Sábado, junio 15, 2024

Historia de un cartel

Destacamos

Una de las cornadas más graves que registra la historia de la tauromaquia en nuestro país la sufrió Joselito Huerta del toro “Pablito”, de Reyes Huerta, durante la feria de otoño de 1968 en el Toreo de Cuatro Caminos, en tarde de entrada floja, ganado insignificante y público soliviantado. Con José alternaban Sebastián Palomo “Linares” y Eloy Cavazos.

Aquella feria, que sería la última que vio el coso de Naucalpan de Juárez, municipio conurbado a la capital, se deslizaba bajo el mando avasallador del joven Manolo Martínez, lastrado por la pequeñez del ganado. Aunque en la corrida anterior (24.11.68), un encierro de bravura seca de Pastejé puso en evidencia a la terna que encabezaba el propio José Huerta, pues ni él ni Jesús Solórzano ni el malagueño Miguel Márquez –con un centenar de corridas toreadas ese año en España– pudieron con los duros pastejeños; Huerta y Márquez intentaron sacarse la espina recurriendo al torito de regalo pero sólo a medias lo consiguieron, cargando además con el peso de la crítica, que no se tragó el camelo.

El entorno. Juan Pellicer (firmando Juan de Marchena) no pudo ser más explícito sobre la situación imperante: “Costará mucho trabajo que la gente vuelva a la plaza cuatrocaminera. Pesos abundantes en el costo de los asientos y pesos pobrísimos en los bichos que salen al ruedo. La entrada de ayer, flojísima. Es mucha la administración de Palomo, en detrimento del toro”. (ESTO, 1º de diciembre de 1968)

Por su parte, Manuel García Santos, español avecindado en México, lo pintó en conjunto con meridiana claridad: “Vivimos el reinado del becerro (…) la época del torito a la medida. Los días en que se habla del toro ”incómodo” y del torito con “buen son” (…) Pero estas cosas tienen, como todo en la vida, su pro y su contra. Como el público se rebela algunas tardes contra el engaño, como protesta contra el fraude, los toreros tienen que atropellar el toreo para arrancar aplausos, en vista de que, por la insignificancia del toro, nada de lo que hacen emociona (…) En las manos de todos está el remedio. Las empresas, los ganaderos, los toreros y el público, se deben oponer a este reinado del becerro (…) De ese modo no será preciso sacar de quicio las faenas y en los ruedos habrá emoción –la que da el toro— y arte –el que el torero ponga en lo que ejecute”.  (El Sol de México, ídem)

A los excesos de administración de Palomo Linares se refirió en estos términos: “Encontró Sebastián Palomo la penitencia en su propio pecado (…) Debió negarse a torear los becerros de Reyes Huerta. No lo hizo. Tuvo en cambio que hacer un toreo de bárbara exposición. Y como eso no es valor, el público censuró sus alardes”. (íbid)

Tarde rara. Poca gente en las gradas, y los escasos asistentes encerrados en una especie de mutismo indiferente y por momentos agresivo que nunca fue la característica del público de México. Así, vieron transcurrir la lidia del primero de la tarde, al cabo el más presentable del hato y al que Huerta toreó francamente bien de capa y muleta, con afán, ceñimiento y torerismo, sin lograr conmover al esquivo cónclave. Para colmo, la plaza entera estalló en protestas ante la nula presencia del segundo, obligando a la blandengue autoridad a devolverlo por donde había salido. Palomo Linares, desconcertado, nada logró con el sustituto, otro choto apenas un poco mayor. Tampoco mejoraron las cosas en el siguiente, con el que Cavazos bocetó algunas pinturerías sin conseguir impresionarnos.

La cornada. Por ahí rodaba la tarde, por añadidura nublada, cuando se anunció la salida del cuarto, “Pablito”. José Huerta, torero serio, poco habituado a tal tipo de situaciones, atravesó el ruedo para recibirlo a portagayola. Había que intentar algo drástico para revertir el estado de ánimo prevaleciente. “Pablito”, en su ciega salida, casi arrolla al torero, pero Huerta insistió y, en otro terreno, completó limpiamente la larga cambiada. Luego trazó, con firmeza y temple, una larga tanda de lances patijuntos de recia belleza. Con el quite, por fregolinas de impecable ajuste y limpieza, el festejo pareció cobrar al fin el calor que estaba haciendo falta. El de Reyes Huerta parecía responder y el torero de Tetela ordenó que se lo cerraran en tablas para iniciar arrodillado su faena.

