Miércoles, junio 19, 2024

Historia de un cartel: 1969/12/7

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Desde que la Plaza México abrió sus puertas, una de las fechas clave para el público capitalino es la inauguración de la prolongada serie otoño-invernal de corridas de toros. El concepto de temporada, tan mexicano, difiere radicalmente del de feria, que es el que domina en España y en la mayor parte de los países taurinos de América y Europa. La temporada, por principio, maneja sus carteles sobre la marcha, atendiendo al resultado de las corridas anteriores a partir de una figura de base, escriturada previamente para unas fechas determinadas. Eso les da un movimiento especial a las endorfinas del aficionado, casi tan activas durante las especulaciones de entre semana como los domingos en el interior del coso. A su vez, al menos en teoría, la empresa se ve obligada a atender lo que vox populi demanda para responderle con combinaciones que mantengan e incluso incrementen el interés de la afición a través de los tres meses largos que, como término medio, abarcaba la denominada temporada grande.

7 de diciembre de 1969. Esta fecha coincide con una de las inauguraciones de temporada más venturosas que se recuerdan. Como presintiéndolo, el público abarrotó barreras, tendidos y generales en la espléndida tarde decembrina. Sin duda, el mayor reclamo del redondo cartel  –la mano de Javier Garfias, flamante gerente operativo del despótico Ángel Vázquez— era Francisco Martín “Curro” Rivera, que había escalado con gran rapidez hasta aproximarse al lugar de privilegio en que se encontraba ya instalado Manolo Martínez, dentro de un escalafón surtido de ilustres veteranos, como Alfredo Leal, que con Santiago Martín “El Viti” –que tampoco se cocía al primer hervor– completaban esa terna inaugural. Toros de la vacada poblana de Reyes Huerta, también en el candelero por aquellos años.

Tarde redonda. Magnífico resultó el encierro, con dos toros molestos –particularmente el quinto, el más complicado y geniudo del hato–, sin que se pueda afirmar que el joven hijo de Fermín Rivera haya disfrutado de lo mejor del reparto, según pudiera desprenderse del reparto de apéndices: una oreja por coleta Leal y El Viti y cuatro orejas y un rabo al tercer espada del cartel, desbordante de decisión pero también de torerismo como para aprovechar a tope la alegre boyantía de “Emperador”, su primer astado, y sobreponerse a las dificultades del cierraplaza, “Miguelito” de nombre. Naturalmente fue este Curro el que arrebató a la multitud y abandonó la plaza en hombros en medio de jubiloso tumulto. A la larga, sería la del 7 de diciembre de 1969 la tarde más venturosa de Curro Rivera en la capital a lo largo de su dilatada carrera, que conoció más altibajos de los que bajo las circunstancias de aquel momento hubieran podido sospecharse.

La crítica, volcada con Curro. Ante la evidencia hubo de ceder incluso Carlos León, cuyas corrosivas críticas al joven Rivera y su peculiar coreografía –“cite sicodélico”, lo llamó Pepe Alameda–, le venían sirviendo de base para descalificar la tauromaquia toda del inquieto muchacho, verdadero revulsivo del medio taurino mexicano en esos años. Y es que las proezas del hijo de Fermín Rivera alcanzaron tal nivel que el sarcástico cronista de Novedades hubo de rectificar. Aunque no del todo, zorro viejo al fin y uno de los críticos taurinos más leídos del país. Véase si no:

