Miércoles, abril 17, 2024

Historia de un cartel

Aparentemente, un cartel más. Manolo Martínez llevaba una temporada más bien floja y quizá el principal atractivo estaba en la segunda comparecencia en la México de Miguel Espinosa, el hijo menor del Maestro Fermín. A estas alturas, Nimeño II ya no era una novedad, aunque contaba con las simpatías del público capitalino. En cuanto a Xajay, hacía tiempo que sus toros no se lidiaban en la Monumental. Se sabía que había enviado una corrida fina, bovinos bajos, con cuello y hechuras que presagiaban clase y humillación. Hubo lleno en los numerados, pero en las alturas del tendido general flojeó la entrada.

A la hora buena, resultó corridón, el mejor de aquella temporada grande. Martínez, que llevaba tiempo sin dar el do de pecho, alcanzó las alturas de lo sublime y no sólo por las cuatro orejas cortadas –nunca lo había hecho ni lo volvería a hacer en la capital–, sino por la lección de madurez y arte con que nos regaló ese día ante dos adversarios enteramente distintos, boyante hasta la exageración el primero y con mucho que torear el cuarto. Y los dos novatos del cartel no sólo respondieron con casta sino parecieron tomar atenta nota de la cátedra martinista y se superaron a sí mismos con los dos últimos astados, elevando la tarde a las alturas de lo sublime. Por su parte, Xajay puso la materia prima ideal; visto en conjunto, su encierro arrojó un perfecto equilibrio entre clase y raza, una de las últimas muestras de las excelencias que pudo alcanzar la cría del toro bravo en México antes de caer en picada hasta dar con el post toro de lidia  que convertiría nuestra fiesta en mascarada.

Lógicamente, a la crónica de entonces no le costó mucho esfuerzo ponerse a la altura del suceso.

“Entró en calor, dejó el Polo, y ayer volvió a ser Manolo”. Así encabezó su crónica nadie menos que Carlos Leуn, el mayor detractor público de Manolo Martínez, cuya carta boca abierto del ese lunes fue dirigida al presidente de los productores de calzado en el país. Aquí lo sustancial de su texto:

“En esto del toreo también hay que saber dónde les aprieta el zapato. Y después de que ocho días antes vino El Niño de la Capea a recordarnos cómo hay que torear, hasta Manolo Martínez tuvo que olvidarse de la supuesta Escuela Mexicana y demostrar que, cuando quiere, puede. Y sacudiendo la mandanga, dejó de ser el zapatero remendón de tantas tardes para demostrar que conserva clase para ser oficial mayor de obra prima (…) Primero le tocó un toro ideal para sus faenas eternas, el bovino manso pero manejable, el nobilísimo ejemplar que, como suele decirse, se toreaba solo. Aun así, le hacía falta tener enfrente a un buen torero, porque al toro hay que consentirlo con el mismo mimo con que se le dice a la mujer amada: “te quiero más que a mis zapatos viejos”. El reinero comprendió que “Gotita de Miel” era el ejemplar ideal para armar la escandalera (…) a las mil maravillas se acopló con el docilísimo astado de Xajay por lo cual, tras de liquidarlo de certera media, le tumbó el primer par de apéndices de su venturosa tarde.

Más nos gustó con “Oro Negro”, que no era una perita en almíbar sino un toro al que había que torear. Porque has de saber que al toro bravo, como al cliente, hay que saber tomarle la medida, para que el zapato no le apriete pero tampoco le venga flojo. Y Manolo lo metió en su muleta y poco a poco le fue bordando un faenón. Pero lo más meritorio: su impecable estocada hasta los gavilanes. Y otra vez la locura colectiva, nuevamente dos orejas y sendas vueltas al ruedo en tarde de auténtica apoteosis para la causa martinista.” (Novedades, 26 de febrero de 1979).