Todo aconteció en segundos: “Pablito” se abrió de repente, quedando no paralelo sino enfrentado por completo al torero, Huerta no se levantó y agitó la muleta tratando que el bicho la tomara, pero el reyeshuertino no hizo por el engaño, por unos instantes quedaron ambos frente a frente, separados apenas por un par de metros, indefenso el torero y el burel mirándolo fijamente… y cuando por fin decidió acometer se lanzó en tromba sobre aquel hombre inerme y sin escapatoria, derrotó con fuerza sobre su presa y proyectó a lo alto el cuerpo de Joselito, que voló casi tres metros y fue a caer pesadamente bajo las pezuñas de “Pablito”, que ya no hizo por él.

La espantosa escena sacudió a la plaza como un latigazo mientras las asistencias cargaban apresuradamente con el herido, víctima de lesiones múltiples, presumiblemente mortales.

Escribió García Santos: “Cuando vio José que el público no reaccionaba con el buen toreo, por hacerse éste con la becerrada que envió el señor don Reyes Huerta, buscó emocionar a la plaza con un toreo dramático. Con un toreo comenzado con dos faroles de rodillas al cuarto toro, lleno de rabia y aguante el segundo, por haberlo arrollado “Pablito” en el primero. A partir de ahí, verónicas apretadas y ceñidísimas a pies juntos. Gran quite por fregolinas. Y la decisión, retratada en el semblante, de buscar el triunfo costara lo que costare cuando con la espada y la muleta pidió que le cerraran al toro en tablas. Se arrodilló José. Se abrió el toro. Quedó cruzado con el torero (…) Aguantó José la dramática situación (…) La cornada fue impresionante, seca, brutal, y el diestro de Tetela, el torero de más oficio que tiene México, salió lanzado a gran altura. Cuando acudieron en su socorro pudo apreciarse que tenía una cornada penetrante de vientre con salida de intestinos”. (El Sol…)

Aquí, el relato de Pellicer: “Huerta salió a buscar las palmas sin detenerse ante nada. Casi se metió al callejón de toriles para esperar de rodillas al astado, con una larga afarolada un tanto atropellada. Al hilo de las tablas volvió a hincarse para un farol apretadísimo y se incorporó para veroniquear, sin la menor enmienda, a pies juntos y rematar con media ceñidísima (…) Un puyazo, el único tumbo de la tarde y quite de José por fregolinas, en las que el cornudo se enroscó a la cintura del torero más que su propio capote. Otro puyazo y feísimas, pueblerinas gaoneras de Palomo. En el segundo tercio vimos como el de Reyes Huerta se quedaba en la suerte (…) Momentos antes de iniciarse la faena de muleta, el bicho quiso saltar al callejón. Huerta, en busca del triunfo, buscando el peligro, se arrodilló de espaldas a las tablas y acudió gazapeando el manso que de pronto frenó, hasta colocarse frente al torero, quien quedó materialmente atrapado, sin salida. En cuanto sintió la presa segura acometió el de Reyes Huerta y empitonó a José, lanzándolo por los aires, a gran altura, como un trágico pelele. La cogida fue impresionante. En brazos de las asistencias el torero de Puebla fue llevado a la enfermería”. (ESTO)

Parte médico. “Herida penetrante de vientre con orificio de entrada sobre la línea media del epigastrio hacia la fosa ilíaca derecha como de 8 cm. de longitud, presentando hernia de epiplón y de asas intestinales delgadas. Se encontró una herida como de 10 cm, de extensión en el peritoneo posterior de la fosa ilíaca que deja al descubierto la arteria ilíaca derecha, descubriéndola y contundiéndola en una extensión de 10 cm. Herida en el músculo pos-ilíaco como de 8 cm. Herida en cara externa de la vejiga como de 7 cm. de extensión que interesa peritoneo y músculos.

