Miércoles, junio 19, 2024

Historia de un cartel: 1977/11/26

Destacamos

La primera fila del toreo siempre contó en México con un grupo selecto de figuras, secundadas por otros espadas de diversificados estilos y valía. La baraja más rica ha sido sin duda la de los cinco grandes de los años 30 –Fermín Espinosa “Armillita”, Lorenzo Garza, Alberto Balderas, Jesús Solórzano y Luis Castro “El Soldado”, con el aditamento de Pepe Ortiz, artista incomparable–; a Balderas lo mató un toro (29.12.40) y a los demás integrantes de la época de oro les fue llegando el ocaso conforme la década del 40 se acercaba a su fin; costaba imaginarles herederos, más allá de la vigencia de maestros más jóvenes pero no menos trascendentes, no en balde se llamaban  Silverio Pérez, Carlos Arruza o Luis Procuna, que serían a la postre las unidades de medida para el desarrollo de la generación de los Tres Mosqueteros –Rafael Rodríguez, Jesús Córdoba y Manuel Capetillo–, un relevo fortalecido, a lo largo de la década siguiente, por Juanito Silveti, El Ranchero Aguilar, Alfredo Leal y particularmente Joselito Huerta, apuntalados todos ellos por el segundo aire de toreros tan considerables como Fermín Rivera, El Calesero y Antonio Velázquez. Entre todos, sostuvieron con ejemplar firmeza el hilo tejido por los ases de la época de oro, mientras la cabaña brava del país evolucionaba lentamente hacia pautas de mayor toreabilidad, en perjuicio del poder y la bravura del toro de antaño. 

Se inició, a mediados de los 50, el lento pero inexorable declive de La Punta y Pastejé –sangre de Parladé y Murube, respectivamente– y fueron perdiendo picante, que no clase, los productos de la casa Saltillo–Llaguno; por Tlaxcala se mantenía en el candelero La Laguna, incluso por encima de Piedras Negras, vacada madre de la región. Y empezaban a sonar, mencionados de norte a sur (es decir, de Zacatecas a Tlaxcala, pasando por San Luis Potosí, Guanajuato y Querétaro), los nombres de Jesús Cabrera (antes Lorenzo Garza), Valparaíso, José Julián Llaguno, Javier Garfias, Mimiahuápam y Reyes Huerta, todos de procedencia Llaguno. A los productos de los hierros tlaxcaltecas de más abolengo, todavía en buen nivel, los apoderados empezaron a oponerles reparos. Y algo menos a los de Santo Domingo y Tequisquiapan, divisas ambas caracterizadas por una enrazada bravura. En todo caso, eran objeciones mínimas en comparación con lo que vendría después. 

Martínez-Chafik al mando. Ese después iba a llegar, a partir de mediados de los 60, con el encumbramiento de una nueva camada de figuras –Manolo Martínez, Eloy Cavazos, Curro Rivera y Mariano Ramos–, entre las que se erigió Martínez cabeza del pelotón y mandón indiscutible. Fue bajo su égida, ya con el ganadero José Chafik como su muy influyente apoderado, que ganó impulso la imposición de un único encaste –Saltillo–Lla-guno— y el paralelo sometimiento de las empresas del país. Un control ejercido con mano de hierro que, paradójicamente, avanzaría hacia una drástica disminución de los rasgos de comportamiento e integridad de la generalidad de los astados, ya prácticamente fuera de demanda los hierros más tradicionales del campo tlaxcalteca, desplazados en la preferencia de los ases por el de Reyes Huerta, mientras Mimiahuápam cambiaba de dueño –de Luis Barroso Barona a Alberto Bailleres– y también de ubicación. Se estaba incubando, a la sombra de la zootecnia pero también a la luz del sol, el pajuno e insustancial post toro de lidia mexicano. Su plena maduración aún tardaría en concretarse.       

