Domingo, agosto 14, 2022

Inframundo e infierno

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Los años que corren han sido sumamente contrastantes pues han sido lo mismo emocionantes que sombríos. Sombríos por los efectos de una pandemia que todavía no termina y por la violencia desbordante, tanto en nuestro país como en el mundo, y que ha visto quizá estas últimas semanas sus momentos más sangrientos.  Emocionantes para esta columna por la enorme cantidad de descubrimientos arqueológicos que se han dado tanto en el centro del país, como en la zona maya. Me reservo para una próxima entrega lo correspondiente a la violencia y hablaré en esta entrega sobre los descubrimientos y sus implicaciones para la comprensión de la cosmovisión de nuestros pueblos originarios, específicamente en las épocas previas a la invasión de los europeos.  Allá por febrero de 2020, el INAH en el estado de Quintana Roo reportó el hallazgo de un altar en una cueva en plena zona urbana de Playa del Carmen. Según la nota publicada en el portal de la revista México Desconocido, “de acuerdo con el registro hecho por el Instituto Nacional de Antropología e Historia, el último altar encontrado por el proyecto ‘Cenotes Urbanos’ forma parte de 150 sitios arqueológicos encontrados en la Riviera Maya. (…) En palabras del responsable de inspección Enrique Terrones, y su colega José Antonio Reyes, ambos representantes del INAH en el estado de Quintana Roo, el hallazgo de altares en cuevas y cenotes es algo más común en la Península de Yucatán. (…) Lo anterior se debe a que los mayas consideraban sagrados estos sitios, en los cuales pensaban que habitaban las divinidades del agua como Chaac y Ek Chuah. Debido a que gran parte del área de Playa del Carmen posee cuevas secas y semi-inundadas, hay una gran cantidad de descubrimientos que van desde altares complejos, hasta sencillas ofrendas de cerámicas”. Esto nos hace pensar que existió una enorme conexión de las comunidades mayas con los espacios diversos que pudieran representar no sólo espacios liminares entre nuestro ámbito y el inframundo, sino el inframundo mismo. Sin el afán de generalizar, pareciera que en buena parte del territorio que hoy denominamos Mesoamérica, algo así sucedía. Como bien menciona Linda Manzanilla en su ponencia denominada “Los túneles bajo Teotihuacan. Construcción de un inframundo, justificación de un cosmograma”, presentada en el 53 Congreso Internacional de Americanistas (2009) en la Ciudad de México, las “oquedades subterráneas, espacios oscuros y sugerentes de fantasías y mitos, fueron para los pueblos prehispánicos muchas cosas. Desde canteras de materiales constructivos, sitios de habitación, lugares de manufacturas que requieren humedad, centros de reformulación del poder político, sitios de generación de agua sagrada y manantiales, origen y matriz de pueblos, escenarios de rituales de paso, sitios de observación solar, espacios de tránsito del sol nocturno, lugar de la muerte, pivote de axis mundi”. Y, en el caso que ella estudia en Teotihuacan, tales espacios estarían relacionados con la construcción de montañas sagradas vinculadas a la fertilidad.  “El concepto de montaña de mantenimientos —el Tonacatépetl de la tradición nahua— es frecuente en Mesoamérica, y también lo es la montaña sagrada sobre una cueva de donde emerge agua”. Para ella, la ahora conocida Pirámide del Sol fue concebida como tal y quizá cumplió funciones de cultos a la fertilidad y de apaciguamiento de los volcanes en el momento en que es construida -a principios de nuestra era-. Otros templos posteriores, como el Templo Mayor en Tenochtitlan, sostiene, seguirían esta misma tradición. De hecho, debajo de esta pirámide y de la ciudad en general existen túneles que fueron ocupados por antiguos teotihuacanos para la realización de rituales vinculados a las deidades inframundanas, especialmente el que ella llama el dios de las Tormentas -posible antecedente teotihuacano del dios Tlaloc-. “La reiteración del concepto de oquedad asociada a semillas, fertilidad y abundancia aparece particularmente en el mural denominado ‘Tlalocan’ de Tepantitla —uno de los principales de Teotihuacan— en el que se puede observar a un ídolo (que algunos autores remiten a la ‘Gran Diosa’) sobre una estructura con tablero-talud, que yace sobre una cueva con semillas. Asociado a estos motivos hay un batracio con un manantial”.

