Sábado, julio 2, 2022
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Historia de un cartel 19490109

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La temporada de 1948-49 tuvo una característica que la distingue de cualquier otra, al confluir en sus carteles tres épocas del toreo claramente identificables. Estaba, por un lado, el abolengo de las figuras de la época de oro –los Armilla, Garza, Solórzano, Silverio, El Soldado, Procuna…–, aunque, ahora, quienes llenaban el coso eran otros, heraldos de una flamante heterodoxia, el encimismo, que puede considerarse el primer hallazgo de la Plaza México y su ingente masa de recién llegados; por último, como una especie de cuña que la temporada chica de 1948 había deslizado inesperadamente entre las dos modalidades previas, irrumpieron los Tres Mosqueteros, como se conoció a la tríada integrada por Rafael Rodríguez, Jesús Córdoba y Manuel Capetillo, convertidos de la noche a la mañana en matadores de alta cotización. Portaban mensajes radicalmente distintos entre sí, pues si Rafael abrazaba de lleno las nuevas tendencias que enloquecían a la Monumental, Córdoba hacía imperar el desahogo técnico y la pureza de trazo, en tanto Capetillo representaba el sentimiento libre de trabas, a cambio de sacrificar consistencia y regularidad.

El público estaba metido en toros. Y la plaza invariablemente se colmaba de gente y de pasiones dispuestas a hacer explosión. Para esta corrida –cuarta de la temporada—la reventa fue escandalosa, según lo evidenció la ocupación completa de las escalerillas de acceso a tendidos y barreras, situación que al dificultar el paso hacia las localidades numeradas provocó escenas enojosas, incluso con el festejo ya comenzado.

El cartel. Antonio Velázquez era el diestro de moda, reconocido como el exponente fundacional del encimismo (Carlos León dixit), método consistente en agobiar desde distancias mínimas a toros aplomados por un excesivo castigo en varas, lo que provocaba escenas, si no de buen toreo, sí de un dramatismo extremo, en buena parte motivado por lo novedoso del procedimiento. Pero el cetro del leonés estaba siendo amenazado de firme por un recién llegado, Rafael Rodríguez, empeñado en llevar ese sistema a sus últimas consecuencias. Ya en la tarde de su alternativa –el 19 de diciembre anterior—fue paseado en hombros por una multitud delirante mientras mostraba como trofeo el rabo del sexto toro de Coaxamaluca, “Collarín” de nombre.

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Al lado de ellos –que venían de armar un alboroto de resonancia nacional en la corrida de Año Nuevo en Puebla, transmitido por la XEW a toda la república en la voz de Paco Malgesto–, Silverio Pérez se antojaba un borroso emisario del pasado, alejado como pocos del temerario arrojo que estaba tan en boga y cuya exquisita estética no podía ser más ajena a los gustos del momento. Los toros serían de La Laguna, famosamente pastueños. Y la multitud, que como está dicho hizo un llenazo histórico, se las prometía más que felices.

Velázquez y Rodríguez. Efectivamente, los dos toreros-imán de la terna colmaron las expectativas hasta el exceso, arrimándose sin mesura y además toreando, aunque fuera dentro de un estilo no precisamente cadencioso y puro. Antonio provocó espasmos de emoción al aguantar como nunca la embestida del noble pero tardo “Rey de Copas”, segundo de la tarde. El lagunero había sido bravo con los caballos propiciando un tercio de quites no apto para cardíacos, en el cual el leonés se atragantó de toro en saltilleras de angustia, Rodríguez se montó en el toro en gaoneras inexplicables y Silverio dibujó su famosa chicuelina de manos bajas y cadencioso ritmo. Apurado de facultades llegó “Rey de Copas” a la faena, que Velázquez inició por alto, cerca de tablas; probó luego a torear en redondo sobre la derecha, provocando los primeros alaridos de emoción, y volvió loca a la concurrencia cuando, con la muleta en la zurda, consiguió hacer pasar la titubeante embestida –varias veces se frenó el bicho a mitad del pase—en dos intermitentes tandas de naturales de auténtico delirio. De ahí que, tras unas manoletinas de angustia y la estocada, que tardó un poco en hacer efecto, la multitud abroncara duramente al juez hasta obligarlo a enviar al destazadero por el rabo de “Rey de Copas”, por parecerle poco premio la oreja inicialmente concedida. Las vueltas al ruedo fueron de apoteosis. Y también hubo vuelta al cadáver del noble lagunero como póstumo homenaje.