Mientras tal cosa ocurría, la generación encabezada por Martínez empezó a acusar los efectos del desgaste de lo demasiado visto –nunca como entonces se dieron tantos festejos en el país, con los mismos nombres repitiéndose hasta en los pueblos más insignificantes, siempre con el mismo tipo de ganado. Con buen ojo clínico, Manolo, desde su posición hegemónica, inició la búsqueda de caras nuevas –algo inconcebible hasta poco antes– que le permitieran mantenerse en el candelero superando los problemas de taquilla que empezaban a asomar aquí y allá. No es de extrañar que eligiera al hijo menor del Maestro de Saltillo, Miguel Espinosa Meléndez, como heredero no tanto de sí mismo como de los otros miembros de la cuarteta que desde hacía un decenio venía cortando el bacalao. Estratégicamente, había decidido apartarse de la Plaza México durante una temporada larga (1974-77), y para no privar del todo de su presencia a sus innumerables partidarios capitalinos eligió la Santa María de Querétaro como nuevo centro de operaciones. Si en un principio sus alternantes naturales fueron ahí los de costumbre, para las corridas invernales de 1976 en el coso queretano –y la Calafia de Mexicali, también bajo su control– gestionó el retorno a México de Paco Camino, ausente del país una docena de años debido a enredos y problemas personales. El experimento, exitoso, se repitió al año siguiente, Camino y Martínez seguirían siendo la dupla eje, pero para la corrida inaugural de la serie decembrina, la empresa visible –es decir, los dueños de la Santa María Nicolás González Jáuregui y Nicolás González Rivas, padre e hijo– anunció la alternativa de Miguel Espinosa, que venía de hacer toda su campaña novilleril en España en una especie de lejana premonición de lo que sería el itinerario de tantos novilleros mexicanos en el temprano siglo XXI.  

Evidentemente, en la estrategia martinista estaba cuidadosamente contemplado un recambio paulatino para los Cavazos, Rivera y Ramos, cuyo atractivo como hemos dicho declinaba, sin que la incorporación a ese grupo de Antonio Lomelín –un tanto forzada–lograse animar la taquilla, cosa que sí se consiguió con Camino pero a un costo muy alto para la limitada presencia del sevillano. 

Miguel “Armillita”, el delfín, no estaba solo como heraldo de los nuevos tiempos. Unos días antes de su doctorado queretano –el 20 de noviembre de aquel año 77– habían tomado la alternativa David Silveti en Irapuato y Guillermo Capetillo en San Luis Potosí. Y muy pronto, en la Plaza México, Martínez haría matador a Jorge Gutiérrez (04.02.78), triunfador de la última temporada chica. Jorge, con Miguel, pronto estaría disputándoles el sitio a los ases de la generación anterior mientras sus otros dos coetáneos se rezagaban, Silveti por culpa de la sucesión de graves lesiones rotulares que marcaron su carrera. 

Querétaro, 26 de noviembre de 1977.  La segunda temporada anunciada en la Santa María con base en la dupla Camino–Martínez arrancó a todo tren, con un encierro de ocho toros de Javier Garfias para Manolo, Eloy, José Mari Manzanares y la alternativa de Miguelito Espinosa. El lleno fue absoluto y más de medio aforo lo ocupaban aficionados llegados de la capital del país y otras latitudes. Fue una corrida triunfal, pero ni con nueve orejas y tres rabos como saldo la palabra apoteosis dejó de sonar hueca. Demasiados matices y reparos demandaba aquella tarde marcada por un triunfalismo ramplón, en el que mucho tuvieron que ver un juez de plaza desorientado y despilfarrador, y un público acorde. A la salida de la plaza, los aficionados con curriculum se miraban unos a otros con aire de incredulidad. Llevábamos en la boca un saborcillo acre difícil de asimilar. 

Cómo sería el papelón del señor juez que la faena que recuerdo más importante –la de Manolo Martínez a “Aviador”, su incómodo segundo toro– la premió solamente con una oreja, cuando antes ya había concedido dos rabos –protestados– y, en el turno siguiente, iba a indultar un burel de pajuna bobaliconería como culminación y emblema de su catarata de dislates, inexplicablemente respaldados por el grueso de la parroquia. Al hacerse el recuento final de orejas y rabos el único que se había quedado sin premios fue precisamente el catecúmeno; y no es que Miguel haya toreado peor que los otros, pues sin sus desaciertos al matar la suma de apéndices habría sido aún más generosa. 

