Martes, agosto 9, 2022
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¿Humanos? vs. brutos

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Los temas que he abordado en esta columna “de color”, como se conoce a este tipo de contenidos en el medio periodístico, responden a la forma particular de ver el mundo que cada uno tiene, en mi caso agrego un acusado interés por el lenguaje llano, por los evocadores arcaísmos y por la necesidad ingente de comunicarme con mis prójimos a través de pensamientos y actos racionales, entre otras cosas, lo cual en algunas ocasiones ha opacado mi brillo social que, por cierto, no me importa mucho.

Pero entrando en materia les cuento que cuando era niño compartía mi pequeño mundo con un sinnúmero de insectos que he dejado de ver, algunos de recurrencia estacional como los mayatitos de san Juan que aparecen ahora en mucho menor cantidad que antes y que precedían a la temporada de lluvias. Es el caso de las chicatanas, parientes de las hormigas obreras, que vienen con las lluvias y se usan en la gastronomía mexicana de la región del centro del país, de Veracruz y Oaxaca principalmente; poseen un abdomen lobuloso, de ahí el significado de su nombre en la lengua náhuatl, que algunas personas chupan asegurando que tienen un sabor dulce. ¡…safo!

Seguramente algunos recuerdan los enormes mayates verdes tornasolados que algunos méndigos chamacos amarraban cruelmente de una patita, con un hilo largo, para hacerlos volar por encima de sus cabezas. Cuando les aburría el jueguito era porque el animalito ya estaba muerto o mutilado. Un caso parecido es el del makech, un escarabajo que en Yucatán era convertido en una “joya viviente” al colocarle pedrería de fantasía por encima y atado con una cadenita servía de prendedor para que las finas damitas lucieran sobre su blusa al pobre insecto, “condenado a muerte”, por algunas horas o días.

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Las precoces inquietudes cinegéticas de los escuincles no tenían límite alguno, ni familiar ni social que restringiera esas conductas inhumanas. Mis contlapaches, armados de charpes, tirahules, hondas o simplemente con piedras se daban a la tarea de lanzarlas a las aves, lagartijas y perros callejeros, los cuales eran las víctimas favoritas de estos malandrines en ciernes. Que decir de las “cárceles de moscas”, fabricadas con un tapón de corcho ahuecado y alfileres para formar la reja, que eran formas más refinadas de practicar la brutalidad contra los seres vivos; el arrojar sal a las babosas para verlas retorcerse eran parte de la “inocente” diversión de los mocosos, principalmente. Debo decir que mi padre, aun siendo militar, me exhortaba a no hacer daño a los bibis diciéndome: “mira hijo, este animalito tiene derecho a la vida”.

Los nidos de arañas patonas (aunque no son insectos estrictamente) que se congregan y ofrecen la apariencia de manojos de cabellos humanos, adheridos a las paredes, daban a mis cuates la oportunidad de rociarlos con gasolina para quemarlas. Los renacuajos (anuros) que eran llamados erróneamente “ajolotes” al menos permitían a los chamacos observar el proceso de la metamorfosis que los convertían en ranas, las cuales después de tenerlas por algunos días en una vieja tina, escapaban invariablemente y se alejaban de las méndigas criaturas antes de acabar difuntas mediante maldades, para su sola diversión.

Los gatos y los perros de casa y otros animales domésticos no escaparon a la malevolencia de la tropa menuda, algunos de cuyos integrantes los tomaban como juguetes vivientes, ya sea poniéndolos a tirar de un carrito, amarrándolos como prisioneros o cualquier cantidad de majaderías. Algunos menores, llegaron a lastimarlos y a matarlos como antecedente, en algunos casos, de su futura vocación de maltratadores de mujeres, niños y aun de sicarios. Una de las curiosidades que hemos visto en esta pandemia es que la ausencia temporal de humanos ha dado paso a que algunos animales se atrevan a circular por las calles vacías y los peces recuperen, aunque sea por un corto tiempo, los sitios por los que solían transitar.

Existe la reiterada costumbre de calificar como “animal” o “bestial” a aquel delincuente que muestra una crueldad extrema. Pero si reflexionamos un poco, los animales no muestran estas conductas por placer o cualquier otra causa que no sea un acto de supervivencia por los alimentos, por sus crías o por la seguridad que les brinda un territorio. La violencia sin causa vital es propia solamente del hombre, que hiere y mata por muchísimas sinrazones. Todo el tiempo se ven ejemplos de esto en los nefandos crímenes que tienen sus motivos en el acaparamiento de bienes, en el fanatismo religioso, en diferencias políticas, por motivos raciales y fóbicos, en acciones con trasfondos ideológicos, en actos demenciales, etcétera.

Los animales son las primeras víctimas de este mundo monopolizado por la especie humana que se sirve de ellos, los deforma y los elimina a su gusto, sin consideración alguna por su vida. Esto nos lleva a la reflexión siguiente que es del todo pertinente: ¿quién es el verdadero bruto? el animal llamado racional o la alimaña.

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