Jueves, agosto 18, 2022
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Historia de un cartel

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La plaza de toros de Valencia, ubicada en el número 28 de la céntrica calle de Xátiva, fue inaugurada por Francisco Arjona “Cúchares” el 22 de junio de 1859 con toros de Nazario Carriquiri y la Viuda de Zalduendo. Es un espléndido edificio neoclásico con aforo para 12 mil espectadores y, hasta antes del último cuarto del siglo XX, el mayor número de corridas correspondía a la tradicional feria de San Jaime, a finales de julio, y no a la de Fallas, como ocurre actualmente. En la temporada de 1935 la cartelería de su feria grande estuvo encabezada por los nombres de Domingo Ortega y Fermín Espinosa “Armillita”, las dos figuras máximas de la llamada edad de plata. Nueve festejos integraban el serial.

El mexicano estuvo incontestable en sus dos primeras corridas, y si desorejó a uno de sus saltillos de Moreno Ardanuy en la fecha inaugural -25 de julio, con Vicente Barrera y Victoriano de la Serna en el cartel-, en la séptima, el 31, además de las orejas y el rabo paseó la pata del quinto burel de Antonio Pérez Tabernero, festejo en el que Ortega desorejó a su segundo adversario y Lorenzo Garza, con mal lote, sólo pudo hacer derroche de valentía. La feria se estaba desarrollando triunfalmente con Fermín y Domingo en plan estelar y, para la corrida final, el público se las prometía más felices que nunca, no en balde ambos estaban anunciados con el siempre esperado y temido encierro de Miura. Abría la terna Victoriano Roger “Valencia II”, torero bravo pero de otra época.

Tarde para el recuerdo. “Valencia II”, cogido la víspera, hizo el paseíllo cojeando ostensiblemente y sólo mató un toro porque se tuvo que retirar a la enfermería al abrírsele los puntos de la herida. Domingo Ortega, en la cúspide de su poderío, alborotó de tal manera a los valencianos con su faena al tercero que pidieron para él las orejas y el rabo del bicho y lo obligaron a hacerse acompañar por Armilla en una segunda vuelta al ruedo. Y es que Fermín ya le había cortado las orejas al primer miura que le soltaron, y más tarde iba a recorrer el anillo en premio a su labor con el que mató por Victoriano; si su primer astado resultó boyante, el cuarto, de geniudo comportamiento, hizo con ello honor al célebre hierro de la “A” con asas.

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Al abrirse por quinta vez la puerta de toriles y aparecer en la arena “Cortijano” la corrida entró en otra dimensión, colmado el ruedo por la presencia, la agresividad y el poderío de un imponente bicho retinto con la famosa divisa rojiverde ondeando al aire. La crónica del corresponsal en Valencia del diario ABC, sin abandonar un tono marcadamente convencional, transmite la sensación de un hecho poco usual:

“Quinto. Colorado. También buen mozo. De nuevo entra en funciones Armillita, veroniqueando con mucho lucimiento. Hace un quite por faroles, ciñéndose mucho, oyendo fuertes aplausos. Se arranca el toro a Barana, que cae al descubierto, acudiendo providencialmente Ortega al quite, oportunísimo.

Pide Armillita las banderillas y llegándole muy bien pone un par superior, al cuarteo (ovación). Otro mejor y el tercero por dentro, enorme. La ovación es atronadora. Brinda al público e inicia la faena por alto con pases bonísimos, dos molinetes escalofriantes, rodilla en tierra da unos muletazos cogiendo los pitones del miura. Armillita está muy valiente, ahora torea por naturales con mucho temple y suavidad. Suena la música y el público jalea al torero. Un pinchazo alto y un estoconazo que mata. Ovación delirante, orejas, rabo y vueltas al ruedo. La actuación de Armillita en la feria ha sido brillantísima. Ahora es Fermín el que saca a Ortega a compartir la gran ovación que se les tributa a los dos.”

Federico M. Alcázar, de la retiscencia a la entrega. A raíz de la célebre faena de Fermín Espinosa “Armillita Chico” con el toro “Centello” de Aleas en la plaza vieja de Madrid (05.06.32), en el coro de alabanzas que jaleó tal obra de arte desentonaba la crítica que, aun sin negarle jerarquía, lanzó el cronista de El Imparcial Federico M. Alcázar. Insinuaba, por un lado, que “Centello” casi se toreaba solo; por otro que Fermín, para engendrar y ligar el recital por naturales que fue su prodigiosa faena, había copiado servilmente los procedimientos de Domingo Ortega, quien curiosamente nunca fue muy afecto al toreo en redondo, pues la base de sus dominadores trasteos era el toreo cambiado andándoles a los toros, eso sí, con la precisión y el sello que lo encumbraron como la figura señera que fue. Los dislates de Alcázar no se quedaron sin respuesta, afición y prensa discreparon vivamente de sus puntos de vista, sobresaliendo en esto la réplica de José Díaz Quijano “Don Quijote” en favor del maestro mexicano.

Lo evidente es que, en 1932, Armillita, huérfano de los contratos que en cambio les llovían a medianías como Vicente Barrera o El Estudiante, podía ser para la prensa un blanco relativamente vulnerable. Tres años después, mantener una posición contraria al mexicano habría sido descabellado. De modo que no bien finalizó la temporada de 1935, Federico M. Alcázar, armillista converso, le dedicó a Fermín uno de esos folletos que algunos de los cronistas más leídos sacaban a la luz con resúmenes de la campaña recién concluida. Lejos de sus puntillosas observaciones de tiempo atrás, Alcázar se volcó en elogios al coloso de Saltillo, centrando su atención en determinadas tardes de las que fue testigo en su cobertura de las ferias más sonadas del calendario.