En el mismo diario de circulación nacional, otro cronista, Javier Lozada, tras proclamar en su encabezado que habíamos visto “La mejor corrida en muchos años”, tampoco se ahorró elogios al triunfador diestro norteño: “De azul eléctrico y oro, Manolo salió ayer de buen humor desde el principio a sabiendas de que le exigen más que a nadie, pero consciente también de que cuando torea de buen talante se le entregan asimismo como a nadie. “Gotita de Miel”, desde su salida de chiqueros, levantó un olé admirativo por su estampa: enmorrillado, brocho, bien hecho, el ejemplar queretano  anduvo inicialmente suelto y en afán constante de saltar al callejón hasta que Manolo lo contuvo en dos verónicas soberbias y tres chicuelinas luminosas que empezaron a encender los entusiasmos (…) Tuvo a bien brindar su faena a todo el público, a pesar de la rechifla con que lo habían despedido hace exactamente veinte días—cuando Cruz Flores indultó a aquel “Simpatías”–, y pronto comenzó a tejer a lo grande. Empezó con un trincherazo suavecito y fue llevando al toro del tercio a los medios, donde dejó la primera muestra de lo que sería su grandiosa faena: el primero de esos inenarrables cambios de mano cuando parece que va a dar el pase de pecho, convirtiendo entonces el muletazo en un suavísimo natural como remate (…) Como pocas veces, el ruedo comenzó de pronto a flotar entre sombreros y prendas de vestir mientras Manolo seguía y seguía enhilando una de las más extraordinarias faenas de su vida (…) Don Susanito llegó casi al denudo total, arrojó hasta el cinturón y la cartera, mientras hasta los detractores y reventadores de siempre se sumaban a aquel coro de olés interminables (…) y aún faltaba lo grande: Manolo, despatarrado, citando casi de frente para prolongar los muletazos, tomaba al de Xajay y lo llevaba desde aquí hasta allá en derechazos eternos, de vuelta entera. Hizo lo mismo con la izquierda en naturales increíbles, y aun se daba el lujo, con la plaza convertida en volcán, de recrearse en esos cambios de mano formidables que le resultaron dibujados (…) Cuando sorpresivamente cesó el viento y apareció “Oro Negro”, el de Monterrey evidenció su enorme afán de triunfo. A ese cuarto de la tarde, difícil, que embestía descompuesto, con genio, buscando el bulto, también le sacó una faena llena de muletazos estupendos, exponiendo y toreando de verdad. Y por si fuera poco, a la hora suprema se volcó entre los pitones en un volapié que seguramente ha sido el mejor de su vida como torero (…) Dos orejas más, lluvia de prendas, pleito entre el porrista Lunita y el padre Echávarri por quedarse con las orejas que les envió Manolo, vueltas y más vueltas al ruedo, y el grito consagrador e interminable de ¡Torero! ¡Torero!…

Nimeño II y Armillita Chico decidieron entonces no aceptar el baño que les estaba instrumentando (…) Apareció “Buen Amigo”, el quinto, y las cosas comenzaron a cambiar (…) el francés de cara de papa invitó a Armillita a clavar los palitroques y aquello fue un cotejo de buenos banderilleros a dos pares cada uno (…) y en la faena, Nimeño expuso horrores entre un verdadero vendaval y logró acomodarse en derechazos enormes, larguísimos, excepcionales (…) hasta que dejó media bien puesta y el juez le concedió una oreja (…) Nadie se movía de sus asientos. Y vino entonces Miguelito, a quien el sorteo le deparó el peor lote (…) Por principio de cuentas, Armillita corrió la cortesía de corresponder a la invitación del galo y vimos clavar otros cuatro grandes pares de banderillas. (…) Vino después una faena de mérito mayor, toda vez que el viento no cesaba y el toro de Xajay en nada ayudaba al lucimiento. Pero porfió y se empeñó Armillita hasta que le sacó una faena grande a un auténtico marmolillo, que cuando embestía era para ponerlo en serios predicamentos (…) Miguel Espinosa no le dudó nunca (…) de tan cerca que estaba los pitones le rozaban la tela grana y oro de la taleguilla y en alguna ocasión a punto estuvo de llevárselo (…) Convencida la gente de la nueva figura que tenemos en México, el hijo del Maestro de Maestros se lanzó muy en cortó y con el estoconazo se alzó también con la última oreja de una tarde para la historia.” (Novedades, íbid)