Por su parte, Alfredo López Austin y Leonardo López Lujan, en su libro “Monte Sagrado, Templo Mayor”, afirman que el “cosmos de la tradición mesoamericana se divide en dos dimensiones espacio­ temporales en razón de su habitabilidad para los seres mundanos. Entendemos por anecúmeno el tiempo­ espacio propio de los dioses y los muertos, y ajeno a las criaturas. Su ubicación corresponde a los cielos superiores (el chicnauhtopan de los nahuas), los pisos del inframundo (el chicnauhmictlan de los nahuas), el axis mundi y los extremos del mundo con los árboles cósmicos. El ecúmeno, en oposi­ción, es el mundo habitado por las criaturas, aunque también está ocupado defi­nitiva o transitoriamente por seres sobrenaturales. Entre una y otra dimensión se encuentran los umbrales, peligrosos sitios de comunicación, por los cuales los dioses circulan libremente”. Tales umbrales son, sin duda, los templos que encontramos sobre esos montículos sagrados (edificios, pirámides); pero también las cuevas, los cenotes y otras fuentes hídricas como ríos o lagos. Para los mayas de diferentes latitudes, estos espacios fueron fundamentales y en todos las ciudades y zonas aledañas encontramos vestigios. Es decir, existen representaciones del ingreso al inframundo en edificios, lápidas, dinteles, cerámica (vasos y platos en contextos funerarios), lo mismo que vestigios en zonas naturales como cenotes y cuevas -tema central de esta entrega- y que, como bien detalla Roberto Romero Sandoval en su libro “El inframundo de los antiguos mayas”, publicado en 2017, al describir la manera en que explicará el particular en su libro, “analizamos los umbrales, tanto los naturales, como los elaborados en su propia arquitectura. En este sentido, los primeros que examinamos son las cuevas, los cenotes, los hormigueros y las bocas de los volcanes; los segundos son los templos de los nueve niveles y los templos-monstruo. Mención aparte reciben los laberintos y las canchas del juego de pelota, porque los antiguos mayas también buscaron reproducir en ellos las entradas al mundo inferior y su geografía sagrada”. Como se ve, el hallazgo se suma a una enorme cantidad de representaciones del inframundo o la entrada al mismo. Destacaría la entrada al templo Mayor de Ek Balam, adornado con fauces del monstruo de la tierra; la lápida de Pakal, que fuera de representar un “astronauta maya”, representa el descenso del importante gobernante al inframundo a través de lo que se ha interpretado como las fauces de un ciempiés; o el plato en el que vemos al dios del Maíz emerger de un caparazón de tortuga que simboliza una montaña sagrada y al monstruo de la tierra. El dios renace después de ser decapitado en el inframundo. En fin, la vinculación del inframundo con la muerte y con la vida es constante y se alterna dependiendo de su presentación. Empero, pese a que pudiera existir muerte, inmundicias o podredumbre en este espacio sagrado, eso no lo equipara al concepto de infierno traído por la religión cristiana y reforzada por los europeos para contrarrestar la trascendencia del inframundo en el culto indígena. Lo interesante es que las comunidades adaptaron ambos espacios y concibieron nuevos lugares y entidades con lo que evitaron que su cultura desapareciera. Un personaje actual y que cumple funciones interesantes es el denominado “Dueño del Monte” que como sostienen López Austin y López Lujan en el libro antes mencionado, tiene variedad de sentidos: “a) Señor de la lluvia, del rayo y del trueno, productor de la vegetación y protector de la agricultura. Dueño de la riqueza del inframundo y, como tal, identificado como el Corazón del Cerro. (…) b) Dueño de los animales, protector de los peces y las bestias del monte”.

