Sábado, noviembre 27, 2021

Imposición educativa y social

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Hace días, producto de las numerosas publicaciones que se envían como cadena vía guatsap, tuvieron a bien compartirme un texto publicado en un portal llamado Libros y Lanzas intitulado “No todo fue sangre y codicia (II): la educación”. La publicación, segunda parte de una serie que busca combatir la llamada “leyenda negra”, se centra en el tema “capital” de la educación que habría llegado de la mano de los europeos desde los primeros momentos de la colonización de los territorios conquistados en América.  Según afirma Manuel Méndez Márques, autor de la publicación,

“La educación se entendía como un pilar fundamental para instruir adecuadamente a las generaciones venideras en profesiones clave del nuevo Estado de cuño Moderno, tales como las referidas a la burocracia y a la judicatura. Asimismo, una buena educación era esencial para crear una cierta cohesión social sujeta a lenguaje, valores, idiosincrasia… Por eso mismo, desde fechas muy tempranas, los pobladores castellanos del Nuevo Mundo pusieron especial énfasis en instruir «a la española» a los hijos de las élites locales y a parte del grueso de la población nativa para lograr la aculturación necesaria que limase las diferencias entre dos mundos totalmente opuestos”.

Claro, ¿pero ese era el modelo justo? ¿Los naturales de estas tierras lo solicitaron o fue impuesto? El texto continúa diciendo “No es baladí señalar que, en América, se fundaron un total de 20 colegios mayores y, hasta la independencia, salieron de ellos unos 150.000 licenciados de todos los colores, castas y mezclas. Allí aprendieron el abecé básico y algunas nociones de mayor envergadura. (…) Tener en suelo americano tales instituciones significaba que la población colonial gozara de cierta autonomía y comodidad, amén de la integración de las élites nativas”. Los números pudieran parecer sorprendentes, pero no hay referencia de semejantes cifras y tampoco se aclara quiénes serían esos 150, 000 mil licenciados y mucho menos qué consecuencia habría tenido su formación en la historia novohispana; de hecho, tampoco se aclara cuál habría sido el beneficio real a los habitantes originales de los territorios americanos, simplemente se da por sentado. Más adelante, se habla del Colegio se Santa Cruz de Tlatelolco como un ejemplo de la formación de las elites indígenas, para después hablar de las universidades fundadas en los nuevos territorios desde el siglo XVI. El texto es muy breve y carece de fuentes a las que podamos acudir para comprobar las afirmaciones que realiza, pero su carácter divulgativo podría llevarnos al error de pensar que no debiera tenerlas, pero claro que las necesita. El asunto es que este es un ejemplo de los textos que abundan en la red y que por múltiples medios llegan a amplios contingentes de personas que los reciben sin una lectura crítica y que no profundizan en sus afirmaciones. Después de todo, ¿quién podría negar el “enorme” beneficio que significó la introducción del sistema educativo y de pensamiento europeo -y humanista- en territorios americanos, “tan bárbaros y tan alejados de la mano de Dios”? Bueno, pues muchos lo hacemos.

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Hace años leí el interesante estudio “La educación como conquista, empresa franciscana en México”, realizado por José María Kobayashi, que se centra en los primeros esfuerzos de frailes franciscanos por establecer una educación en la región central de México. Muy al principio, la idea era evangelizar y enseñar las primeras letras; luego, la enseñanza de oficios para pasar a proyectos más ambiciosos, como la formación en Colegios donde se enseñara griego y latin y se puediera ordenar sacerdotes indígenas para que ellos mismos se convirtieran en misioneros.  Sin embargo, fue rápido el fracaso. Como afirma kobayashi, “…antes de mediar el siglo XVI, cabe señalar el comienzo de la decadencia de la educación franciscana hecha a la vela con unos frutos tan prometedores. No hubo manera de detener su decadencia. La exclusión del sacerdocio y el desplazamiento progresivo del indio dentro de la sociedad novohispana, que no era totalmente ajeno al fracaso del intento de formar clero indígena, afectaron de tal modo la psicología de los alumnos de las escuelas-monasterio que se volvieron cada día más díscolos e intratables para con los religiosos, hasta que éstos se decidieron a ‘echarlos de nuestras casas’. Esto fue antes de 1576, y ya hacía años que la educación de niñas indias se había abandonado y ahora se suprimía el régimen de internado de las escuelas-monasterio. Sólo el colegio de Tlatelolco entablaba una penosa lucha por subsistir en medio de múltiples obstáculos y un ambiente cada día más frío y hostil. Pero incluso de él se tenía ya recelo ‘muy grande [de] que esto se ha de perder del todo’, y de hecho para fines del siglo ‘se ha ido todo cayendo’ y ‘ha cesado el enseñar de veras latín a los indios’”. Según su estudio, el fracaso vino debido a que los frailes vieron que los mexicas, tlaxcaltecas y otros grupos que fueron formados no fueron buenos para “entender” la filosofía y la teología; de igual manera, no quisieron ordenarse sacerdotes – principalmente porque de esa manera no podrían tener familia- y, posteriormente vino la prohibición expresa de la Corona para ordenarlos; a su vez, muchos no querían casarse con las jóvenes formadas en los colegios de mujeres por las costumbres adquiridas en ellos. Hay que decir, además, que la educación se impartía a los hijos de las elites indígenas y no al grueso de la población, cosa que sucedió en todos lados de la Colonia. Es decir, considerar que la educación traída por los europeos fue en beneficio de toda la población, como lo trata de implicar el texto de Méndez, es una ingenuidad. Incluso afirma, como ya vimos, que se licenciaron hombres de todos los “colores, castas y mezclas”. ¿Impacto real, consecuencias? Más ingenuidad. 

