Martes, junio 25, 2024

Historia de un cartel

Joselito Huerta había toreado su última corrida en la México en octubre de 1968, un mes antes de que, en El Toreo de Cuatro Caminos, “Pablito” lo abriera en canal y lo pusiera a las puertas de la muerte (30.11.68). Muchos días, semanas y meses, más de un año de zozobras, hospitales y agonías tuvo que pasar el León de Tetela antes de que pudieran darlo de alta, tras una casi milagrosa recuperación. Ansiaba volver a lo suyo, a la urgencia y el misterio que los ruedos encierran dentro de su roja circunferencia. “Está toreando como nunca”, sentenciaban quienes lo habían visto triunfar en Guadalajara, en León, en San Luis Potosí. No lo arredró ni la dura prueba de una nueva cornada, en Aguascalientes. Y, por fin, se anunció su reaparición en la capital. Con toros de José Julián Llaguno, la despedida de Humberto Moro –otro diestro en largo diálogo con el infortunio– y al lado de Curro Rivera, que se venía comiendo la lumbre a puños.

A las cuatro de la tarde, con la plaza repleta y todas las localidades agotadas, sonó el clarín. La gente esperaba a su torero. Lo que pocos pensaban es que el poblano fuera a cuajar, ante la excitación de aquellos miles de ojos, una de las faenas cumbres de su vida. Aunque antes, ya había levantado su bandera de triunfo ante el primer bicho que le soltaron.

Ese primero suyo, segundo de la corrida, se llamó “Movidoso” y fue un toro encastado. Desbordante de celo y poderío estuvo el de Tetela, que había ganado en sosiego y despaciosidad. Faena magistral, estocada, dos descabellos y petición tumultuaria como resultado, pero el juez otorgó una sola oreja; como arreciara el agitar de pañuelos y el doctor Joel Marín mantuvo su negativa, José arrojó el apéndice a la arena y emprendió la vuelta triunfal. Aún faltaba lo mejor.

El faenón de “Rebocero”. Palabras mayores. Como para que se expresaran en tono bien alto los cronistas más leídos. Empezando por “Jarameño” –Antonio García Castillo, prestigioso abogado y huertista de pro–: “El cariño de los aficionados, el reconocimiento a las calidades del torero y a las del hombre, se expresaron en ese arreglo floral (“Bienvenido y suerte, Huerta”) y se rubricaron con la imponente ovación, que bajaba de un tendido abarrotado, cuando José, regiamente vestido de rosa y oro, hizo su aparición por la puerta de cuadrillas (…) En lo que después realizó se vio sobre la arena a un torero de excepción. Dueño de ese toreo que rompe los cauces, aun el de los grandes trasteos, para elevarse sin limitaciones, y desembocar en una de esas faenas en las que la inspiración da nuevas alas al artista, y las formas normales del excelente muletazo esplenden bajo una nueva luz (…) ¡Bienvenido, Maestro!” (Ovaciones, 1 de febrero de 1971).

Manuel Horta era ya escritor de galana prosa en la época de oro, décadas del 30 y del 40, lo cual da un valor harto significativo a esta rotunda síntesis suya sobre la gran tarde del torero de Tetela: “No podía, una figura de la magnitud de Joselito Huerta, permanecer alejado de la plaza mayor del mundo. Y ayer volvió, para mostrarse extraordinario, con un sitio, un señorío y una categoría insuperables. Cortó una oreja, con petición de la otra, y se llevó las dos y el rabo del quinto, en un ambiente apoteósico. La multitud lo aclamó en forma pocas veces vista, rendido ante la presencia de un torero excepcional, que increíblemente alcanzó las más altas cimas después de un percance impresionante y gravísimo, que estuvo a punto de poner fin a su carrera y lo mantuvo durante largo y angustioso tiempo en peligro de muerte.” (Excélsior, ídem).

Alameda, el acabose. A José Alameda nadie habría podido acusarlo de partidario de José Huerta —inclusive afrontó airadas críticas al respecto por parte de Roberto Blanco Moheno, a raíz de su gran faena a “Espartaco”, aquel indultado toro de Cantinflas (06.02.66). Ese detalle, no menor, dota de un valor especial la encendida crónica de su inmensa faena a “Rebocero”, que Alameda describió así: “Después de haberse puesto en los cuernos de la luna, Joselito Huerta se inclinó hacia la tierra y la besó. Con ese beso a la arena de la Plaza México, el torero estaba declarando que la faena que había hecho al quinto toro de José Julián Llaguno era la mejor de su vida (…) ¿La faena soñada? Sólo Joselito podría decir si la soñó, y si fue como la había soñado. ¿Llegaron los ensueños de José a la cumbre de esta faena? Lo que sí podríamos decir es que tuvo dimensión y arquitectura de “faena soñada”: pero real y tangible, cierta y cabal, sobre el platillo de la arena –remedo de planeta– (…) Una faena que, como solemos decir los taurinos, “ahí quedó”. Y que merece una cita poética. La de aquellos versos que un gran poeta español, Gerardo Diego, dedicó a Juan Belmonte, al que tanto estimó y conoció Joselito Huerta: “Sueño, sí, fue de un mozo / y ahora de nuevo nos parece un sueño // Pero entre un sueño y otro fue alborozo / mil veces, y evidencia / de nuestra fe rayana en la demencia”.