La distinción con el infierno se hace necesaria en este punto. Como sostiene Romero, “Durante los primeros cinco siglos de nuestra era, el infierno se va a transformar, pues poco a poco irá triunfando la idea de que es un lugar de castigo donde se purifica el alma de los culpables y, así, se restablece la justicia divina. Sobre esto, el libro de Daniel hace énfasis en el apocalipsis y en el juicio y castigo de forma dramática. Pero esta idea responde a una época y un hecho determinado, a la persecución del rey seléucida Antíoco IV (175-164), que prohibió el culto judío e intentó helenizar por la fuerza a Palestina. El resultado fue una gran revuelta, acompañada de matanzas y destrucción.  (…) En los siglos XI y XII, el infierno se desborda y comienza a elaborarse un detallado inventario de las penas”. Claro, el infierno es el lugar de los castigos, poblado de los peores seres – de los que el mayor es Luzbel, expulsado del paraíso- que habrán de torturar a los pecadores. Hay fuego, hay frío, hay terror. Nada más lejano a la creencia prehispánica, que implicaba una dualidad fundamental. Nunca se trató de vencer a las huestes del inframundo como sí se busca con el infierno cristiano. De lo que se trataba era de realizar ritos propiciatorios que trajeran beneficios a ambas partes, los seres humanos y las entidades del inframundo. Por ello, no vemos en la parafernalia judeo- cristiana altares o cánticos a Luzbel y a sus seguidores. Si se les representa es para mostrar sus horrores o su derrota (a manos generalmente del Arcángel Miguel). Pero me parece que hay que decir que desde que llegaron los europeos, lo que se concibe como infierno lo vemos de manera cotidiana a nuestro alrededor. Observo el Infierno de el Bosco y me parece estar viendo este mundo presente, tan soez y sórdido como se nos manifiesta día con día. Este mundo donde un joven de 18 puede ultimar fácilmente a decenas de niños sin mayor razón aparente; este mundo de feminicidios al por mayor y al alza, donde la justicia es prácticamente nula y donde la cosificación de las personas nos lleva a su venta y trasiego como si se tratara de ganado al que hay que explotar, violar o matar. No, definitivamente me quedo con ese inframundo repleto de vida y muerte, pero que se complementan en un ciclo continuo, vital. Celebro el hallazgo de estos templos, de estas oquedades con ofrendas, de esas fuentes de agua subterráneas y de túneles elaborados por manos humanas para cantar a esa parte del cosmos que es un extremo del otro, el cielo, y que abrazan ambos al ámbito terrestre. Ese inframundo que, como afirman López Austin y López Luján, es el ámbito “del cual el hombre una vez emergió y al cual retornará después de un corto recorrido por la superficie de la tierra”. Si el equilibrio primara en nuestro mundo, no existirían infiernos, sino ámbitos complementarios.

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La Cueva, como dice Heyden, no sólo conduce al Tlalocan, sino que lleva al Mictlan. Hunt, por su parte, afirma que en la actualidad, las cuevas rituales son imaginadas simultáneamente como úteros-vaginas y como bocas que tragan las almas de los muertos, entradas al

En la mitología del Centro de México destaca la acción protagónica de uno de los dioses: Nanahuatzin se entrega en sa- crificio, lo que significa que se somete al ciclo de vida/muerte. Tras su descenso al inframundo, resurge por el oriente con una nueva naturaleza, convertido en una criatura: el Sol. No deja de ser dios, pero ahora está cubierto por una cáscara per- ceptible y pesada que lo obliga a recorrer cotidianamente tanto el espacio que habi- tarán los vivos como el mundo subterráneo.

Con bastante frecuencia los relatos indígenas afirman que los rayos grandes son patronos de los pueblos y que tienen como misión defenderlos de sus ene- migos. Un ejemplo lo da la historia de los cakchiqueles: cuando el conquistador Pedro de Alvarado estaba en Iximché, amenazó a los señores de la región porque no le llevaron la cantidad de oro que demandaba. Entonces se apareció el dios patrono y dijo: “Yo soy el Rayo. Yo mataré a los castellanos; por el fuego perecerán. Cuando yo toque el tambor salgan [todos] de la ciudad; que se vayan los señores al otro lado del río. Esto haré el día 7-ahmak”.66 Este relato ilustra aquí nítidamente la lucha entre el protector sobrenatural de la comunidad y un grupo de mortales extranjeros. Sin embargo, los enemigos también pueden ser rayos o dioses patro- nos de los pueblos antagonistas. Entonces se entablan combates sobrenaturales en los que se envían recíprocamente terribles enfermedades, como lo afirman, entre otros, mochós y huastecos.67

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Y si el desdoblamiento es múltiple, la figura central del Dueño se puede frag- mentar y distribuir en dos bandos de personajes, benéficos unos, maléficos otros: Quetzalcóatl, Tláloc, Viento, Arco iris, Lluvia, Vía Láctea y Rayo por una parte, y Diablo, Pingo, Charro, Soldado y Catrín por la otra, según los nahuas de More- los.68 Como anteriormente se dijo, el carácter maléfico asociado al Diablo deriva en gran parte del combate de los evangelizadores contra la figura del Dueño.

