Historia de un cartel

Manuel  Jiménez Moreno ha sido uno de los artistas más finos que ha dado el toreo. Le apodaron “Chicuelo” porque así nombraban al padre, que también fue matador y falleció en la flor de la edad de muerte natural. Quedó el pequeño Manuel al cuidado de un tío suyo, Carlos Borrego “Zocato”, asimismo torero aunque tan modesto como el primer “Chicuelo”. De suerte que el pequeño, que había nacido en la sevillana Alameda de Hércules (15.04.1902), estaba abocado casi irremediablemente a la profesión taurina.

Hacia los años finales de la segunda década del siglo, empezó a circular el rumor de que tres promesas del arte estaban haciendo pininos por las ganaderías, y que en sus manos, la herencia de la edad de oro –Gaona, Joselito, Belmonte– estaba asegurada; sus nombres: Manuel Jiménez, Manuel Granero y José Amorós: andaluz, valenciano y salmantino. A poco se les unía Juan Luis de la Rosa. A “Chicuelo” le dio la alternativa Juan Belmonte en la Maestranza y a La Rosa Joselito en la Monumental de Sevilla casi a la misma hora (28.09.19). Pronto se advirtió que Manolito Jiménez albergaba tanta clase como escasa decisión. Y Granero, prodigio de buena técnica envuelta en excelente calidad, se les fue por delante al contar con lo que a les faltaba a los otros. Hasta que se cruzó en su camino un toro mulato de Veragua, el trágico “Pocapena”, y acabó con la vida del levantino y las ilusiones de su cuantioso partido. La Rosa, de vida desordenada, pronto quedó a la vera del camino. Amorós no daba la talla. Y el que continuó en la brecha, más como promesa de eventuales pero armoniosos acordes fue el callado chaval de la Alameda. Sin más defensa que su arte ante los toros más depredadores de la historia (entre 1920 y 1936 murieron por cornada 101 toreros, entre ellos doce matadores).

México lo descubre. “Chicuelo” se presentó en El Toreo el 7 de diciembre de 1924: no pasó nada. Y siguió sin pasar en sus siguientes actuaciones de ese año, salvo alguna vuelta al ruedo en obsequio a impagables destellos de un arte muy particular. La primera oreja la cortó hasta su quinta corrida –a “Toledano” de Atenco (25.01.25)–, avalado por Rodolfo Gaona, que estaba por retirarse y se pintaba solo como catador de toreo caro. Para Chicuelo, la tarde de su revelación fue la del 1 de febrero, luego que Rodolfo resultara herido por el abreplaza, por lo que el sevillano se quedó solo con la corrida de San Mateo; lejos de achicarse, bordó con “Lapicero” su primera gran faena mexicana. Estaba claro que nunca sería un diestro machaconamente cumplidor sino todo lo contrario: un artista exquisito, al que valía la pena soportarle las tardes grises a cambio de que diese la nota alta el día menos esperado. Para sudar la ropa y sumar apéndices sin parar estaban los hermanos Valencia, Sánchez Mejías, Mariano Montes, “El Algabeño”… Pero cuando Manolo Jiménez embarcó de regreso a sus lares, llevaba en la bolsa el contrato para la temporada siguiente.


Una tarde complicada. Igual que el año anterior, la presentación de Chicuelo resultó un pequeño fiasco, y la gente, que lo esperaba con ilusión, lo abroncó sin contemplaciones. Para el domingo siguiente –25 de octubre de 1925—estaba anunciada una corrida de San Mateo, ganadería zacatecana en alza desde que sus toros dieran lugar a la tarde memorable en que Rodolfo Gaona ligó el toreo al natural por vez primera en la capital, lo mismo con el berrendo alunarado “Quitasol” que con el negro bragado “Cocinero” (24.03.24). Al Califa lo entusiasmó la clase y fijeza de los toros de don Antonio Llaguno aunque no sobresalieran por su alzada.

