Miércoles, enero 14, 2026

Ignorancia, prejuicios y omisiones

En días pasados, el gobernador del estado de Puebla informó que la plaza de toros El Relicario, en la zona norte de la capital poblana, va a ser transformada por su administración en un centro de espectáculos. El cambio, que hará desaparecer el coso taurino, incluye un nuevo nombre para el lugar lo suficientemente cursi como para no tener que repetirlo ahora. Ni la prensa ni la ciudadanía dijeron nada al respecto: tácita aceptación, ninguna pregunta y cero comentarios. Primer indicio.

Por otro lado, la semana anterior nos sorprendió un hecho aparentemente trivial: la columna taurina de un diario de difusión nacional apareció sin la fotografía que usualmente la acompaña, y que el autor había enviado previamente a lectores amigos. En dicha foto, Silverio Pérez y el presidente Lázaro Cárdenas del Río posan sonrientes: el mandatario más inclinado a la izquierda del siglo XX mexicano codo a codo con un ídolo popular indiscutible de la época de oro de nuestra tauromaquia. Segundo indicio.

¿Indicios de qué…? Dejo al lector la elección: puede ser que la impunidad con que se podrá fin a los días de El Relicario sea un caso de pura y despreciativa ignorancia; otra posibilidad sería el probado prejuicio supremacista hacia el tema taurino instalado desde hace tiempo entre sus detractores, y un tercero, en el caso de la fotografía omitida, una forma digamos blanda de censura.

Y como ninguno de estos tres supuestos excluye a los otros dos, su explosiva mezcla se pone interesante. Vayamos por partes.

Ignorancia. De hecho, son ya varias las generaciones de mexicanos a los que la tauromaquia no les dice absolutamente nada, entre otras cosas por su oportuna desaparición del horizonte noticioso y, en consecuencia, de la escena pública y la vida social a la que tanto había nutrido y proporcionado color, calor y pasión durante siglos, sobre todo a lo largo del XX.

Y aunque no es del caso recordar ahora los cómos, quiénes y porqués dejaron de televisarse las corridas que domingo a domingo se transmitían en cadena nacional –años 50 y 60–, dicha supresión está íntimamente ligada a la consecuente indiferencia general hacia el tema taurino, considerado como algo anacrónico y ajeno por la mayoría de los mexicanos.

Ahora bien, ignorarlo todo sobre un asunto determinado no parece razón suficiente para denostarlo tan cruda y grotescamente como se ha hecho con las corridas de toros. Para llegar al ataque directo, a la ignorancia y a la indiferencia tuvo que añadírseles una insistente e insidiosa campaña de descrédito perfectamente orquestada. Como en casos recientes del ámbito político-ideológico ha podido comprobarse, la ingenuidad de neutrales y desprevenidos funciona como un caldo de cultivo ideal para el éxito de tales campañas puesto que aporta la maleza reseca que los que encienden la chispa buscan incendiar.

Spinoza. Baruch Spinoza, filósofo judío holandés adelantado con mucho a su tiempo (1632-1677), sostenía que “la ignorancia nunca es un argumento”, y, en otra de sus máximas, que “Juzgar lo que se desconoce es insensato”. No les vendría mal echar una hojeada a sus

enseñanzas a los ciegos odiadores de todo lo que huela a tauromaquia. Y, ¿por qué no? también a la pasmada grey taurina.

Prejuicio y desprecio. Prácticamente podría replicarse aquí todo lo señalado en la cláusula anterior. Con el señalamiento adicional de que todo prejuicio nubla el juicio, y lo que se oye decir acerca de la fiesta de toros –su condena inapelable, los calificativos a menudo insultantes aplicados al hecho taurino y a quienes lo cultivan y gustan de él—encaja con admirable precisión en esta definición de prejuicio: “Juzgar alguna cosa fuera del tiempo oportuno, o sin tener cabal conocimiento de ella, o apartándose de lo razonable” (Diccionario Polígloto Barsa. Vol II. Edit. Encyclopaedia Britannica Publishers. Inc. México-Panamá-Río de Janeiro-Buenos Aires-Caracas. 1980. p. 928).