Con el fin de aclarar la figura multifacética del Dueño, distinguiremos algunos de los poderes a los que hacen referencia sus nombres, su apariencia y los relatos en torno suyo. Pero antes de exponer una muy apretada síntesis, es necesario advertir que el esbozo, por fuerza generalizante, no niega la diversidad especializada de las funcio- nes y la diferencias entre los distintos dueños de cerros, aun en una misma región.

Linda Manzanilla

Romero, el inframundo maya

Alberico, quien escribió hacia 1130, señala que en este lugar había un valle helado donde eran torturados los fornicadores; cerca de ahí estaban mujeres colgadas de los pechos, sobre todo aquellas que se negaron a amamantar a sus hijos; a las mujeres adúlteras se les amarraba de los cabellos y se les quemaba; en un horno gigante se asa a los tiranos y en otro a las mu- jeres que abortaron, y un sinfín de penas adaptadas a cada género de pecados.

Los mayas de los períodos Clásico y Posclásico creían en la existen- cia de una vida después de la muerte y que la región inferior de la capa terrestre era la mansión de los muertos; también pensaban que en ella estaba el germen de vida y había dinamismo. Simultáneamente, es el lugar donde moran los dioses que provocan la muerte, comenzan- do con algunos seres sobrenaturales, los cuales fueron representados como cuerpos humanos en estado de putrefacción, esqueletos articu- lados, calaveras y mandíbulas descarnadas, imágenes que se pueden observar en diversas vasijas y obras plásticas que serán analizadas más adelante, así como otros dioses ancianos ligados al interior de la tierra y a la reproducción.

En la época prehispánica vamos a encontrar varios nombres con los que se denomina al inframundo maya. Desde los topónimos, que alu- den a un lugar mítico, hasta los términos en lenguas indígenas que recuperan los religiosos ya entrada la Colonia, los cuales se refieren tanto a espacios sagrados, como a lugares naturales perfectamente de- tectables, como cuevas y cenotes. Incluso, advertimos que muchos de estos nombres se conservan entre comunidades mayas actuales.

Es interesante que en la mayoría de las lenguas mayas se designe al inframundo como Xib’alb’a,3 pues ello nos habla de la unidad cultural que poseen estos grupos y de la clara ubicación que tenían de este si- tio. Por ejemplo, el Diccionario de Motul, escrito hacia 1577, traduce Xibalbá o Xabalbá como “diablo”, “cosa endiablada o diabólica”, y xibil, como “desaparecer” o “fantasma” (1929: 453). En esto coin- cide con el Diccionario de San Francisco que traduce Xibalbá como “diablo” (1976: 392). Pedro Sánchez de Aguilar (1892: 96) menciona que Xibilbá quiere decir “el que desaparece o desvanece”. En cambio, el Diccionario Maya Cordemex dice que es uno de los nombres que recibe el dios de la muerte (2001: 941).

Sobre este punto, Adrian Recinos advierte que Xib’alb’a tiene los mismos significados tanto para los mayas k’iche’, como para los kak- chiqueles y yucatecos (Popol Vuh, 1996: 169), tal como podemos observar en el cuadro 1. Además, dicha idea se corrobora en el voca- bulario en lengua kakchiquel, escrito por Thomás de Coto entre 1647 y 1656, pues asienta que Xibalbay significa “demonio”, “difuntos” o “las visiones que se les aparecían a los indígenas”, y se localizaba “en el centro o corazón de la tierra” (Coto, 1983: 294). Por lo que podemos concluir que el término Xib’alb’a coexiste con el de otras tradiciones indígenas recién incorporadas, como el caso de la palabra Mitnal, introducida por gente de habla nahua.

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