La mencionada publicación alcanza su punto culminante con el relato de la lidia y faena que ofreciera Fermín a los valencianos con el famoso “Cortijano” de Miura. Cabría maliciar que la nueva actitud hacia Fermín del puntilloso crítico pudo deberse a que ahora lo apoderaba Domingo González “Dominguín”, que llevaba también a Ortega y mantenía excelente relación con la prensa. Pero el relato de Alcázar cobra genuino valor porque vio la corrida teniendo al lado a Rafael Guerra “Guerrita” y Ricardo Torres “Bombita”, los dos mandones máximos de finales del siglo XIX El Guerra, y de la primera década del XX Bombita. Indudablemente, los comentarios de ambos le prestan un carácter excepcional el vívido relato.

Reproduzco la parte medular del mismo:

Fermín y “Cortijano” vistos por Alcázar. “Vi aquella corrida en un palco de lumbreras acompañando a Rafael Guerra “Guerrita”, a Ricardo Torres “Bombita” y al cronista taurino de “El Eco” de Valencia.  Ver Bombita salir a aquel toro y santiguarse fue todo uno. “Mire, maestro”, dijo Bombita al Guerra, ese tiene las características de aquel “Catalán” y mucho de lo que tuvo “Gorrioncito” (Nota del autor: se refiere a dos miureños con los que tuvo Ricardo los quizá mayores fracasos de su vida); es de los que cría don Eduardo y manda a las plazas de vez en cuando para acabar con todos”.

Nos puso en mejicano (sic) los pelos de punta al lancear a aquella centella. En todo momento dudamos que aquel chaval, que no era más que un jovencito de 22 años, pudiera con el toro. Salieron los de a caballo y le hicieron sangre. Dio tres tumbos estrepitosos. Cinco varas tomó “Cortijano”, que así se llamaba el toro. En todas empujó con fiereza, con los riñones. El mejicano volvió a torear a la verónica, muy asentado y con mucho temple. En su segunda intervención, con el toro más quebrantado, cuajó un quitazo enorme por gaoneras. Domingo Ortega, al salir de su quite, le arrojó el capote en la cara porque el toro le comió el terreno.

Tocaron a banderillas y siguió nuestra inquietud. Aquel toro seguía embistiendo con una velocidad y con una fuerza de espanto. Fermín le ha puesto dos pares de poder a poder y un sesgo que nos dejan atónitos.  Cuando tocaron a matar, el matador no dejaba de ver, como midiéndolo, al imponente animal. Solo, sin auxiliares, se fue a los medios. Recuerdo que “Bombita” casi quería gritar que no dejaran solo a aquel muchacho. Para nuestro asombro, en los medios dio no menos de diez muletazos por alto, sin enmendarse, mandando sobre aquella centella, se dobló luego con él y reanudó su trasteo con otra tanda por alto por uno y otro lado. El toro sacó la lengua. Rendido, cansado. Fermín lo toreó entonces como quiso. Dio naturales ligados, llevando al toro prendido en su muleta. Se adornó a placer. “Bombita” reconoció que aquel toreo por alto para rendir al toro debió haberlo hecho él con “Catalán” o con “Gorrioncito”. “Mira que este chaval con 22 años y siete en la profesión supo mejor que yo qué hacer.”

En ese tono prosigue el relato de Alcázar, que concluye con ambos gigantes en retiro -El Guerra y Bombita- volcándose en admirativos elogios a la maestría y el arte de Fermín Armilla, El Joselito mexicano, como se le conoció y aún se le reconoce en España. Y que por cierto no contaba a la sazón 22 sino 24 años, cumplidos el 3 de mayo anterior.

Reconocimiento unánime y placa ambigua. A pesar de que Domingo Ortega toreó dos corridas más y cortó tantos apéndices como Fermín en aquel julio valenciano, la opinión generalizada entronizó a Armilla como triunfador absoluto de la feria de San Jaime de 1935, con su faenón a “Cortijano” de Miura como el instante cumbre del serial.

Por su parte, dice la leyenda que la afición de Valencia no se quedó atrás e hizo instalar en el patio de cuadrillas del coso de Xátiva una placa conmemorativa en homenaje a Fermín y en memoria del suceso. Incluso ha circulado profusamente una presunta fotografía de dicha placa: allí se entroniza a Fermín Espinosa “Armillita” como autor de “con el famoso toro “Cortijano” de Miura… de la mejor faena de muleta que se ha hecho en España”… Pero se le atribuye una fecha errónea -25 de julio de 1935- y unas dimensiones desusadas tan este tipo de recuerdos -2 x 1.7 metros-. Razones éstas que, sin descartar la realidad de una placa dedicada a Fermín y “Cortijano” por la afición Valencia, dudo mucho de la autenticidad de la mencionada fotografía.

Cierto o no lo de la placa, es un hecho que la lidia toda del quinto miura del 2 de agosto de 1935 merece destacarse como uno de los hitos mayores de la tauromaquia levantina, y Fermín Espinosa “Armillita Chico” como uno de los toreros más grandes de la historia.

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