Domingo, agosto 7, 2022

Jaguar

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La relación establecida desde épocas muy tempranas entre el ser humano y el jaguar es uno de los motivos más interesantes y desafiantes para la comprensión de las culturas mesoamericanas. Como lo menciona Nicholas J. Saunders en su artículo “El ícono felino en México, fauces, garras y uñas”, introductorio al número 72 (2005) de la revista Arqueología Mexicana dedicado al “Jaguar en el México Prehispánico”, el felino “evoca las más intensas emociones humanas. Fuerte y ágil, con un agudo sentido del olfato y afiladas garras, se convirtió en parangón de las virtudes masculinas, identificado con cazadores y guerreros y, por analogía, con la guerra y el sacrificio. Asesino silencioso y furtivo, su habilidad para ver en la oscuridad lo asocian con la brujería y la magia, como alter ego de chamanes o espíritu familiar de sacerdotes y reyes. (…) Tal vez fue su capacidad para cazar en tierra, sobre los árboles y en el agua lo que le valió el papel mítico de ‘señor de los animales’ y de patrono espiritual de las fuerzas de la fertilidad. Otro rasgo igualmente importante, que los pueblos indios de México conocen bien, es que todos los animales son presa del jaguar sin que él lo sea de ninguno. Sólo los humanos matan al jaguar, lo que podría explicar la creencia, ampliamente difundida entre los indígenas americanos, en la igualdad espiritual de ambos”. Se encuentra en numerosas narraciones, muchas de ellas cosmogónicas (sobre el origen del cosmos), tanto de las tradiciones mayas, como de las de zapotecas o mexicas; en pinturas murales  y esculturas ( en Chalcatzingo, La Venta, Teotihuacan, Chichen Itzá, Cacaxtla o Montealbán, por mencionar algunas); en cerámica, asociada con frecuencia a las elites gobernantes, ya sea que se trate de la representación del way o animal compañero de un regente o de la advocación de una deidad, como Tezcatlipoca, Quetzalcóatl o Tláloc. De hecho, la deidad jaguar, Tepeyóllotl (corazón del cerro), estuvo relacionado con estos otros dioses de una forma u otra. “En la época prehispánica -continúa Saunders en su artículo-, la unión simbólica de rasgos animales y humanos para crear criaturas híbridas y fantásticas estableció una manera de combinar cualidades físicas y atributos sobrenaturales para representar a poderosos dioses, espíritus, gobernantes divinos o semidivinos, osados guerreros y afortunados cazadores. La imaginería simbólica mediante la cual se representa a felinos y a otros animales emblemáticos no se limita a la mera representación artística; ésta refleja ideas y creencias fundamentales, se refiere a un concepto cultural de lo que se considera fuerte y valiente, peligroso y triunfante: es la representación por excelencia de fuerzas elementales que escapan del control del hombre”.

Asociado con el inframundo, la noche y con la fertilidad, el jaguar poseía características singulares que lo vinculaban a una buena cantidad de deidades como de rituales diversos. Como lo hemos dicho, se le asocia con la guerra y la valentía. En este sentido, de acuerdo con lo que afirma Guilhem Olivier en su artículo “El Jaguar en la Cosmovisión Mexica”, también en el especial de Arqueología Mexicana antes citado, el Huey Tlatoani consumía un caldo elaborado con la carne del felino “con el fin de volverse valiente y obtener honores”. Se le asociaba con Tezcatlipoca cuando se convertía en jaguar, lo que coincide “ya con el fin de una era, ya con la caída de Tollan, que se concebía a su vez como el fin del Cuarto Sol, dominado por Quetzalcóatl. Nos hablan también estos textos del doble predilecto de Tezcatlipoca, el jaguar. Los mexicas deificaron al felino bajo el nombre de Tepeyóllotl, ‘Corazón del Monte’, un aspecto del multiforme Tezcatlipoca”. De hecho, vale mencionar que en el Códice Vaticano B se registra a Tepeyóllotl como jaguar rodeado por ojos nocturnos- estrellas y dentro de una cueva. Volveremos más adelante a esta poderosa imagen. En relación con esta figura, según Olivier, los mayas y los totonacos actuales llaman a este felino “estrella- jaguar”. A su vez, por su vinculación al “corazón del monte” y a la fertilidad, lo encontramos asociado con Tláloc; y reafirmando su asociación telúrica vemos que Tlaltecuhtli, diosa de la tierra ostenta garras de jaguar. También, siguiendo con Olivier, el jaguar estaría vinculado con Quetzalcóatl pues en “los códices presenta atavíos de piel de jaguar y era el patrón de la trecena -una división del calendario adivinatorio de 260 días- que empieza con el día 1 jaguar, ce ocelotl. Como el felino, Quetzalcóatl tiene vínculos con la fertilidad: en su advocación como dios del viento (Ehécatl), barría los caminos para la llegada de los tlaloque e incluso se menciona a un espejo que Quetzalcóatl, cuando era rey de Tollan, utilizaba para hacer llover”. Como se ve, el jaguar tuvo y sigue teniendo una importancia fundamental para nuestros pueblos originarios.