Rafael Rodríguez se encontró de primeras con “Visitón”, un toro fuerte y cuajado que llegaría al tercio final embistiendo con cierta aspereza, sobre todo por el pitón derecho. Tanto que, a las primeras de cambios, yendo por ese lado, se quedó con Rafael entre los cuernos y le propinó fea voltereta, sin otra consecuencia que la de enardecer aún más al torero, que no por eso perdió la cabeza. A partir de entonces, Rodríguez procuró corregir el defecto del animal aguantándole el derrote con absoluta quietud y la muleta baja, de modo que “Visitón” no la enganchara. Así, lidiando y toreando a la vez, daría lugar a escenas que alborotaron la gallera y no por lo aplomado del burel, como ocurriera con Velázquez, sino a favor de la embestida encastada de un animal progresivamente transformado en colaborador por la inteligencia y la entrega sin reservas del torero. Lo que hermanó a ambos trasteos –el de Antonio y el de Rafael– fue su apabullante cercanía con las astas, que en la faena de Rodríguez llegó al colmo cuando hizo pasar al de La Laguna en una inverosímil serie de manoletinas. Entró a matar con la plaza en zozobra y puesta de pie, y cuando dobló “Visitón”, herido en lo alto, los tendidos se nevaron y el juez Lamberto Ortega se apresuró a ordenar el inmediato corte de la oreja y el rabo para que no le sucediera lo que en el toro anterior, una bronca tal que al día siguiente presentó su renuncia al cargo.

El duelo entre los dos valientes, atracción máxima del cartel, quedó por esta vez empatado, pues a sus segundos toros ni Velázquez ni Rodríguez consiguieron hacerles mayor cosa.

Sonata genial de Silverio. Lívida de emociones estaba la muchedumbre cuando asomó el cuarto de la tarde, “Pajarero”, un ejemplar zaino de afinadas hechuras y 475 kilos. Silverio, inspirado desde el principio, se plantó en el tercio y meció musicalmente la noble embestida en una tanda de preciosos lances al natural, abrochados con opulenta revolera. Y los jubilosos olés se reprodujeron en el quite, también por lances patijuntos, acompasados y sabrosos. ¿Sería capaz de Compadre de mantener semejante nivel en la faena? Lo fue, claro que lo fue. A un inicio absolutamente silverista, alternando sentidos trincherazos con muletazos por alto –nunca de telón en el de Texcoco sino recreándose al barrer los lomos y prolongar la trayectoria del bicho—, rematados con un cambio de mano por delante, le siguieron dos o tres tandas con la derecha de despaciosidad, temple y sabor tales que pusieron la plaza en ebullición y devolvían al toreo sus galas más exquisitas. Estábamos camino de revivir las faenas más gloriosas del hermano de Carmelo, porque “Pajarero”, tratado con guante de seda por la muleta y la refinada técnica del texcocano, se había puesto de dulce, y porque Silverio, confiado y a sus anchas, le daba terreno y estaba templando como nunca. Todavía agregó unos cuantos muletazos mágicos antes de entrar a matar, estocada no buena –algo caída cayó la espada–, mientras flotaba una sensación de éxtasis interrumpido –la fruta aún estaba verde para ser cortada, relató un cronista–; mas lo de Silverio con “Pajarero” había sido tan arrebatadoramente bello que la petición de oreja prosperó y el texcocano pudo pasear en triunfo el apéndice auricular del noble lagunero, aclamado frenéticamente por sus fieles y hasta por quienes no lo eran.

Una terna recurrente. La combinación del arte personalísimo de Silverio Pérez con las emociones que prometían los dos encimistas por excelencia movió a la empresa de Alfonso Gaona a programar el mismo cartel en la siguiente temporada –09.04.50, esta vez con toros de Xajay y Rafael Rodríguez como único triunfador–, y a la junta de Covadonga a anunciarlo por tercera vez en una de las últimas corridas tradicionalmente organizadas por la colonia española del Distrito Federal (23.03.52). En esa ocasión, con Silverio en franco declive y el encimismo pasado de moda, la entrada fue pobre y el desperdicio de una excelente corrida de Zotoluca la nota dominante. Salvo por Rafael, el más joven y en forma de la anquilosada terna, que alcanzó un triunfo memorable, superior incluso al del primer día, porque había agregado a su toreo un temple y un reposo que antes no tenía: se lo llevaron en hombros por la Puerta del Encierro con una cosecha de tres orejas y el rabo del cierraplaza “Cordobés”. Uno de los once que paseó en la México, cinco como novillero y seis de matador. Los famosos diez de Manolo Martínez los cortó todos siendo ya espada de alternativa.

A través de los años solamente otra terna consiguió verse anunciada en la México en tres ocasiones, la formada por El Niño de la Capea, Miguel Espinosa y Jorge Gutiérrez, esto entre 1986 y 1992. Pero no fueron los dos mencionados los carteles más repetidos en la historia de la Monumental, donde el mano a mano Manolo Martínez-Curro Rivera se anunció en cuatro ocasiones (1970-1980), una menos que la encerrona de Manuel Martínez Ancira como único espada, entre 1973 y 1982. También en eso el regiomontano marcó, en la historia de la Plaza México, un hito harto difícil de superar.

Feliz contraste entre el arte inmortal de SILVERIO (derechazo en dos tiempos y su famoso trincherazo) y el apabullante valor de TOÑO VELÁZQUEZ (gaonera y natural en terreno cortísimo) y RAFAEL RODRÍGUEZ (empitonado sin consecuencias, redondo con la diestra y mostrando las orejas y el rabo de “VISITÓN”, con la pizarra de toriles anunciando a “PAJARERO”, al que el FARAÓN DE TEXCOCO le cuajaría una de sus últimas faenas grandes en la capital)

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