Lunes, septiembre 20, 2021

Historia de un cartel

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Hasta ese viernes de 2007 (07.09.07), habían ascendido al grado de matadores en Francia otros dos mexicanos: Ricardo Barderas padre (08.09.46) y Mario Sevilla (21.09.47). Los dos en el anfiteatro romano de Arles, mismo escenario de la corrida goyesca en que Joselito Adame recibiría la alternativa de manos de Julián López “El Juli” con el arlesiano Juan Bautista Jalabert como testigo. José Guadalupe Adame Montoya había nacido en Aguascalientes 18 años atrás (22.03.89), y aunque fue alumno de la Escuela Taurina de Madrid, la mayor parte de su trayectoria novilleril se desarrolló precisamente en el país de los galos. Sólo que mientras los lejanos doctorados de sus dos antecesores carecieron de validez en España, de acuerdo con el reglamento de la época, cuando le llegó a Joselito la tan ansiada ocasión esa restricción había sido relegada al olvido, según demuestran efemérides de tanta trascendencia como las alternativas otorgadas por Miguel Báez “Litri” y Paco Camino a sus vástagos homónimos (26.09.87) –como excepción, los ilustres veteranos, ya retirados, acordaron alternar por última vez–, así como las de Cristina Sánchez (25.05.96) y Julián López “El Juli” (18.09.98), ceremonias todas escenificadas en Las Arenas de Nimes, el antiquísimo coliseo romano que es actualmente sede de las confirmaciones de alternativa en el país de Víctor Hugo, Luis Pasteur y Napoleón.

Arles, 7 de septiembre de 2007. A plaza llena y en tarde especialmente luminosa partieron plaza, con ropa del diseño que convencionalmente identificamos hoy como goyesco y capotes de brega al hombro, las cuadrillas encabezadas por el joven catecúmeno mexicano (de perla y oro), El Juli (morado y azabache), y Juan Bautista (seda azul mate y sobrebordado asimismo de pasamanería). El ambiente era abiertamente festivo y aguardaba en toriles una corrida de excelente crianza y presencia del ganadero burgalés Antonio Bañuelos. Se respiraban los mejores auspicios. Empero, que vino a continuación resultó tan desigual como el juego que dieron los hermosos bichos castellanos. El alternativado tuvo la fortuna de encontrarse con el mejor lote, y lo aprovechó cumplidamente.

“Magnífico”, el de la alternativa, marcado con el 20 y con 520 kilos, era un magnífico ejemplar negro zaino que, casi playero de cornamenta, ostentaba una cuna para espantar a cualquiera. Cualquiera que no tuviera los arrestos del mozo hidrocálido, pequeño, moreno, de sonrisa fácil y una destreza natural para manejar los engaños y ocupar su terreno de acuerdo con las características de cada toro. A “Magnífico” lo saludó en el tercio con ceñidos mandiles, lo llevó al caballo con chicuelinas al paso y le hizo un quite por gaoneras agobiadoramente ceñidas. Y una vez que Julián López le entregara muleta y estoque, condujo a “Magnífico” hasta los medios y le ligó allí una faena llena de enjundia, muy cruzado en los cites, con mando y ajuste en las tandas por ambos pitones y rotundos y lucidos remates. El de Bañuelos, noble y embestidor en todo momento, se rajó un tanto al perder fuerza. Pero conservaba la suficiente para que el estoque de Adame se hundiera casi en su totalidad en el trance supremo, en el que José hizo pleno honor a su nueva investidura. En premio, paseó la oreja de “Magnífico”.

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Dos le cortaría al sexto, burel sin la dulzura de estilo del anterior, a cuyo codicioso empuje respondió Joselito Adame de idéntica manera logrando levantar al público de sus asientos en varios momentos de la faena; había sido precedida por un toreo de capa vistoso y emotivo, y un segundo tercio que el mexicano cubrió con más dinamismo y valor que otra cosa. La faena, en cambio, convenció a la plaza entera de que estaba ante un torero –torero señor en un cuerpo adolescente– capaz de poner a cavilar a los coletas más experimentados. Tuvo estructura, color y sello, aunó serenidad, actitud y poderío. Y otra vez, el estoconazo fue a volapié neto. Las dos orejas y la salida en hombros quedaban aseguradas. Más allá de la suma de trofeos, el clamor del público arlesiano lo certificaba.

A diferencia del de Joselito, el lote de El Juli se paró completamente a las primeras de cambio. Imposible más que cumplir aseadamente, tal como hizo Julián. Por su parte, Juan Bautista, que estuvo discreto con su primer adversario, pareció que cuajaría al buen quinto, pero su deficiente estoque le vedó la posibilidad de cobrar algún apéndice.