Pero la manía de prejuzgar no basta para justificar un juicio descalificatorio puesto que asimismo puede haber prejuicios afirmativos, es decir, favorables a la cosa prejuzgada –escuche usted a unos padres hablar de las extraordinarias virtudes de su hijito y entenderá a qué me refiero–. Pero el prejuicio más insidioso es el que nace del desprecio, de la desestimación desdeñosa, de la pretensión de superioridad intelectual y moral sobre lo juzgado, que ya puesto en ese plano de inferioridad puede ser aplastado con total impunidad. Y es precisamente a partir de este tipo de prejuicio que se condena a la fiesta taurina y a sus practicantes y aficionados. Y de paso al toro de lidia, familia bovina dotada –son datos comprobados– de genoma y comportamientos propios y exclusivos. Silenciar esta verdad científica forma parte de la descalificación tajante del tema taurino. Un silencio lamentablemente compartido a partes iguales por taurofóbicos, taurinos y taurófilos.

Es así como la ignorancia y el prejuicio funcionan como los dos brazos de la tenaza que amenaza con depositar a la tauromaquia mexicana, parece que inexorablemente, en el baúl de los recuerdos. Con ánimo de arrojarlo cuanto antes al mar del olvido en un caso más de la cancelación cultural tan grata a este siglo de absolutismos, reduccionismos y mezquindades sin cuento.

Censura. Evidentemente, la sola ignorancia, los prejuicios y el supremacismo esgrimidos en contra del toreo no bastarían por sí solos. Por eso hubo que reforzar el arsenal volcado en su contra con el último y más genuino argumento del poder –oficial o no– que es la censura.

En el caso de las corridas de toros, la censura se ha ejercido implacablemente de diversas maneras, evidentes unas y veladas otras. La surgida a partir de la supresión de una fotografía donde un torero famoso posa amigablemente con un político progresista –cuya familia tuvo además una ganadería de bravo en Michoacán–, es probable que sea una muestra de lo segundo. Porque se trata de invisibilizar el tema. Como si la tauromaquia nunca hubiera llegado a América, tomada hoy por asalto –vía TV y redes—por los deportes anglosajones.

Muestra fotográfica. Quiero rematar esta columna ofreciendo un muestrario de personajes del mundo de la política y del arte afectos a la fiesta brava. Con la característica adicional de que ninguno de ellos podría ser acusado de conservador o derechista, sino más bien al contrario. Esto a propósito de la manía actual de considerar reaccionarios, en automático, a los actores, seguidores y defensores de la tauromaquia, en tanto que el progresismo en masa

se siente en la obligación de combatirla a muerte. Aberraciones ambas que urge denunciar por activa y por pasiva.

A ver qué te parece, lector amigo, esta forma directa, evidente y gráfica de hacerlo.

Silverio Pérez y Lázaro Cárdenas (1940) Presidente Álvaro Obregón (Toreo, 1923)

El Che Guevara en las Ventas (1959) Los presidentes Tito, de Yugoeslavia, y López Mateos (Plaza México,1963)

Brindis de Armillita al hijo del presidente Roosevelt (Bilbao, 1933) Charles Chaplin saluda al público de San Sebastián (1933)

Ernest Hemingway y Antonio Ordóñez (Pamplona, 1959) Pablo Picasso y el torero colombiano Pepe Cáceres

El célebre mimo Marcel Marceau y el escritor argentino Julio Cortázar explican lo que significaba para ellos la tauromaquia

Brindis de Joselito a García Márquez (Madrid, 1996), y el autor de Cien años de soledad saludando al público de la plaza Santamaría de Bogotá (1982)

Esto afirma Albert Boadella (dramaturgo catalán)

El matador David Galván y la artista conceptual serbia Marina Abramovic (2023)

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