¿Qué fue lo que hizo Joselito Huerta? Pues hizo… un poema. Por su unidad. Por su perfecta construcción. Por su sentimiento profundo. Y puesto que no tuvo pase de más ni pase de menos, y se ajustó a la condición del toro como se ajusta el buen verso a la preceptiva, yo diría que fue un soneto. Que es la forma grande y clásica de los poetas grandes y clásicos, con la pluma o con la muleta (…) El toro, que de salida había saltado al callejón (…) llegó franco, noble y entero al tercio final. Huerta lo muleteó inicialmente con eso que llaman “doblones”, pero que en esta ocasión no eran para “doblar”, sino para “prolongar” el viaje del toro. Y una vez centrado con éste, se irguió en el trincherazo rotundo (…) De ahí, se fue a los medios. Y todo lo que hizo con la izquierda y con la derecha, en redondo, o por alto, fue perfecto de ritmo, como auténticamente acordado y dirigido por una batuta maestra. Desde los primeros muletazos, con el compás abierto y la muleta baja, hasta los postreros, en que, vertical el torero y sin separar los pies, parecía torear con el solo aire de la cintura (“un aire suave, de pausados giros”, diríamos, evocando ahora a Rubén Darío).

Poco importa la descripción del repertorio. Lo que importa es la perfecta unidad de aquella faena en los medios, como un soneto sobre una página en blanco. Le puso remate el diestro con una estocada. Rodó el toro y la plaza parecía también venirse abajo. Las dos orejas y el rabo, gran ovación para el toro, que bien lo merecía, y Huerta recorrió por dos veces el anillo, llamando a la pasada al ganadero para abrazarlo. Salió después a los medios y allí fue donde se inclinó, descendiendo de los cuernos de la luna para besar la arena (…) Allí, donde con pases indelebles, había escrito el soneto de su faena a “Rebocero”, un toro de nombre mexicanísimo, lo cual entraña cierto simbolismo, porque estábamos viendo una corrida de triunfo, con un cartel exclusivamente mexicano.” (El Heraldo de México, ídem)

Cabe añadir que Humberto Moro, ya casi inactivo, tuvo una despedida poco afortunada –tampoco lo ayudaron sus toros–; pero el público lo compensó con su cariño, expresado en emotiva, conmovedora vuelta al ruedo. “Durangueño”, de José Julián Llaguno, fue el último toro que el artista nacido en Linares, Nuevo León, despachó en su vida.

Curro Rivera, la gran figura joven de México, máximo triunfador de la temporada, tampoco le hizo sombra al León de Tetela, pese a su empeñosa labor ante el sexto, que tuvo calidad pero carecía de fuerza. Expuso y toreó de verdad, pero el peso de la descomunal gesta del toro anterior –el “Rebocero” de Joselito Huerta– resultaba, a esas alturas, apabullante.

Medalla al “Güero” Guadalupe. Además del corte de coleta de Moro se homenajeó a Guadalupe Rodríguez, el célebre picador mexicano, que festejaba sus cincuenta años ejerciendo tan torero oficio. Javier Cerrillo, presidente de la Unión de Picadores y Banderilleros, le hizo entrega de una medalla conmemorativa. De oro, naturalmente, como correspondía al cincuentenario del veterano hombre de a caballo.

Impasible al dolor. Aun pasaría José Huerta Rivera por afecciones sumamente críticas para su físico, nunca para su entereza de ánimo. Tal la rotura de un aneurisma cerebral declarado en plena corrida (Tlaxcala, 04.11.71), que obligó al cuerpo médico que lo atendía a programar un viaje de emergencia a Suiza para ser operado en Zúrich por una eminencia mundial de la neurocirugía. Una vez más, el León de Tetela se sobrepuso al dolor, venció a la parca y volvió a los ruedos para mantener en alto su puesto de primera figura. Como no podía ser menos, su retirada oficial, en la misma Plaza México, resultó triunfal y hondamente emotiva (28.01.73). Había cortado allí ocho rabos en 46 apariciones, desde su confirmación de alternativa (25.12.55) a la última tarde.

Nunca tuvo el serio y gran torero de Puebla veleidades de retorno.

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