La decadencia política, económica y social que exhibe desde hace muchos años el mundialmente temido y arrogante “imperialismo yanqui”, tiene su raíz más profunda en la descomposición moral que lo corroe como Estado. País asiento de los hombres más ricos del mundo, gobernado por su oligarquía; promotor incansable de las guerras en el mundo, del genocidio, de los golpes de Estado, y la destrucción del planeta, manejados como negocio. Acciones cuyo denominador común es la obtención de ganancia a costa del exterminio de seres humanos y el saqueo de los recursos naturales donde los haya. Difícilmente podría estar mejor representado que con su actual jefe de Estado, Donald Trump, ejemplo viviente y personalizado de esa descomposición. Sólo Estados Unidos siendo, casi, ordenador del mundo como está, se permite tener un presidente con las características de inmoralidad que le persiguen, como ser humano y como político, (Sentencian a Trump por pagos a Stormy Daniels; volverá a Casa Blanca como delincuente convicto), (Hermano de Epstein: “Jeffrey no se suicidó, sabía cosas que perjudicaban a Trump”), e impactan en el narcicismo de su personalidad, la esencia depredadora de sus acciones de gobierno y, la orientación pendenciera y belicista de sus relaciones internacionales. No se trata de endilgar descalificaciones gratuitas a su quehacer político, los hechos hablan por sí mismos; y, si en este tiempo las relaciones de Estados Unidos con el resto del mundo transitan por una de sus peores épocas, la responsabilidad, en gran medida, recae en el señor Trump y su estilo personal de gobernar con dos caras.
De su narcisismo caracterizado por el sentido exagerado de autoimportancia, su necesidad constante de admiración y, la falta de empatía hacia los demás, dan cuenta sus propios actos: (NFL: Donald Trump quiere que el nuevo estadio de los Commanders de Washington lleve su nombre), (Trump afirma que su política arancelaria sirve para “traer la paz al mundo”), (“Me llaman el presidente de Europa”, dice Trump; presume gestión de la guerra de Ucrania), (Trump pretende que se celebre un desfile militar a la vez que su cumpleaños y desata la polémica | Watch), (Donald Trump critica al Comité Nobel y advierte que “sería un insulto” para EEUU no otorgarle el Premio de la Paz). La acción depredadora de su gobierno, la muestra una incontable lista de conflictos que ha generado contra demócratas, periodistas, medios de comunicación, personalidades de Hollywood, universidades, inmigrantes, propalestinos, instituciones internacionales y, en general, contra todos aquellos que manifiestan ideas contrarias a las suyas, tildándolos de “izquierda radical” o “comunistas lunáticos”; en cuya confrontación no ha vacilado en llegar al cierre del gobierno, ni a la militarización de grandes ciudades.
La faceta pendenciera que está desarrollando en el exterior se ha diversificado en función de los negocios que convienen a la oligarquía estadounidense, de la que él forma parte: (Trump reitera que Israel entregará Gaza a Estados Unidos), (Trump se compromete a comprar y controlar Gaza; palestinos no tendrán derecho a regresar). Un lucrativo negocio se olfatea en América Latina, que ha hecho reunir en un mismo saco, narcotráfico, ideología, petróleo y, procesos electorales, como variables a manejar en ejecución del anunciado proyecto de revivir la Doctrina Monroe. Las nuevas técnicas americanas para imponer jefes de Estado que garanticen el control de los recursos naturales y el narcotráfico como fuentes de negocio permanentes, asociadas con mercantil perversidad contra gobiernos de posiciones ideológicas contrarias pero que, además, radican en países ricos en recursos petroleros, biodiversidad y tierras raras.
El proceso electoral que ocurre en estos días en Honduras, revela los instrumentos y mecanismos a los que acude el imperialismo para conseguir esos objetivos mediante el uso de las variables contra gobiernos legítimos emanados de las urnas. En fulgurante contraste contra el imparable discurso de impedir que las drogas sintéticas entren a Estados Unidos (EU) provenientes de México, Colombia y Venezuela (con gobiernos de signo ideológico contrario al republicano libertario), exactamente, en tiempos electorales previos a los comicios del pequeño país centroamericano Donald Trump meneó tres piezas: se pronunció públicamente en favor del candidato de ultraderecha Tito Asfura; liberó de la cárcel, mediante indulto, al expresidente hondureño Juan Orlando Hernández que purgaba una condena de 45 años por trafico de drogas hacia EU; y, “amenazó” con consecuencias al pueblo hondureño en caso de que diera el voto al Partido Libre (oficialista).
Celebrados los comicios el pasado 30 de noviembre, a esta fecha, el conteo arroja que Nasry “Tito” Asfura, del Partido Nacional, es el candidato más votado, con 40.53 por ciento; Salvador Nasralla, del Partido Liberal, tiene el 39.1 por ciento; y, la candidata oficialista Rixi Moncada, el 19.30 por ciento. Sobre los comicios Nasralla ha denunciado que hubo “robo” y “fraude”, en tanto que la Cancillería del gobierno saliente está <<…denunciando la injerencia en nuestras elecciones por parte del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump. También la coacción que sufrió la población a través de amenazas de grupos criminales y el fracaso del sistema de transmisión y divulgación de resultados electorales>>. (La Jornada – Honduras denuncia ante ONU, OEA y Celac injerencia de EU en sus elecciones presidenciales). La liberación de Hernández, no es la primera que concede el magnate a prisioneros por narcotráfico (Ross Ulbricht: Hombre que facilitó la venta de drogas en EU agradece a Trump haberlo indultado). ¡Ahí está el detalle! Junto con la coacción que hubiese sufrido el electorado hondureño, por las amenazas de grupos criminales; ambas acciones sí cuestionan la sinceridad de la lucha contra las drogas en EU y los ataques que, con ese argumento, se hace a los gobiernos progresistas que no se someten a los lineamientos políticos destructivos del imperio. La criminalidad comparte una ideología, inclinaciones políticas y, negocio.


