Sábado, julio 2, 2022
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Iberoamérica ¿cagona?

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Al finalizar el año pasado, un abogado y periodista de nombre Aldo Mariátegui, intituló un artículo suyo “¿Por qué Iberoamérica es tan cagona?” mismo que fue publicado en el portal de noticias Libertad Digital. En él, se pregunta: “¿Por qué Iberoamérica siempre estropea todo cuando ya está a punto de pasar a otra etapa de desarrollo y desanda lo tan trabajosamente andado? ¿Por qué Chile acaba de elegir al activista izquierdista radical Gabriel Boric (¡su equivalente en España sería Iñigo Errejón, imagínense!) y decidió así echar por la borda tantas décadas de esfuerzo para ser el primero de la clase de Iberoamérica y arañar entrar al Primer Mundo? (…) ¿Por qué un Chile que sufrió la traumática experiencia del calamitoso Gobierno marxista de Salvador Allende vuelve a emprender esa senda 51 años después? ¿De dónde viene este instinto suicida chileno?” Lo que para una buena parte de los chilenos implica un triunfo, para Mariátegui implica un total desatino del electorado de ese país. Reconozco que pueda existir cierta suspicacia sobre el candidato, joven y con un pensamiento abiertamente anti neoliberal; también sobre la elección, que podría ser tildada de inmadura por su reacción en contra del sistema sin pensar realmente en la opción elegida. No obstante, les guste o no, es una clara respuesta a la descomposición política, económica y social que se ha vivido en el país sudamericano desde que el modelo neoliberal tomara a Chile como uno de los territorios emblema en América Latina. Algo similar estará ocurriendo, según vaticina Gerardo Lissardy en un artículo publicado en BBC Mundo, con otras tres elecciones en América Latina que se darán este año: Costa Rica, Colombia y Brasil. Los dos últimos conllevan una importancia fundamental. En Colombia, por los diferentes movimientos sociales que presenciamos en plena pandemia y que han cimbrado contundentemente a ese país; en Brasil, porque implica el enfrentamiento entre el ultraderechista Jahir Bolsonaro y el legendario Luiz Inácio Lula Da Silva (ya libre de todas las acusaciones de corrupción que lo llevaron a estar en prisión un tiempo). “Una victoria de Lula en Brasil y Petro en Colombia -afirma Lissardy- daría un nuevo impulso a la izquierda en América Latina, no sólo por el peso relativo de esos países. (…) Entre 2020 y 2021 ganaron candidatos de izquierda en la mayoría de las elecciones celebradas en la región: Luis Arce en Bolivia, Pedro Castillo en Perú, Xiomara Castro en Honduras y Gabriel Boric en Chile, aparte del caso especial de Nicaragua”. Claro, por más esperanzador que suene lo anterior -salvo el caso de Ortega en Nicaragua-, tomo con cautela lo que está por venir. 

De hecho, vale la pena preguntarse si es que la izquierda existe o si se trata de una versión “light” de los gobiernos neoliberales de las últimas décadas. ¿En verdad podrá expulsar Boric al neoliberalismo de Chile como esgrimió en su campaña? ¿Lo hizo Lula en su mandato? ¿Lo está haciendo en verdad López Obrador en nuestro país? ¿Es real la amenaza “socialista y comunista” que tanto conservador ignaro ve en cualquier manifestación de gobierno con tendencias de apoyo a lo social y de retorno a la tutela del estado en los temas prioritarios? De hecho, me parece que expresiones como esta responden a una clara manifestación de temor por parte de ese pensamiento ultraconservador y bien colonial que sigue pensando que ser racista, clasista, oligarca/monárquico/aristocrático de clóset medio abierto, medio cerrado, está bien. Es ese pensamiento que afirma que la empresa y los empresarios son impolutos e incorruptibles y que el Estado todo lo pudre y lo corrompe, pero que perfectamente atascan el morro en cualquier triquiñuela que les permita desbaratar sindicatos, vulnerar derechos laborales y explotar a los trabajadores casi hasta la esclavitud -sin llegar a ella, por supuesto, de lo contrario serían bárbaros- para incrementar sus de por sí abultadas ganancias. En efecto, hay temor en el seno de esas ideologías y hay cantidades de personas que comparten este tipo de artículos  a través de redes sociales y vía guats pensando que la “venezualización” existe, que es más virulenta que el Covid y que se esparce peligrosamente por todo el orbe lo que habrá de terminar con las buenas costumbres y nos traerá la “depravación LGTBIQ+” y el abuso de esa gente que llaman sus “criados, criadas, sirvientas, mozos”… en una frase: “el asalto del arrabal y el malevaje”. ¡Uyyyy, qué miedo! 

