Sábado, mayo 25, 2024

19490410 México despedida de Solórzano

Jesús Solórzano Dávalos (Morelia, 10.01.1908-DF, 25.09.1989) era a esas alturas un diestro voluntariamente alejado del primer plano, jugador internacional de polo, con casa en Acapulco y un espléndido historial en los ruedos de España y México, donde fue uno de los “cinco grandes” que sacaron adelante la memorable temporada de 1936-37, más tarde conocida como la de la Independencia Taurina Nacional. Con una larga lista de toros inmortalizados en el ya desaparecido Toreo de la Condesa, Chucho Solórzano esperó hasta el final de la campaña del 48-49 en la Plaza México para anunciar su despedida. Acababa de celebrar la suya Fermín Espinosa “Armillita” (03.04.49) y aún permanecían en activo Lorenzo Garza y Luis Castro “El Soldado”, que el domingo siguiente se adjudicaría la Oreja de Oro, superando a los demás astros de una campaña en la que los triunfos venían sucediéndose en cascada, animada la penúltima aduana de los ases de antes por el juvenil empuje de los Tres Mosqueteros recién doctorados (Rodríguez-Córdoba-Capetillo), quienes por cierto iban a pagar su osadía con sendas cornadas graves.

El cartel de aquel 10 de abril era realmente atractivo, porque si Procuna venía dando de cal y arena, muy a tono con su impronta famosamente desigual, Rafael Rodríguez era el triunfador más consistente del ciclo, con nada menos que cuatro rabos en su haber y uno más en la corrida de la Policía, trasladada al Toreo de Cuatro Caminos. Por su parte, Matancillas era la divisa hermana de La Punta, la otra vacada parladeña de los señores Madrazo, casado uno de ellos con una hermana de Jesús y, por tanto, emparentados con los Solórzano. Tal cercanía obligaba a pensar en el envío de un lote especialmente seleccionado para la ocasión.

Así pues, a plaza llena –México, totalmente metido en toros, era un hervidero de expectación y de pasiones–, hicieron el paseíllo las cuadrillas encabezadas por Jesús, Luis y Rafael, volcándose la afición en efusivas muestras de cariño hacia el torero que se iba, primero al romperse la formación inicial y con mayor fuerza en el momento solemne de la despedida, cuando el propio Fermín Espinosa bajó de su barrera para cortarle el añadido al compañero de tantas tardes de gloria y ambos recorrieron el anillo entre aclamaciones empapadas la melancólica música de Las Golondrinas.

Contaba Jesús, en plan anecdótico, que el traje blanco y oro que se había reservado para la ocasión estaba hecho de un material elástico capaz de dar de sí según lo demandase su ya embarnecida humanidad, y que a pesar de la providencia tomada tuvo que intervenir más de una vez su sastre de confianza para agrandar la taleguilla conforme lo fue requiriendo la buena vida que su propietario se daba mientras llegaba la fecha del adiós.

¿Influyó esa eventual pérdida de la costumbre de verle la cara al toro en el magro resultado de la última actuación del Rey del Temple? Si así fuera, poco se notó. Sí saltó a la vista que al antiguo esteta le correspondió el peor lote de Matancillas, soso hasta la desesperación el abreplaza “Palero” (430 cómodos kilogramos) y probón, con tendencia a adelantar por ambos pitones “Campasolo” (425), el toro del adiós, lidiado bajo las nostálgicas notas de Las Golondrinas y una de cuyas orejas se cortó por disposición el juez Lázaro Martínez para que Jesús la paseara por última vez en una lenta y conmovedora vuelta al anillo. Pues no se había inmutado ante los inconvenientes de sus toros, se mantuvo cerca y torero con ambos y su estoque fue certero. Lamentablemente, ni uno ni otro le permitieron lucir a plenitud las excelencias de su capote, uno de los más despaciosos, suaves y elegantes que México haya dado.

Reivindicación de Procuna. Había empezado Luis su campaña de ese invierno desperdiciando a uno de los ejemplares más bravos del año, “Flor de Jara” de Pastejé, con bronca y escándalo al canto (02.01.49), y en tres presentaciones más apenas había conseguido cortar una oreja. Y tampoco encontró manera de hacer algo de provecho con el primero de su lote, “Peineto”, aunque ya se le notó tan valeroso y bien dispuesto que el público, olvidando pasados agravios, lo ovacionó con fuerza.