Según era usual, estuvo en Querétaro la plana mayor de la crítica y la crónica capitalinas. Cutberto Pérez “Tapabocas”, del Ovaciones, cargó sin miramientos contra las barbaridades del juez y la desorientación del público. Pero su colega del Esto Francisco Lazo, cronista de cámara de Manolo Martínez, iba a develar la importancia que concedía su patrón al hecho de que el vástago del Maestro de Saltillo engrosara los carteles mexicanos sin ceder a la tentación de volver a hacer campaña en España. No lo afirmó directamente, lo dio a entender de un modo retorcido, según veremos enseguida. 

Francisco Lazo (Esto). “Miguelito Espinosa hizo un toreo mecánico, técnico, falto de emoción. A Miguelito hay que dejarlo en México para que vuelva a abrevar el sabor del toreo. Dejarlo ir nuevamente a España, es producir un robot… Vale más exponer un sentimiento que una técnica. Miguelito debe volver a sus principios, a torear por el placer de hacerlo. No a la mecánica del bien hacer.” (Esto, 27 de noviembre de 1977). Tal el mensaje medular de su crónica, dedicada casi completamente a fustigar a Miguel pero, sobre todo, a animarlo a que permaneciera en el país, quizá no tanto para esa hipotética vuelta a las esencias, sino por el atractivo que representaba como la novedad más capaz de quebrar la monotonía imperante. 

Sobre el resto del festejo, el reporte de Lazo es casi telegráfico: Martínez “gran artista del toreo, cortó tres orejas. Como si hubieran sido cien”; Eloy “le tumbó el rabo a su primero e indultó a su segundo”, José Mari “Tiene mucho sitio y le cortó un (sic) rabo a un toro”. El encierro de Javier Garfias “Bien presentado, peleando con los caballos y yendo a capotes y muletas con magnífico estilo.” Punto final.  

“Tapabocas” (Ovaciones).El respetable y el juez de plaza… francamente petardearon. No entendemos por qué, pero sucedió… Señor juez: usted midió muy mal la labor de los toreros. A Manolo Martínez le dio dos orejas fáciles y, a su faena grande, sólo una… Usted dio orejas y rabos a Cavazos indebidamente…. Y demostró que ni por asomo sabe lo que debe tener un toro de lidia para ser indultado; ayer se lo concedió a uno al que había hecho ver mejor su (presunto) matador… la petición del perdón de algunos equivocados contagió a la mayoría y ese toro sexto, de nombre “Aladino”, por magia de su nombre tal vez, se convirtió en cuento cuando le perdonaron la vida. Seguramente después de esta vergüenza, su dueño, Javier Garfias, le dará la puntilla, pues no merece sino morir… El respetable chilló a Manolo por chillarle, como es costumbre; lo grave es que ni siquiera advirtió el mérito de la faena a su segundo, la más sobresaliente de la corrida… A Cavazos, habiéndole chillado la concesión del rabo en sus dos toros, impidiéndole dar la vuelta al ruedo, luego lo aclamaba con gritos de ¡Torero! ¡Torero!. .. Total, un verdadero lío, culpa del juez y del respetable. Y sin embargo, ahí queda la gran corrida de toros que vimos.” (Ovaciones, 27 de noviembre de 1977). 

El huevo de la serpiente. Aparentemente sobraban razones para el júbilo. Martínez se mostró como quien al paso del tiempo quedaría consagrado último coloso de nuestra tauromaquia; la faena de Manzanares al cárdeno “Cobrador”, el mejor de los ocho, fue un puro jugar al toro con ligazón, limpieza y temple de artista en sazón; Eloy desplegó toda la sagacidad y gracia comunicativa que lo distinguía y, dentro de su estilo, toreó estupendamente; y en Miguelito Espinosa asomaba ya esa finura natural tan suya, no exenta de saber y dominio: su falta de sitio con la espada la subsanaría más adelante, aunque también fueran a incrementarse en él el desinterés y la abulia. El toro de su alternativa, negro girón corrido y cornicorto, con 515 kilos, se llamó “Arlequín”, marcado con el 18 y primero de un bonito encierro. Demasiado joven y bonito quizá. 

Tarde triunfal, sí, pero de una manera extrañamente incómoda. Como ese cielo aparentemente transparente sobre el que se ciernen ya nubes de borrasca. 

 

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