La semana que siguió al fracaso de “Chicuelo” y su anunciada repetición trajo mucho jaleo. Circuló el rumor de que los sanmateínos carecían de trapío, y la afición llegó a la plaza bastante mosqueada. Y si hubo lleno fue gracias al nombre del artista sevillano, no a los de sus alternantes, emparentados ambos por la publicidad con la fiereza indómita, sin duda para eludir las asperezas de su estilo: se trataba de “El Tigre de Guanajuato” Juan Silveti, y un valenciano de poco renombre, Manolo Martínez, anunciado como “El Tigre de Ruzafa” por el nombre del barrio donde se crió. Cartel no del gusto del señor Llaguno, que al menos tuvo el consuelo de que su toro de mejor nota le tocara en el sorteo a Manuel Jiménez. El banderillero Luis Suárez “Magritas”, en su representación, decidió que sería el quinto de la tarde.

Mucha tensión. Como era de esperar, ni el de Guanajuato ni el de Valencia estuvieron a la altura de los bichos sanmateínos. Peor aun, el público no dudó en repudiar la presencia del ganado y dos de los bureles zacatecanos tuvieron que ser devueltos para apaciguar los ánimos, expresados en tupidas cojinizas. Los remplazaron sendos sobreros de San Diego de los Padres, que no se comieron a nadie pero al tuvieron mejor apariencia.

Total, que hasta la muerte del cuarto, la frustración campaba en todos los ámbitos del amplio coliseo. Al sonar nuevamente el clarín, en la parte superior de toriles se podía leer sobre el fondo oscuro de la pizarra este nombre premonitorio: “Dentista”. En el palco de ganaderos y en el burladero de matadores, el señor Llaguno y el joven “Chicuelo” se abran santiguado, rogando porque el bicho así apodado mereciera la aprobación del respetable.

Faenón de otro planeta. “Dentista”, fino y agradable pero decentemente presentado, hizo salida de bravo y le sacó astillas a la parte inferior del primer burladero. Chicuelo meció su capote con ritmo desusado, cosechando la primera ovación real de la tarde. Cuatro varas aceptó el bicho, y los dos quites del chico de la Alameda, por chicuelinas y por lances de delantal, borraron la valentía derrochada en los suyos por sus alternantes. “Magritas” y Pepe Rodas, dos formidables banderilleros, cubrieron con presteza el segundo tercio; Manuel Jiménez llevaba prisa por desplegar la muleta y comprobar la prometedora embestida de “Dentista”.

Lo que probó fue que era portador de un mensaje hasta entonces punto menos que desconocido: el del toreo al natural ligado fluidamente en redondo. Dejemos que sea Rafael Solana “Verduguillo” quien nos relate la lidia toda de “Dentista”, que culminaría en un colosal trasteo muleteril:

“Desde que salió “Dentista”, que tal era el pintoresco nombre que don Antonio Llaguno había puesto a su bravo pupilo, todos dijimos: Ahora va lo bueno. 

¡Qué lances a la verónica! Erguido el torero, majestuoso el conjunto, grandioso el momento en que la fiera pujante y el artista se reunían. En los lances por el lado derecho, el diestro abría un tanto el compás; cargando la suerte porque notó que el toro ceñíase por ese lado; en cambio, en las verónicas por el izquierdo, “Chicuelo” conservaba los pies juntos clavados en la arena, despegándose al enemigo con un ligero movimiento de muñeca que bastaba para imprimir al capote ondulaciones vistosísimas y graciosas. Fueron ocho verónicas que provocaron otros tantos alaridos de la multitud, ¡”Chicuelo”, eres inmenso!… 