Pronto es para vaticinar si Currito Rivera puede llegar a ser un torero de época, pero sí puedo asegurarse que es un típico producto de la época… A un público nuevo tiene que satisfacerle un torero novedoso, que rompe moldes como piñatas y siente el toreo como esa multitud frenética y fanática que ayer enloqueció en California con las estridencias de los Rolling Stones… No obstante, y para ser justo, me place reconocer que el joven potosino (sic) se olvidó en esta tarde de sus innovaciones circenses, que sólo bocetó por instantes, para tomar la ruta torera del bien hacer. Torerísimas fueron las verónicas mandonas y despatarradas con las que ha saludado a “Emperador”. Y torera ha sido su faena al mismo astado, entregándose, desbordante de afición, encastado como tigre en celo, saboreando los muletazos y poniendo esa vibración contagiosa que enloqueció a las masas. Ante ese estoicismo rabioso, poco importó que a ratos se contorsionara en exceso, cuando el toreo vertical es el bueno. Aún está en camino de depurar su estilo, y lo que estremecía era esa juvenil locura de quien busca ser alguien. Además, a la hora suprema ha matado como matan los hombres… para cortar las orejas y el rabo bajo un clima de pasión… Lo del sexto no alcanzó tan cimeras proporciones porque el toro careció de tan dócil boyantía. Pero Curro, suicida y temerario, pisó terrenos prohibidos, de los que salió avante por su vista y su estoica manera de aguantar. Tal vez, por ello, fue más meritorio el trasteo, aunque menos ligado… Más, volcándose sobre el morrillo, sepultó otra estocada fulminante. Y tras concedérsele otras dos orejas lo han izado en hombros, epilogando el festejo con la Operación Apoteosis.” (Novedades, 8 de diciembre de 1969).

“Juan de Marchena” y “Jarameño”. El sobrio cronista de Esto Juan Pellicer Cámara –juez de plaza excepcional del mismo coso—tampoco escatimó elogios a la memorable actuación del novel diestro: “Lo que hizo ayer Curro Rivera fue extraordinario. Pero lo es más, porque lo hizo un torero que hace unos días cumplió dieciocho años de edad. Valor, sentimiento, una intuición excepcional y un sitio inexplicable a esa edad. Con cinco templadas verónicas recibió a su primer toro. Empezó a  torear en los tercios y acabó en los medios, siempre avanzando, y cuando remató, a punta de capote, la plaza era un manicomio… Tres ayudados por alto, sin moverse ni un milímetro, fueron el pórtico de la faena. Lo que vino después fue una borrachera de toreo. Los ayudados por abajo, de increíble extensión, se repitieron en quién sabe cuántas tandas… Engranó cinco, seis naturales soberanos en un palmo de terreno. Y la estocada, digna de la faena, hasta la empuñadura. Las orejas, el rabo y dos vueltas al ruedo. Y arrastre lento al archinoble “Emperador” de Reyes Huerta.

Pero todavía faltaba algo más que fue la faena al sexto, un toro difícil, al que Curro veroniqueó sin fijeza de pies. Con la muleta, dos ayudados por alto sin pestañear siquiera y, en seguida, a torear en redondo imponiéndose de inmediato el torero en una larga serie de ayudados por abajo. Y otra vez la faena en un palmo de terreno, faena de mayor mérito aún que la anterior. En los naturales, uno de ellos realizado sílaba por sílaba porque se frenó el de Reyes Huerta, y el Curro detuvo la muleta y, con tranquilidad increíble, fue tirando del astado. Sucedió lo mismo en un pase de pecho. No se puede aguantar con más serenidad, sin descomponerse ni un ápice, mientras el toro desparramaba la vista… La estocada fue como aquel pase natural, como ese pase de pecho, pues el toro nada hizo por el torero sino al contrario, se encogió al sentirse herido… Poco a poco fue entrando el acero y se derrumbó el de Reyes Huerta como herido por un rayo. Sí, más mérito tuvo esta otra gran faena. La concesión del rabo habría estado, como pocas veces, justificada…” (Esto, ídem).

