Este 17 de septiembre se conmemora el aniversario luctuoso de una mujer cuya vida siempre ha ejercido en mi percepción, una admirable serie de sentimientos de profunda fascinación. Esta impresión nace de obras verdaderamente soberbias que se orientan a dos de mis pasiones: la música y la medicina; sin embargo, Hildegard von Bingen abarcó muchas áreas del conocimiento como la filosofía, la literatura, la observación, la contemplación, estudio y el análisis de la naturaleza (de modo que puede considerarse una verdadera científica), con un nivel de pensamiento tan profundo que incluso en algunas ramas de la iglesia católica, es considerada una santa.
Resumir los aspectos más importantes de su vida es una labor imposible por lo mucho que abarcó; pero considerando que nació en plena Edad Media, en el verano de 1098 cuando la mujer era particularmente discriminada, resulta más que sorprendente todo lo que logró. Es de llamar la atención que fue la menor de 10 hijos de una familia aristocrática que por esta razón y considerándola como un “diezmo para ofrecerlo a Dios”, desde su nacimiento fue predestinada para ofrecer su vida a la actividad religiosa.
De niña tuvo una muy frágil constitución física y padeció, paralelamente a diversas enfermedades, además de alucinaciones que se consideraron en su momento, fenómenos paranormales con experiencias espirituales que documentaría en un libro que se titularía Scivias. Sin embargo, independientemente de estas experiencias, escribió dos textos: uno sobre ciencias naturales (Physica) y uno de medicina (Cause et cure), este último en donde expresó una gran cantidad de conocimientos médicos que fueron producto de una cuidadosa observación y la detallada descripción de tratamientos herbolarios, pétreos y animales. Se atrevió a describir el orgasmo femenino y se expresó de la sexualidad como un acto pletórico de belleza, en una forma no solamente natural sino espontánea, en una osadía de valentía extrema, considerando las ideas de la Edad Media. A este respecto, escribió: Cuando la mujer se une al varón, el calor del cerebro de ésta, que tiene en sí el placer, le hace saborear a aquél el placer en la unión y eyacular su semen. Y cuando el semen ha caído en su lugar, este fortísimo calor del cerebro lo atrae y lo retiene consigo, e inmediatamente se contrae la riñonada de la mujer, y se cierran todos los miembros que durante la menstruación están listos para abrirse, del mismo modo que un hombre fuerte sostiene una cosa dentro de la mano.
Su obra musical es realmente soberbia. Consta de setenta y ocho obras musicales, agrupadas en Symphonia armonie celestium revelationum (Sinfonía armónica de las revelaciones celestes): 43 antífonas, 18 responsorios, 4 himnos, 7 secuencias, 2 sinfonías (con el significado propio del siglo XII), un aleluya, un kyrie, una pieza libre y un oratorio (algo extraordinario, pues el oratorio se inventó en el siglo XVII). Además, compuso un auto sacramental musicalizado llamado Ordo Virtutum (“Orden de las virtudes”).
Escuchar esta música es sumergirse en un mundo apacible, reposado, sereno y meditabundo, que lleva en una forma inmediata a la paz interior; y es que Hildegard von Bingen consideraba a la música cantada, como un elemento determinante en la estructura de la historia humana. El canto es un elemento mediador entre la espiritualidad y lo material, un vínculo entre la armonía cósmica y el ser humano, la creación del hombre que es capaz de ejercer procesos de transformación individual y colectiva, pues en la unión de las voces, se establece un verdadero reflejo de lo que implica la cohesión social.
Estamos acostumbrados a visualizar la Edad Media como una época de oscurantismo; sin embargo, muchas cosas son rescatables de este periodo histórico. Hildegard von Bingen marcó un verdadero hito en la música y la ciencia de la medicina, lo que definitivamente representó un abono en el cultivo de la cultura occidental, hablando de la Europa Medieval.
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