Por todo esto, resulta realmente relevante el reciente hallazgo en el Templo Mayor de la gran Tenochtitlan en el primer cuadro de la Ciudad de México, de una ofrenda que contenía, según reportó Reyes Martínez Torrijos en nota para La Jornada, un “conjunto único de 164 estrellas de mar provenientes del océano Pacífico fueron descubiertas en el Templo Mayor por arqueólogos del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH). (…) El instituto difundió que el hallazgo de estas estrellas originarias del litoral del Pacífico mexicano, tan distante de la capital tenochca, se realizó en la ofrenda 178 del antiguo recinto sagrado de Tenochtitlan, investigada desde 2019. (…) El conjunto incluye una figurilla de copal, el cuerpo de un jaguar armado con un atlatl (propulsor de dardos) y organismos marinos como corales, peces globo y caracoles”. El hallazgo, realizado por los arqueólogos Tomás Cruz y Miguel Báez, está datado en torno al año 1500 de nuestra era y vinculado a la transición entre los tlatoanis Ahuizotl y Moctezuma Xocoyotzin. Cuando leí la nota, me sorprendieron varias cosas. Primero, que se hubieran encontrado tantas estrellas de mar, algunas de la cuales son las más grandes y mejor preservadas que se han encontrado en contextos funerarios, específicamente del Templo Mayor. Y, segundo, la idea de que se haya tratado de un jaguar hembra con atavíos de guerra. Ello nos arroja sugerentes datos que bien nos pueden dirigir a nuevas interrogantes. ¿Fue adrede el que la ofrenda fuera de una hembra? Y si es así, ¿estaría vinculada a una especie de dicotomía guerra- fertilidad?, ¿a la fertilidad misma, como hemos visto asociado al jaguar, en especial con deidades telúricas femeninas como puntualizamos antes? “El INAH detalló -continúa la nota- que durante el gobierno de Ahuízotl, los mexicas establecieron rutas de comercio al parejo de su expansión militar en Mesoamérica, por lo cual en Tenochtitlan se encontraron corales traídos del Golfo de México, estrellas de mar del Pacífico y un jaguar hembra posiblemente cazado en el Soconusco. (…) Los arqueólogos del PTM (Proyecto Templo Mayor) sostuvieron, con fuentes históricas como la Matrícula de tributos y hallazgos previos, que la ofrenda está vinculada a la guerra, no sólo por el arma que portaba el jaguar en una garra, sino por su ubicación en el Cuauh-xicalco, edificación alineada con el costado sur del Templo Mayor, consagrado a Huitzilopochtli, dios de la guerra”. Como sea, permítaseme aventurar algunas ideas: la ofrenda podría remitirnos también a una advocación- versión “femenina” de Tepeyóllotl, ubicada en el “cerro o monte” por excelencia que sería el Templo Mayor, rodeado de estrellas y dentro de una cueva “representada como un recipiente lunar”, como lo vimos en la imagen del Códice Vaticano B. No obstante, añadiría algo interesante a la interpretación. Como sostiene María del Carmen Valverde en su artículo “El jaguar entre los mayas. Entidad oscura y abmivalente”, publicado en el mismo número de Arqueología Mexicana: “El mundo subterráneo es también el espacio de la reproducción, es esencialmente la parte femenina del cosmos, donde se propicia y surge la existencia; es también el ámbito de los dioses de la tierra y el agua. Por lo tanto, la muerte en el pensamiento dialéctico maya, necesariamente implica vida, porque de alguna manera siempre hay un renacimiento posterior; así, a la muerte hay que entenderla como parte de un proceso en este ciclo de regeneración periódica del universo. Por esto, el felino también se encuentra íntimamente ligado a la fertilidad y a la vida que surge de las entrañas de la Tierra, que es su campo de acción y su morada”. Por tanto, no es descabellado que pensemos que la ofrenda está dedicada a la guerra, pero también a la vida, en este diálogo entre opuestos complementarios que es la base de la Cosmovisión mesoamericana. De hecho, el Templo Mayor es en esencia una representación de ambas, con su templo dedicado a Tláloc, deidad telúrica por excelencia y el otro dedicado a Huitzilopochtli, deidad celeste fundamental para el pueblo mexica. El concepto atl tlachinolli, símbolo en que ese entrecruzan el fuego y el agua, es un complejo que representa la guerra sagrada. En él, la sustancia inframundana, el agua, se entrecruza con la sustancia celeste, el fuego; a su vez, simbolizan, por paradójico que suene, la vida. Algo similar vemos representado en el Templo Mayor y algo parecido podría estar sucediendo en la ofrenda que comentamos. Siento aventurar estas ideas en un espacio tan pequeño pues sé que se requiere mucho más para sustentar lo que afirmo; empero, me emocionó sobre manera el hallazgo y me sentí con deseos de especular sobre él.

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He decir que también motivó escribir esta breve reflexión sobre el tema, algunos de los comentarios que leí a la nota publicada por el diario español El País, muchos de los cuales fueron escritos claramente por connacionales y que se jactaban de que ahí quedaba demostrada la “conciencia ecológica de los aztecas” y pavadas como esas. De hecho, me hace reflexionar si la lectura de noticias como esta no trae consigo aprendizaje o acaso la necesidad de profundizar en lo que se lee; incluso me hace pensar que ni siquiera se leyó la nota. Y aunque suene a una perogrullada, no sólo es ocioso sino es hasta pazguato querer analizar una noticia así con conceptos del presente. Basta de querer ver en estas comunidades vicios de nuestro presente, principalmente traídos por occidente. No podemos pensar que los mexicas realizaron un “daño” ecológico cómo sí lo hacen miles de empresas diversas en el mundo del día de hoy; mucho menos atribuirles más o menos “civilidad” en estas acciones. Es menester entender a la historia y sus manifestaciones desde el momento y las personas que la protagonizaron. Los constantes hallazgos en el Templo Mayor y en otros sitios, dan cuenta de la enorme belleza y complejidad del pensamiento mesoamericano, así como de su expresión. Sólo basta quitarnos el velo occidental que nos impide verlo.

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