Sábado, mayo 25, 2024

Historia de un cartel

El 19 de febrero de 1939 es fecha para guardarse en los anales del viejo Toreo de la Condesa. Aquel domingo caluroso y fresco, en corrida organizada por la Junta de Covadonga de la capital, un lote de cárdenos de Piedras Negras elevó a lo más alto los prestigios de la divisa negro y rojo, y confirmó a Fermín Espinosa “Armillita” como la figura máxima de la época de oro del toreo en México.

En el mano a mano entre el número uno, Fermín, y uno de sus retadores más conspicuos,  Luis Castro “El Soldado”, la oferta extra consistía en anunciarlos no con seis sino con ocho imponentes piedreños. Campaña la de ese invierno en que la rivalidad ganadera entre Zacatecas (San Mateo y Torrecilla) y Tlaxcala (Piedras Negras y La Laguna) estaba en su apogeo, con la tercera encerrona de Lorenzo Garza con los bichos sanmateínos como punto nodal de su apoteosis conjunta (15.01.39), y Armilla en aparente retroceso luego de la apabullante victoria que Alberto Balderas se apuntó sobre el de Saltillo precisamente con otro encierro de Piedras Negras (22.01.39). La gente estaba tan metida en toros que llenó la plaza desde temprano. Puede haber influido el ardid publicitario de los ocho cárdenos –el rumor hablaba de una sugerencia formulada por su propio criador, deseoso Wiliulfo González de ir más allá que Antonio Llaguno, su enconado rival zacatecano–, pero contó asimismo la certeza de que se trataba de dos figuras consagradas, cuyas últimas presentaciones, no del todo afortunadas, tenían el contrapunto de sendas faenas de rabo en el reciente diciembre, la de Armillita con “Pandereto” de San Mateo en la inauguración de la temporada (04.12.38) y la de Luis Castro con “Consentido” de Torrecilla (25.12.38).

Se trataba, pues, de dos astros en plenitud. El otro aliciente era que esas corridas de pelo cárdeno que de tiempo en tiempo echaba Piedras Negras habían propiciado siempre episodios memorables.

La cornada de “Joyero”. Ya había dado Armilla la primera vuelta al ruedo de la tarde, previa petición de oreja no atendida por el palco, cuando clarines y timbales anunciaron la salida del segundo. “Joyero” era un precioso cárdeno nevado, muy bragado, que dobló codicioso sobre el capote del “Chato” Guzmán –entonces se corrían los toros a una mano– y lo siguió haciendo mientras Luis Castro, con temple y sosiego ejemplares, ligaba una serie de verónicas majestuosas, rematadas con media de las que se reservaba Luis para las grandes ocasiones. Rugía la plaza. Y lo siguió haciendo con el quite por chicuelinas del de Mixcoac –baja la mano, acompasado el giro– y las ajustadas gaoneras de su alternante tras el segundo puyazo; “Joyero” tomó los tres de regla con empuje y temperamento formidables. Que aprovechó Luis para clavar dos muy finos cuarteos, cerrando el segundo tercio un peón de su cuadrilla. Y por ese mismo camino triunfal discurría el inicio de la faena cuando “Joyero”, al intentar un trincherazo como remate de la primera tanda derechista, empuntó a El Soldado por  la ingle y le infligió grave cornada.

Mientras las asistencias conducían a Luis Castro a la enfermería, el público, puesto en pie por la fuerte impresión, se preguntaba si Fermín Espinosa, con todo su poderío tantas veces probado, sería capaz de hacer frente a los seis bichos restantes, seguramente tan fieros y poderosos como los dos lidiados hasta ese momento.

La respuesta de Armillita. El saltillense, respetuoso, omitió cualquier intento de lucimiento y se deshizo con brevedad de “Joyero”. Pocos imaginaron que se disponía a escribir una página imborrable para su historia y la del coso de la colonia Condesa.

De las ocho faenas que esa tarde realizó Fermín Espinosa Saucedo tres hubo que pusieron en vilo a la plaza entera por lo completas, variadas, magistrales. Los de Piedras Negras –“Caparrota”, el tercero, “Jumao”, sexto, y el cierraplaza “Limoncito”– aportaron la bravura y el poderío de su casta; Armilla el dominio, la imaginación y la clase, cualidades difíciles de reunir en un torero con fama de maestro pero sin las sequedades y las ventajas que suelen caracterizar a los diestros de ese corte, ya que Armillita gustaba de descararse con la muleta en la izquierda, y ligar con ceñimiento y gusto tandas caudalosas de naturales. Además, sabía cuándo y cómo adornarse sin perder la sobriedad ni caer en chabacanerías, y acostumbraba medir matemáticamente sus faenas, perfectamente adecuadas a las características de cada toro, distintas todas entre sí y coronadas con su seguridad proverbial estoque en mano.

De sus tres faenones de aquella tarde –y esto no significa que no derrochara el de Saltillo idéntica frescura y dominio con los otros tres piedreños que completaron la histórica cifra de ocho animales por él estoqueados, uno a uno y sin tomarse una pausa, un punto de reposo–, la que mayor huella dejó fue la de “Jumao”, un torazo de empuje y codicia formidables al que Fermín doblegó con doblones demoledores como preámbulo de una sinfonía de toreo clásico y puro, juego jubiloso con la bravura doblegada.

Cuando Fermín Espinosa coronó con fulminante volapié la grandiosa faena a “Jumao”, el ruedo se encontraba sembrado de sombreros y otras prendas, significativamente concentrados en la reducida superficie de arena donde transcurrió el histórico trasteo. Y aún faltaba una última hazaña armillista: a “Limonero”, el octavo, le dio una lidia completísima, incluido un segundo tercio apoteósico que el maestro cubrió con tanta desenvoltura, facilidad y elegancia como si se tratara del primero de la tarde.

Antes de tener entre sus manos dos orejas y un rabo por tercera vez en la memorable tarde, la multitud que invadió el ruedo había izado sobre sus hombros a Fermín Espinosa en justa culminación de una hazaña jamás vista, ni antes ni después, en la arena de El Toreo.

Manuel Horta  lo resumió así. “Un primoroso lote mandó D. Viliulfo. Si en una corrida salen dos toros bravos de verdad, y por añadidura nobles, se arma el alboroto, pero ayer se cubrió de gloria la ganadería tlaxcalteca de Piedras Negras. ¡Ocho cárdenos  bravísimos, alegres, claros! Desde “Rapiñero”, que salió comiéndose los capotes y embistiendo los burladeros hasta “Limoncito”, que se fue al destazadero sin orejas, todos fueron ejemplares de maravilla (…)

Claro, bravísimo y noble fue “Joyero”. Nos deslumbró Luis Castro con la mejor tanda de verónicas de la temporada, con las manos bajas y la figura majestuosa, parando, mandando y templando clásicamente. Esas verónicas y ese remate merecen una placa de mármol en la catedral del toreo (…)

Después de la cornada de El Soldado, Fermín se encerró con ocho toros. Lo nunca visto en México, y pudiera ser que ni en España. Torero mandón, lidiador consumado, maestro de maestros, cortó tres rabos y seis orejas, escuchó toda la tarde aplausos y dianas, y llegó a su suntuosa residencia en hombros del gentío.” (Excélsior, 20 de febrero de 1939)

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