José Alameda. El cronista hispanomexicano acogió el suceso con mesura de veterano y mirada de aficionado excepcional: Por principio, reconoció que, en “la tarde estrella de la temporada (…) la luz de Manolo Martínez, aunque deslumbrante, no alcanzó a borrar a los otros dos jóvenes toreros, Nimeño II y Armillita Chico (…) más cortos de ánimos y con menos convicción se hubieran dejado impresionar por tan gran torero. Pero en cambio, a ellos, su triunfo arrollador les sirvió de acicate (…) Con el que abrió plaza, un toro precioso, pero huidizo, dio Manolo una verdadera lección. A base de esperarlo sin apremio, pero de aguantarlo sin titubeos cuando se decidía la arrancada, lo toreo primorosamente de capa, con su ejecución tan personal y cada día más afinada de la chicuelina. Hasta que el toro escapó saltando al callejón (…) Sin apresuramientos fue labrando Manolo su faena. Primero llevó al toro a los medios, con pases de trinchera y de la firma. Y una vez ahí, se dedicó a inspirarle confianza al de Xajay, dándole su espacio vital, sin apremiarlo. La primera cualidad del verdadero gran torero consiste en no molestar al toro, sino dominarlo a base de persuasión. Así fue como Manolo consiguió que “Gotita de Miel” fuera dando de sí, lo mismo que la faena, que subió como sube la marea, con firmeza y con naturalidad. Como el toro tenía buen recorrido, Manolo se recreó en prolongar los pases hasta hacerlos de vuelta entera, pero no por planteamiento mecánico y forzado, sino por la ley del ritmo y del temple, que es lo que vale en el arte del toreo (…) gran faena de Manolo Martínez, muestrario cabal de lo que es su arte y su capacidad de lidiador en el punto cenital de su carrera (…) Con el cuarto, completó su obra. En el primer tercio, el toro fue reservón y se quedaba muy corto por el lado derecho (…) Pero la cosa cambió en banderillas. Estoy seguro que Manolo se dio perfecta cuenta puesto que lo brindó. Y no sólo le hizo otra gran faena, sino que lo mató mejor que al primero. Fue en la suerte de “arrancando”, un poco de largo pero muy despacio, dejándose ver del toro y del público con verdadero gusto en la ejecución. Tan bello final enardeció a la plaza. Y otras dos orejas para Manolo, más dos vueltas más como culminación de su tarde estrella”.  (El Heraldo de México, 26 de febrero de 1979)

Para “Jarameсo” (Antonio García Castillo), “¡Esto sí, esto de ayer en la arena de la México es el inigualable, el viril arte del toreo!”. (Ovaciones, 26 de febrero de 1979). Y para la afición mexicana en general, una de esas tardes que dejan huella profunda en quienes la gozaron a plenitud. Que, por otra parte, fue la más redonda de las 91 de Manolo Martínez en Insurgentes como matador de toros, así no haya cortado en ella alguno de esos diez rabos –otra marca inalcanzable—que allí, en la México, su plaza, alcanzó a sumar.

Acaso haya sido ésta del 25 de febrero de 1979 la mejor tarde en México de MANOLO MARTÍNEZ, aquí en varios momentos de su histórica faena con “GOTITA DE MIEL”, de Xajay

Abajo, los también triunfadores NIMEÑO II (par de banderillas y pase natural) y MIGUEL ESPINOSA (cromático derechazo), que le cortó al cierraplaza su primera oreja en la Plaza México

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