Pero en el lugar de honor apareció “Gitano” y el Procuna de los días grandes se hizo presente con él. Prototipo del verdadero toro de lidia mexicano –negro bragado, bien puesto, más ligero que voluminoso y de embestida rebosada y bravía, vibrante y repetidora–, se encontró con un artista en celo, dispuesto a no dejar ir su última oportunidad en la temporada. A los garbosísimos y parados lances de recibo, que ya pusieron al público de pie, añadió en el quite la pinturería de esa chicuelina suya, envolviéndose en el capote en acompasados giros, rematados con amplia y vistosa revolera. Y casi arrebata las banderillas a quien se las entregaba, excediéndose de tal manera en su hambre de toro que “Gitano” lo empuntó y volteó peligrosamente al intentar prenderle el primer par. Pero Luisillo, más encastado aún, recogió la muleta dispuesto a todo, sin importar el peligro de un toro entero y encastado –lo pasó con solo puyazo y “Gitano” tendía a derrotar con fuerza sobre los engaños–. Le hizo a Solórzano un brindis expresivo, amistoso y cordial… y vino una faena de las suyas, mezcla de aguante, colorido e inspiración –el aguante que desengaña, somete e hipnotiza, el color de una personalidad inconfundible, y la inspiración para improvisar sobre la marcha maravillas de estética y prestidigitación torera–. Eso era Procuna, la negación por antonomasia del toreo estándar –y cuidado, que con “Gitano” cuajó un par de tandas izquierdistas realmente antológicas, por ese lado que era el menos áspero del toro, clásicamente rematadas con completísimos pases de pecho–, y de paso la negación de su propio yo inhibido y opaco de tantas tardes aciagas, nada escasas ese invierno lo mismo en México que en la provincia (en Puebla, en la corrida de Año Nuevo, se le fue vivo un gran toro de Piedras Negras). Por el contrario, acababa de cortar una pata en Lima, lo que seguramente alimentó su seguridad y sus ganas de ofrecerle total desquite a su público capitalino.

Muchos años después, cuando Procuna vagaba como un paria, cabeza de los restos de una Unión de Matadores decapitada y repudiada por el empresariado y demás fuerzas factuales, otro Jesús Solórzano, cuyo segundo apellido era Pesado y cuyo padre le vivió agradecido a Luis por haberle dado con su participación categoría a la despedida del Rey del Temple, iba a prestar su concurso al cartel del definitivo adiós del Berrendo de San Juan. Acababa Chuchito de bordar su célebre faena con “Fedayín” de Torrecilla (13.01.74), e iban a protagonizar ambos espadas, el viejo y el joven, una de las tardes más bellas y conmovedoras en los anales de la Plaza México (10.03.74).

El Volcán, en la línea de fuego. Para Rafael Rodríguez fue esta la primera vez en la temporada –en su quinta corrida– que terminó sin apéndices en la espuerta. A punto estuvo de cortárselos a “Billetero”, el tercero, astado de genio tan vivo como el viento que redobló su furia durante la dramática faena de muleta del Volcán de Aguascalientes, que para contrarrestar a Eolo empapó cuando pudo el engaño, lo enganchó por dos o tres sitios con su estoque y se fajó con el encastado matancillense en un trasteo que, pese a las interrupciones forzadas por el ventarrón, mantuvo al público al borde de los asientos. Iniciado con ayudados por alto de enervante quietud y rematado con unas manoletinas capaces de resecar todas las bocas, había alcanzado su culminación en varias tandas en redondo a mínima distancia de los pitones. Pero la lenta agonía de “Billetero”, tras certera estocada, trocaron el corte de apéndices en ovacionada vuelta al anillo. El sexto a nada se prestaba, soplaba un vendaval y Rafael optó por abreviar, mientras los capitalistas paseaban en hombros a Procuna y Chucho Solórzano escuchaba, al marcharse, las postreras muestras de cariño en homenaje a su ejemplar trayectoria de torero artista y personaje de la fiesta íntegro y cabal.

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