No comparto el optimismo de Méndez y tampoco el de Kobayashi, que al finalizar su estudio afirma que es “evidente que la educación franciscana, de duración efímera, sin duda, no fue del todo inútil, sino que, por lo contrario, asentó en Nueva España la noble tradición educativa abierta desde un principio al pueblo vencido, que más tarde fue recogida, continuada y fomentada por otros institutos docentes de mayor envergadura o de un espíritu más al día. Su consecuencia está actualmente bien clara a todos. A la distancia de unos cuatrocientos cincuenta años, la realidad que tenemos a la vista en el México de hoy día es una nación católica con mayor proporción del elemento indígena incorporado a la vida nacional que en otras naciones con condiciones étnicas análogas”. Quien quiera y esté interesado en ver con ojos críticos la historia de nuestros pueblos originarios se percatará que las cosas no fueron tan lindas como se cree. Como sea, pienso que hay que hacerse nuevas preguntas. Para empezar, con las Conquistas y con la posterior colonización de estos territorios, se insertó un modelo de pensamiento occidental centrado en el capitalismo y las formas de conocer que ha traído la modernidad y que “modelan activamente nuestras subjetividades en las fantasías de las ficciones modernas” como afirma Walter Mignolo en el prefacio al libro “Para una pedagogía decolonial” de Zulma Palermo. Dicho modelo de pensamiento, que como hemos visto, estuvo primero regido por el pensamiento humanista, más adelante se verá reforzado por la modernidad vista ahora desde la razón y el liberalismo económico como fuentes fundamentales de todo lo cognoscible y lo realizable. Ambas circunstancias tuvieron consecuencia en la construcción de instituciones de enseñanza, tanto básica, como superior, y han ido moldeando las ideas de progreso y desarrollo que imperan hasta el momento. ¿Fue ese el modelo educativo deseable y óptimo para nuestras latitudes?, ¿es esa la única ciencia reconocible y deseable que debemos aprender?, ¿no existía nada válido en las formas de conocer y vivir de las comunidades originarias en América y en el resto de los territorios conquistados y colonizados? Con la llegada de ese modelo educativo se canceló de inmediato el conocimiento y la forma de producirlo de los pueblos que por milenios habitaron este continente; pero no sólo eso, tal modelo ha impedido que muchos investigadores y científicos del pasado reciente y del presente puedan ver en los usos y costumbres del pasado y del presente de estas comunidades señales de lo que ellos llaman “Ciencia”, “Medicina”, “Historia” o “pensamiento”. Debemos hoy partir de modelos que, como afirma Zulma Palermo en el libro referido, “puedan producir la descolonización del saber único que el poder ha naturalizado, al concretar una profunda crítica a la modernidad que genera subjetividades ‘enjauladas’ en la desvalorización de los saberes otros. Este proceso descolonial requiere, al mismo tiempo, de la generación de proyectos decoloniales que se orienten a revertir ese estado de situación desmonopolizando el funcionamiento social en todas sus dimensiones: económicas, políticas, subjetivas, cognitivas, y generando proyectos ‘otros’ nacidos en el seno de las comunidades”. Es decir, escuchar, compartir, conocer con los “otros” que no necesariamente son las comunidades indígenas, sino todos aquellos que salgan del modelo central impuesto por el saber- hacer colonial occidental. Producir un esquema educativo adecuado para aquellos a formar, en su lógica y sus necesidades, es fundamental. Nunca le preguntaron a las comunidades originarias, después de las conquistas, si estaban de acuerdo con estos modelos; en ningún momento hubo un diálogo de igual a igual en la construcción de saberes pues en su mayoría fueron tildados de supersticiones e idolatrías. Hoy nosotros no involucramos a los sujetos en su formación y,  en realidad, repetimos el esquema de imposición del saber- hacer que nos fue impuesto a nosotros también desde hace tiempo, con poca o nula crítica y con la constante de que la propuesta ha de ser contrastada y corregida por las autoridades pertinentes para después ser avalada. Hoy esa instancia no es la “metrópoli” o cualquier liderazgo provincial regular desde el Vaticano. Hoy son el Banco Mundial, la OCDE o el organismo que decida qué tipo de educación debemos tener. Es necesario desprendernos del modelo saber- hacer colonial occidental para poder en verdad desarrollar modelos más justos e integradores; de lo contario, seguiremos irremediablemente atrapados en imposiciones que ingenuamente celebramos y consideramos nuestras.

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