Nimes, 16 de septiembre de 2007. Poco más de un decenio había transcurrido desde entonces cuando Joselito Adame se refirió, en plática con este cronista, a la ironía de su búsqueda desesperada de un boleto para poder presenciar la reaparición de José Tomás en Barcelona (17.06.07), y la sorpresa de verse anunciado, sólo tres meses después, al lado del as de ases como testigo de su confirmación en Nimes de la alternativa recibida días antes en Arles. A mayor abundamiento, el espada inicialmente anunciado en el cartel de cierre de la feria de la Vendimia era Sebastián Castella, imposibilitado de acudir a la cita. Padrino de la sesión de trastos al mexicano sería Denis Loré, la tarde de su despedida de los ruedos. Y de Garcigrande (Domingo Hernández) el encierro a lidiar.
¿Qué cómo estuvo Joselito Adame en Nimes aquel 16 de septiembre? Mejor aún que en Arles. Y, si nos atenemos al número de apéndices cobrado, superior al mismísimo Tomás, que sumó tres orejas esa tarde y abrió la Puerta de los Cónsules conjuntamente con el flamante matador mexicano, que les había cortado las dos de los dos toros de su lote. Aunque todo es relativo, digamos que Joselito Adame, con su desparpajo, su manera de ir siempre para adelante, su alegría en los tres tercios de la lidia, y además toreando de verdad en cada lance y cada muletazo, cayó de pie ante la primera afición de Francia, que a la muerte de ambos toros –perfectamente lidiados, toreados y estoqueados por José– se puso espontáneamente en pie, agitó pañuelos y lo erigió máximo triunfar de la memorable jornada.

El toro de la confirmación, un precioso colorado “Mesonero” de nombre y con 564 kilos, resultó tan bravo y tan noble que la autoridad ordenó para sus restos la vuelta al ovalado ruedo nimeño.

Del ojo a la pluma. Zabala de la Serna, cronista del ABC madrileño, cabeceó de esta manera su crónica: “José Tomás y Joselito Adame, la llama y la chispa, prenden el Coliseo”. Su relato deja bien clara la lección de toreo de alta escuela que supuso la actuación del torero de Galapagar, que si con su primero –el de las dos orejas– “rozaba la perfección, la alcanzaba, la acariciaba con los vuelos inertes de su muleta. Sin una sola violencia, la izquierda enganchaba la embestida por delante, la mecía hasta vaciarla allá lejos… con una parsimonia perezosa, vaga, lenta, tenue. En cuatro o cinco naturales. José Tomás había sublimado el arte del toreo hasta cotas inalcanzables… en la coronación de la obra más redonda que en cuantas tardes anteriores –Barcelona, Alicante, Algeciras, Pontevedra, Burgos, Ávila, San Sebastián y Salamanca– lo hayamos contemplado… Y como si todo eso no fuera suficiente, limó las asperezas del bgruto quinto, reservón y pegado al piso, con la única arma de la templanza, que pule aristas como una lija mágica… Contestaba así, contundente y suave, al insultante desparpajo de Joselito Adame… Sorprendente, cuando menos, la seguridad, el valor y la cabeza del púber matador mexicano, recién alternativado, que ha venido a golpear con fuerza el escalafón superior. En sólo tres corridas habla todo mundo de sus glorias. Y dicen bien, porque el bravo y excelente toro de Domingo Hernández podría haber sido para él navaja de doble filo. Y no lo fue. Desde el saludo ceñido, el quite de frente por detrás y, por supuesto, la faena, Joselito Adame dominó el escenario, bajó y corrió muy bien la mano, se pasó cuarenta veces las humilladas embestidas por la faja. Y mató con soberbia y hambre de contratos. De una tacada cayeron las dos orejas, con vuelta en el arrastre para el toro. Justísima la afición francesa, tan silenciosa, calada y alegre a la vez… Ahora que para alegre y fresco, Adame. Este Joselito mexicano –así llamaban a Armillita, salvadas sean las distancias– es variado y rico en todos los tercios. Chispeante. Aunque anduvo algo acelerado con el sexto, al que también desorejó. México cuenta con un torero joven de gran proyección para España y Francia.

Difícil y desgarradora la corrida para Denis Loré. Su padre había fallecido cuarenta y ocho horas antes, se cortaba la coleta y, encima, pechó con par de toros broncos, d emanso y violento carácter. Como un profesional de pies a cabeza lidió y toreó, expuesto y dispuesto a no quedarse atrás. Suya fue también –oreja y oreja– la Puerta de los Cónsules”. (ABC, 17-9-2007)

Lo que vino después. Que Joselito Adame es el torero mexicano más importante del siglo XXI es algo que muy pocos pondrán en duda. Ocurre, sin embargo, que los muy auspiciosos augurios aquí delineados sólo parcialmente han podido cumplirse. No le ha ayudado a José una administración a la altura de su valía ni encontró oportuno apoyo en las empresas clave del universo taurino, a destacar la permanente oposición de quienes mal condujeron los destinos de la Plaza México durante un cuarto de siglo. Pero un torero tan considerable amerita un lugar de honor en estas Historias de un cartel.

Francia cree en los mexicanos. Mas si los novilleros mexicanos actuales tienden a matricularse en escuelas taurinas hispanas, la tierra de promisión entre los aspirantes a una alternativa europea ha quedado establecida en cosos franceses. Y el primero de la lista e impulsor principal de tal tendencia fue justamente Joselito Adame.

Después de él se han doctorado en Francia Juan Pablo Sánchez (Nimes, 18.09.2010), Sergio Flores (Bayona, 02.09.2012), Brandon Campos, cuyo padrino fue precisamente José (Mimizan, 23.08.2014) y Luis David Adame Montoya (Nimes, 18.09.2016), en quien debe reconocerse el más temible opositor al liderazgo de su hermano mayor al frente del escalafón de matadores nuestros.

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