El problema es que también las izquierdas han pecado de muchas maneras. Han hecho muchas cosas buenas que parecen malas y se han corrompido abiertamente. He visto a defensores de AMLO y de López Gattel pasarse las disposiciones anti Covid por el arco cuando sus intereses económicos se ven amenazados; hemos visto empresarios asociados con los gobiernos de izquierda de América Latina verse beneficiados por diversas vías – México no es la excepción, en especial con Salinas Pliego y con Slim- y hemos visto a Iglesias cristianas de diversa denominación postular políticos de izquierda y derecha sin distingos, con total falta ideológica y de solidez moral de forma abierta y descarada. Todo ello me lleva a observar con cautela lo que viene. Pero, más allá de que esas izquierdas vayan a triunfar o no, me parece verdaderamente crucial el que se hayan detenido los movimientos de ultraderecha -al menos temporalmente- en América, incluido el de los Estados Unidos. Por supuesto, personajes como Bolsonaro, Trump, Duque -aparente títere de Uribe y su grupo-,  han hecho poco por sus países y dan mala imagen a los grupos que representan que, aunque orgullosos de su cerrazón y estulticia, han fracasado enormemente en resolver las necesidades sociales más elementales, quizá porque hacerlo no estaba en su agenda. Todo ello ha hecho que el electorado se encuentre molesto con esos gobiernos y que decidan ahora votar a favor del espectro político contrario. Tal actitud “reactiva” por parte de los electorados responde claramente a la pésima construcción de una dinámica de discusión política en nuestras latitudes. El modelo ha triunfado al despolitizar y desmovilizar a amplios contingentes sociales; han logrado quitar el pensamiento del debate en las casas y en la calle, y lo que impera es la víscera y la predilección por la inmediatez. Ejemplo de lo anterior son, tristemente, los antivacunas, los terraplanos, los que comulgan con los alienígenas ancestrales y el inusitado y preocupante aumento de iglesias de toda denominación en el Continente. Como dice Lissardy, “el gran desafío para los gobernantes latinoamericanos sigue siendo cumplir con las demandas de mejores servicios públicos y seguridad social, así como menor desigualdad, con las que quizá sintoniza mejor la izquierda. (…) Llevar a cabo esta tarea será difícil en una América Latina con crecimiento económico moderado (próximo a 3% en 2022, según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe, Cepal), presión inflacionaria y mayor deuda pública, con la incertidumbre que plantea ahora la variante ómicron del coronavirus”. En realidad, no hay gobierno que pueda resolver en unos cuantos años las enormes disparidades producidas por el modelo neoliberal desde hace años. Menos si no se empieza a construir un pensamiento latinoamericano en todos los sentidos (político, económico, social, educativo), que responda a cada país, a cada región, y no a los intereses que desde fuera se han ido imponiendo. 

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Para lograrlo, no sólo se requiere un amplio acuerdo entre los diversos sectores, sino iniciar con el reconocimiento del otro como un ente fundamental en la construcción de una colectividad. Pero si persiste nuestra estructura ideológica y social colonial, esa que es profundamente clasista y racista y que sueña con que nos convirtamos en Suecia, Alemania, Francia, Inglaterra o los Estados Unidos, nada de esto cambiará y no importará si llega la derecha o la izquierda, extremos, después de todo, que terminan siendo la misma cosa. Mientras la izquierda se mantenga en una concepción eurocéntrica de la política y de la vida cotidiana, no habrá movimiento significativo. Como lo afirma Ramón Grosfogel en su artículo “Izquierdas e izquierdas otras: entre el proyecto de la Izquierda eurocéntrIca y el proyecto transmoderno de la nuevas IzquIerdas descoloniales”, publicado en la revista colombiana Tábula Rasa en 2009: el universalismo (la concepcion eurocéntrica que establece que solamente desde una epistemología se realizan las preguntas y se encuentran las soluciones para todos en el planeta) que se desprende de estas teorías eurocéntricas reproduce los diseños globales imperiales y coloniales pero desde la izquierda. Contrario a este uni-versalismo el pensamiento crítico desde el sur Global piensa desde el pluri-versalismo como proyecto universal”. En efecto, mientras no se rompa con la globalidad y la supuesta universalidad de pensamiento que lleva consigo la modernidad, no podremos construir lo que en realidad necesitan nuestras comunidades. La apuesta debe ser, por más que suene anacrónico, una vuelta a lo regional y a lo local, siempre atendiendo a las necesidades de los sujetos y sus comunidades. Lo que se requiere es una revolución de pensamiento. ¿Las izquierdas que llegan lo pueden hacer? No lo sé, pero me queda claro que al menos en el discurso están dispuestas a hacerlo. Las derechas, lo han demostrado hasta el cansancio, no pueden pues se encuentran tan perdidas en sus “derechos de sangre”, la incuestionable “legitimidad” de lo privado y su hipócrita moral profundamente afectada por las religiones que profesan. ¿Cagona Iberoamérica? ¡Para nada! Cagón el modelo neoliberal y sus defensores que de manera perversa, pretenden marearnos y espantarnos con palabras como “comunismo, socialismo y populismo” llevadas a “pecado capital”. A quien lea esto le digo, ojo, mucho ojo con caer en la siempre seductora ignorancia detrás de estos “intelectuales”, que al igual que las placas de ejercicio con vibración, sólo dan la sensación de movimiento, pero no quitan las lonjas ni la panza.

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