Cuando “Chicuelo” sin brindar a nadie, salió a contender con “Dentista”, reinaba en la plaza un alboroto tremendo. Todos sabíamos que el maestro iba a hacer una faena de las grandes, pero ni por la mente nos pasaba que llegara a ser lo que nuestros ojos tuvieron la dicha de ver. El muletazo inicial fue un natural con la zurda, siguió otro natural imponente por el temple y valor derrochado, y luego otro más enredándose el toro a la cintura. Ya estamos todos de pie. Imposible resulta seguir paso a paso la faena, porque el cronista se olvida de la obligación que tiene de anotar en su carnet los detalles, y arrojando papel y lápiz se dedica a gozar del espectáculo en toda su grandiosidad. Confórmese el lector que tuvo la desgracia de no presenciar esa faena con una ligera impresión de ella, condensada en cuatro adjetivos VALIENTE, ELEGANTE, SOBRIA, CLÁSICA. No hubo en el maravilloso muleteo un solo detalle de chabacanería ni un desplante de relumbrón, ni siquiera un tocamiento de testuz, ni tampoco vueltecitas de espaldas y sonrisas con el público. No. Lo que hubo fue mucho arte, mucho valor, mucha esencia torera. Lo que hubo fueron VEINTICINCO PASES NATURALES, todos clásicamente engendrados y rematados, provocando con la pierna contraria, dejando llegar la cabeza hasta casi tocar los pitones la barriga del lidiador y en ese momento, ¿me entienden señores? en ese momento desviar la cabezada mientras el resto del cuerpo del toro seguía su viaje natural y pasaba rozando los alamares de la chaquetilla… 

Y para qué decir más. Imagínese el lector la faena más meritoria, la más artística, la más apegada a las reglas del toreo, la más completa en todos los sentidos… Yo juro que en los veinte años, jamás me había entusiasmado como ahora… Tres pinchazos y un estoconazo hasta la pelota rubricaron la gloriosa hazaña. El ruedo se alfombró materialmente con sombreros, abrigos y otras prendas. Millares de pañuelos ondeaban en las diestras de los espectadores y el Presidente concedió las dos orejas y el rabo… ¡Qué grande eres “Chicuelo”!…” (Toros y deportes, 29 de octubre de 1925).

Lenguajes. En más de una ocasión he destacado la dificultad que tenemos los lectores de hoy de hacernos una idea precisa del toreo de ayer a través de las crónicas de la época. Poca claridad aporta la costumbre antigua de reseñar pase por pase cada faena. Y la ampulosa adjetivación tampoco ayuda. Para desentrañar la clave de lo que Chicuelo trajo al toreo tendrían que pasar años y sobrevenir interpretaciones más justas, centradas en la evolución del toreo ligado en redondo. Ese fue, sin duda, el hecho distintivo de la inmensa faena de Manuel Jiménez con “Dentista” de San Mateo, como lo sería, años después, la que cuajó en Madrid con “Corchaíto” de Graciliano Pérez Tabernero (21.05.28). Lo raro es que hayan hecho falta décadas para que empezara a reconocerse en Chicuelo a un artista personalísimo y un verdadero innovador. Pero es así como se escribe –y muchas veces se oculta– la verdadera historia del toreo.

“Se torea como se es”.  Así lo aseveró don Juan Belmonte y quedó como sentencia inapelable. Que se cumplió con “Chicuelo”, luminoso en la plaza y en la intimidad taciturno y callado, muy poco dado a llamar la atención del vocinglero medio taurino. Y sin embargo, el público mexicano captó perfectamente que allí había un artista excepcional. Sin necesidad de amontonar tardes y temporadas en nuestro país, alternando triunfos y descalabros de acuerdo con su carácter tímido y dispar, es de los poquísimos diestros hispanos que han conquistado la admiración y el cariño de nuestros aficionados. Una lista en la que apenas caben, al lado de Manuel Jiménez, artistas de la talla de Joaquín Rodríguez “Cagancho”, Manuel Rodríguez “Manolete”, Paco Camino y Pedro Moya “El Niño de la Capea”. Y más contemporáneamente Enrique Ponce. Un viaje a través del tiempo revelador de perniciosas mudanzas en la sensibilidad del aficionado mexicano, que va del gusto espontáneo por el arte puro hasta su encandilamiento por manierismos de dudosa calidad.

En materia de preferencias expresadas desde el tendido también “se elige como se es”. Que diría Belmonte.