Parecidos conceptos externó Antonio García Quevedo “Jarameño”, el cronista titular de Ovaciones, a propósito de la faena y estocada de Curro Rivera al cierraplaza: “¡Gran faena! Sí, faena de orejas y rabo porque cada derechazo, cada pase de pecho y cada natural fueron ejecutados a cambio de la posible cornada que en sus derrotes llevaba el de Reyes Huerta… Y por último ¡EL VOLAPIÉ…! Para matar a volapié se debe matar como ayer mató Curro Rivera a ese “Miguelito” de Reyes Huerta. El toro parado, sin adelantar un solo paso: el torero le echa el engaño, hace el trenzadillo y se va, con la vista fija en el morrillo, para en cuanto humille el animal sepultarle el acero. El toro sin hacer nada, solamente humillar al mando de la franela. Es el torero el que hace todo. Y sin puntilla rodó “Miguelito”, uno de los pocos toros que en estas épocas se han matado a volapié. Sólo por eso yo, un aficionado más, Curro Rivera, te hubiera otorgado el rabo.” (Ovaciones, ídem)    

Leal y El Viti, a oreja por coleta. Los toros de Reyes Huerta propiciaron el éxito de los tres espadas, si bien Alfredo Leal y Santiago Martín se quedaron comparativamente cortos frente al arrollador joven capitalino. Y fueron muy ovacionados los restos de “Perfumado” y “Cantarás”, segundo y cuarto, respectivamente. De la faena de El Viti Carlos León resaltó “dos verónicas y media insuperables… Y un trasteo que fue geometría pura, como con compás y escuadra, sin un desdibujo ni una mácula. Para las mayorías, ese tratado de alta sapiencia estaba fuera de sus alcances. Pero tan brillante fue el estoconazo que ante esa majeza se entregó la gente. Y hubo oreja y justas ovaciones para el catedrático. Luego, ante las dificultades que ofreció el lidiado en el lugar de honor, ni el que inventó el toreo hubiera sido capaz de obtener lucimiento con semejante marrajo.” (ídem).

Este quinto de Reyes Huerta, un castaño que desarrolló un sentido endemoniado, se llevó por delante en el segundo tercio al banderillero Alfonso Barrientos “El Ejecuteo” y le pegó una cornada grande. Y tantas fatigas pasó El Viti con “Coralito” que cuando logró despacharlo ya había sonado un aviso. En cuanto a Leal, que estuvo soso con su soso primero, fue opinión general que dejó ir a “Cantarás” sin sacarle todo el provecho que el buen toro de Reyes Huerta reclamaba, una faena de más a menos que, para Juan Pellicer, nunca debió premiarse: “Hubo débil petición de oreja, que inexplicablemente fue concedida. No parecía que estuviéramos en la Plaza México.”

Dichosa edad en que la crítica seria podía franquearse con tal claridad y desparpajo.

Un poco de historia. La verdad es que Curro Rivera había redondeado una tarde excepcional. En 75 años, solamente siete matadores han cortado cuatro orejas y un rabo en la Plaza México. Y uno de ellos, Eloy Cavazos, por duplicado (17.12.71, con Jesús Cabrera, y 29.12.71 con Torrecilla). Para César Girón (26.03.61), la crítica reclamaba incluso un segundo rabo, como ocurriera también con Curro ante el mérito de su segunda faena. En cambio, cuando Enrique Ponce sumó idéntica cifra de apéndices, público y reseñistas externaron serias reservas (06.11.2006), puntualmente repetidas en el caso de Arturo Saldívar (06.11.11), en justa correspondencia con una etapa decadente, caracterizada por el franco dispendio de trofeos. El primer hispano en ostentar tan elevada cosecha fue Emilio Ortuño “Jumillano” (20.02.55, Torrecilla), mientras que Jorge Gutiérrez tuvo el inconveniente de un rabo simbólico tras el indulto de “Poco a Poco” (25.01.81, San Martín) Capítulo aparte merecen los dos casos en que el espada triunfador se alzó con los rabos de sus dos oponentes (Lorenzo Garza con los de “Amapolo” y “Buen Mozo” de Pastejé –11.12.46–, y Manolo dos Santos con los de “Goloso” y “Chato”, de la misma ganadería mexiquense –29.01.50–). Algo que, desde aquel histórico triunfo del artista lusitano, no ha vuelto a suceder.

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