Historia de un cartel

Pedro Gutiérrez Moya “El Niño de la Capea” (Salamanca 17.09.1952), constante triunfador de Madrid, contaba con amplio reconocimiento entre los mejores aficionados y colegas de profesión y, sin embargo, ni su cotización ni lo que de él se leía hacían justicia a la realidad de su toreo. Algo fallaba. Algo que ni él mismo ni sus apoderados de siempre –los “Choperitas” Martínez Uranga—acababan de descifrar. Incluso cuando sus críticos más recalcitrantes fueron cediendo –dijeron que en México “había descubierto el temple”–, las empresas continuaban destinando el dinero fuerte a diestros de moda aunque fueran artísticamente inferiores a Pedro. Hasta pudiera decirse que encabezar durante ¡seis años! el escalafón le había resultado contraproducente: era como si los públicos se hubieran acostumbrado a tenerlo en sus ferias y a verlo triunfar sin pausa, y sin embargo los motivaran  más las novedades que el tenaz y poderoso Capea. Y todo esto a pesar de que su fácil maestría se fue decantando hacia un arte cada vez más refinado y sentido a lo largo de los años ochenta.

Las Ventas, su plaza. En 1988 se encontraba El Capea en plena madurez, de la cual daba constancia su trayectoria en sucesivas isidradas, infalible sobre todo a partir de la de 1984, cuando un toro de Dionisio Rodríguez lo hirió porque se inmoló al estoquearlo con tal de asegurar la oreja. De la feria del 85 data su célebre faena –faenón—a un arisco y astifino cárdeno de Manolo González llamado “Cumbreño”, pero ya en su corrida anterior había desorejado a otro ejemplar aquerenciado y difícil del hierro de Sepúlveda. Y en la corrida de Beneficiencia, superó a los también triunfadores Espartaco y Pepín Jiménez y suyo fue el único apéndice, de un correoso sobrero de Gavira. Infatigable, anunciado otra vez dos veces al año siguiente, de nuevo se alzó con sendas orejas, superando los inconvenientes de incómodos lotes de Sepúlveda y Hermanos Santamaría. Quedó palmariamente demostrado que estaba por encima del resto del escalafón. Pero a la hora de hablar del dinero, la empresa venteña cerró la escarcela y dejó a Pedro fuera de la isidrada de 1987,  justo cuando acababa de firmar la mejor faena de la feria de Sevilla, plaza que le era particularmente esquiva. Y no por culpa suya ni de los sevillanos sino de la empresa maetsrante, que acumulaba media docena de años sin contar para nada con el maestro de Salamanca.

Para el sanisidro del 88, Manolo “Chopera” al fin cedió y anunció a Pedro en el cartel estrella de la feria, al lado de Espartaco y Paco Ojeda, toros de Aguirre Fernández Cobaleda. Sin esperar a más, cuajó magistralmente al abreplaza, y si sólo paseó una oreja fue porque el presidente no quiso soltar la segunda. Sus alternantes también desorejarían un toro cada cual, pero el parecer general señaló la de El Capea como la faena más sólida y artística de la tarde. Y aunque en su otra comparecencia se fue en blanco, entendió que el terreno estaba debidamente abonado para dar un salto cualitativo de cara a la historia grande de un tiempo taurino del que estaba siendo protagonista indiscutible.


Corrida de la Prensa, 1988. Su organizador, Manuel Molés, había adquirido un corridón de Victorino Martín y afrontaba dificultades problemas para encontrar toreros dispuestos a salirle. Y El Capea aprovechó la coyuntura: encerrarse en solitario con el lote cárdeno del paleto de Galapagar sería la fórmula ideal para acabar de demostrar quién era y lo que significaba en el toreo. Martes 28 de junio de 1988: papel agotado en Las Ventas. Era el mejor augurio para Pedro Gutiérrez Moya, situado ante al mayor desafío de su carrera.

Versión de Vicente Zabala. “No hubo otro paseo que el que hizo El Niño de la Capea con la mayor gallardía al frente de sus cuadrillas, teniéndose que desmonterar al llegar al centro del ruedo, porque la plaza se venía abajo de ovaciones y el vello se erizaba al verle caminar con paso firme y decidido… Y a partir de ahí se acabaron los paseos. El torero, con cuatro primeros toros muy deslucidos, con problemas y peligro sordo –blando aunque toreable por el derecho el primero,  de viaje muy corto el segundo, terriblemente distraído el tercero, aplomado y quedado el cuarto—anduvo decidido, suelto, fácil y hasta hábil con la espada. Los aplausos lo alentaban al final de cada actuación, así como crecían las censuras a Victorino y el juego de sus toros, muy pitados en el arrastre… Pero faltaban dos, hijos, según en ganadero, de aquel “Belador”, indultado hace años… Y mira por donde al quinto toro le dio por embestir. Lo hizo con el temperamento de los auténticos toros bravos, repitiendo las embestidas después de seguir el engaño con ansias de “comérselo”. El Niño de la Capea, que abrió la faena con unos soberanos muletazos por bajo –¡qué hermoso es el toreo a dos manos!—se apretó con el animal en larguísimos y templadísimos muletazos con la muleta a rastras, sometiendo una barbaridad, prolongando la embestida del animal, llevándoselo hasta la cadera, haciéndole describir medios círculos mientras arrancaba ¡olés! y ovaciones. Las ansias de triunfo le dieron a la labor del torero un punto de vibración novilleril, hasta que vino la peligrosísima voltereta, de la que se levantó con ansias de torero macho, muy encastado y rabioso, sin siquiera mirarse la ropa para proseguir con el mismo denominador común: bajar la mano una barbaridad, para sacar siempre la muleta por debajo de la pala del pitón como remate de las suertes fundamentales. El público se le entregó. Y llegaron por fin las dos orejas.

