre nuestra fiesta de toros y la Plaza México cumpla con el papel que la sociedad le ha confiado y nos libre de una vez por todas de la plaga abolicionista en boga.

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