Esta herida es de las que ponen en peligro la vida. El herido ingresó en la enfermería bajo shock traumático. Durante la intervención se le aplicó una transfusión de 500 c. c. y se le aplicó suero. Firman el parte los doctores Javier Campos Licastro, Xavier Ibarra Jr., José y Tirso Cascajares, Quijano Méndez y Gustavo Zárate.”     

Gran triunfo de Cavazos. Para García Santos “Eloy repitió aquel alarde de alegría, de afición y de arte que había derrochado la tarde de su presentación de novillero en la Plaza México. No fue con “Cocinero”, al que toreó al estilo ratonerillo que trae ahora (…) alardes de alegría infantil, muy de acuerdo con lo infantil del toro. Pero con “Silencioso” se consagró. Buen toreo de capa. Series de muletazos con la derecha y con la izquierda en los que había ligazón, mando, suavidad, gracia torera y valor a raudales (…) La estocada entregándose y saliendo del trance despedido y rodando por el suelo, a la vez que el toro rodaba con el estoque enterrado hasta la cruceta. Cortó las orejas y el rabo. Dio vueltas al ruedo al grito de ¡¡Toreerooo, toreerooo!! (El Sol… ).

Versión de Pellicer: “Al sexto lo recogió Eloy con lances del mandil a pie quieto, con mucho salero, y después lo llevó al picador toreando por chicuelinas transeúntes para dejarlo en suerte con gran precisión. Qué bien estaba toreando el de Monterrey. Su faena de muleta fue sencillamente extraordinaria. Suavemente toreó por bajo y en seguida corrió la mano y puso cátedra de lo que es el temple, la medida, haciendo el toreo en redondo y con la derecha con alegre verdad. A una tanda seguían otras. Ese cascabel en el ruedo que es Eloy Cavazos estaba toreando para su gusto y contagiando a todos los presentes (…) Con garbo, con gracia, hizo el toreo auténtico (…) Los naturales fueron impecables, abierto el compás, cargando la suerte. Después, los ayudados por bajo a pies juntos y los de la firma y los molinetes y, al final, esos abaniqueos regiomontanos, por delante y por la espalda, con gran soltura, caminando toreramente y que fueron como la sonrisa final y feliz de su faena. Cuando la plaza estallaba de entusiasmo se fue tras el acero y lo metió hasta la bola, desprendido, con efectos fulminantes. Y qué bien ganadas las orejas y el rabo y las vueltas al ruedo y la salida a los medios (…) ¡Torero, pequeño gran torero! (ESTO…).

Jarameño (Antonio García Castillo), lo reafirmó en estos términos: “Si hace ocho días, tras el trasteo inmortal de Manolo Martínez a “Tanguero” (de JJ Llaguno), el arte, el torerismo y el temple de Eloy fueron capaces de elevarlo al triunfo, ayer, con “Silencioso” de Reyes Huerta, un astado negro y cornigacho que tuvo bravura y estupendo estilo, se consagró ante la afición capitalina”. (Ovaciones, 1º de diciembre de 1968)

Oreja discutida a Palomo. Sobre la faena de Palomo Linares al toro que obsequió, luego de una descolorida actuación con los dos de su lote, Pellicer puntualiza: “Regaló un reserva de (Jesús) Cabrera, con más presencia, al que veroniqueó sobre piernas. Conato de capea, con peones y picadores en plena complicidad, en los mismos medios del ruedo. Noblote pero apuradísimo de patas llegó a la muleta el cabrereño. Buenos ayudados por bajo y, en uno de ellos, se quedó en la suerte el aplomado astado y Palomo permaneció quieto, sin inmutarse, reanudando el muletazo con mucho valor. Pronto se le acabó el gas al astado, y entonces todo fue citar sin resultados, muy cerca, eso sí, y llevándose una voltereta. Hubo desplantes que provocaron más protestas que aplausos (…) A veces caían juntos astado y torero. Media estocada caída y una oreja entre toda clase de comentarios. (ESTO…)

El León de Tetela. Un año entero, entre mejoras y recaídas, sufrió José Huerta Rivera, muy bien atendido por los mejores médicos, los estragos de la cornada de “Pablito”. Lo más asombroso fue que, después de tanta zozobra, volvería a los ruedos, sin la menor merma de su legendaria casta torera, para escribir algunos de los capítulos más señeros de su ejemplar trayectoria.          

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