Y ya con el triunfo en la mirada y en el ánimo, El Niño de la Capea aprovechó el buen estilo del sexto… La faena tuvo parsimonia, seguridad y buen gusto. Los ayudados por bajo, que sirvieron de broche a su labor, fueron excelentes. Llegaría la tercera oreja de la tarde cuando mató de una estocada. Lo alzaron en volandas… y salió feliz y sonriente por la puerta grande.”  (ABC, 29-6-88)

Versión de “Barquerito”. “La euforia tardó en llegar y, cuando llegó, fue incontenible… El Capea, tan solemne, humilde y sabio toda la tarde, se había retirado al burladero tras haber cortado al quinto de los victorinos las dos orejas y aún se oía el murmullo admirativo de Las Ventas. Una especie de “¡Salve, maestro!”… ¡Qué grandeza!¡Qué fuerza!¡Qué seguridad!… ni una duda en hora y media ante seis victorinos. Con toros “zapatilleros” o “tobilleros”, como el primero, el segundo o el tercero. Y con los toros más nobles, los dos últimos, a los que hubo de torear más a base de inteligencia y gusto que de coraje… En eso se reunió el registro más completo y cabal del torero, cuyo mérito más fino fue saber esperar una hora a que saliera su toro, que fue el quinto.

Mansito de salida, abantón, manos por delante en el capote, pero el toro que Capea, en un rapto de coraje, convirtió en el toro de la corrida. Muleta en mano lo tomó entre la raya y las tablas para doblarse con verdadero valor y ligarlo sin irse al rabo, sino alargando el viaje y sacándoselo por delante del pecho con alegría. Ésta que empezó así fue la faena más perfecta y redonda que Capea ha hecho en Madrid desde que torea en Las Ventas… La faena rompió en seguida. Tan pronto como el Capea, fuera de la raya, se hizo con el toro y lo obligó a la distancia media, dejándole venir siempre sin enmendarse y empleándose sin reservas, pues el toro tenía temple y no derrotaba al final del muletazo… Crecido, el maestro se echó la muleta la izquierda y se dejó ir. Sintiéndose. Es tremendo cuando un torero de fuerza se convierte en un torero de sentimiento: esa tanda de naturales, con la muleta por debajo de la pala de los pitones y remate en la cadera, sin angustias, sin desahogo ni desasosiego, fue espeluznante… el toro, acostado sobre el pitón derecho, levantó los pies al torero. Capea cayó sin ser prendido y quedó a merced del toro, que no hizo por él. Las cuadrillas, al quite, lo animaron. Las mismas cuadrillas que al final de la corrida volvían a mirarle admirativamente mientras casi a la fuerza se lo llevaba la gente por la puerta grande de Las Ventas. Con la misma fuerza devota de quienes pedían el sobrero, seguros de que acabaría llegando, pues ni el Capea parecía cansado ni la gente estaba cansada de verlo. El primero de todos, el Rey de España… Capea se levantó y se puso a torear de frente con el convencimiento de que el toro era suyo, como suyos fueron los seis de su tarde redonda, aunque en algún  momento pareció cuadrada… Aguantó con cuatro y toreó con deleite al sexto, para rematar con lo que fue probablemente lo más bello de esta corrida difícilmente perfecta: los ayudados por bajo a dos manos. Cinco estocadas de genio. Y un bullicio interior que contagió con todos y a todos.” (Larga cambiada. Temporada Taurina 1988. Edit. Espasa-Calpe. Madrid, 1989, pp 170-171)

El famoso toro quinto se llamó “Cumbreñito”, quien sabe si en recuerdo de aquel “Cumbreño” del año 85. Y vale la pena escuchar lo que un joven torero de Galapagar dijo por TVE a las puertas de su crucial San Isidro de 1999, cuando José Tomás aún concedía entrevistas: “Yo decidí hacerme torero mirando al Capea torear por naturales al quinto toro de la corrida de la Prensa de 1988. Todavía no he visto nada más grande en una plaza de toros”.

Balance comparativo. Al finalizar esa temporada, Pedro Gutiérrez Moya anunció su retirada de los ruedos. Sin embargo, cedió al canto de las sirenas en 1991: lo iba a parar en seco un temprano cornadón en Sevilla y si alcanzó a torear, muy disminuido, dos sanisidros más, esto no mejorarían en nada su ejemplar trayectoria en Las Ventas, donde sumó en su carrera 36 festejos, cortó 21 orejas y abrió cuatro veces la puerta de Madrid, balance superior al del resto de la generación más cuesta arriba del siglo XX –los Paquirri, Palomo, Teruel, Dámaso, Manzanares, Robles, y luego Espartaco, Ortega Cano, Ojeda…–.

Otra plaza de referencia para Pedro fue Bilbao, donde le había dado la alternativa Paco Camino (19.06.72).  Y fuera de España la México. Allí hizo El Capea 37 paseíllos y cosechó 17 auriculares y tres rabos, además de indultar a “Samurái” de Begoña (04.05.86). El temple que le empezaron a achacar sus críticos más remisos a mediados de los 80 lo conocían de sobra los mexicanos casi desde el primer día de Pedro en Insurgentes (09.12.73), y a través de una sucesión de grandes faenas, incluida la de su primer rabo (“Corvas Dulces”, de Garfias, 20.12.74)  y algunas malogradas con la espada pero asimismo enormes, como la de “Alegrías” de Reyes Huerta, al que bordó con la zurda (20.01.74) o “Fandango” de Jaral de Peñas, que le brindó a su padrino Paco Camino (18.02.79), por no hablar de la de “Debutante” de Funtanet, auténtica sinfonía de trazo exquisito aunque flojo remate (10.02.85).