Sábado, abril 10, 2021

¡Hey familia…danzón dedicado!

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“…a todos los buenos cuates, quienes

sufrida y resignadamente leen cada semana

mis columnas. Muchas gracias”

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Este celebrado grito danzonero —de la primera mitad del siglo XX— se hizo famoso en los salones y “clubes” de bailes populares de muchas ciudades de nuestro país, comenzando por la capital, así como de poblaciones de Veracruz, Tamaulipas, Campeche y Yucatán. El llamado a “raspar suela” y a “mover el bote” desencadenaba un alegre proceso en el que los bailadores se aprestaban para el goce dancístico comenzando los preparativos con un buen baño para después relujarse escrupulosamente. Las finas damas, una vez limpiecitas, sacaban sus “garritas” del ropero; colocaban, extendido sobre la cama, su refulgente vestido de lamé o su blusa de lentejuelas y una falda “pegadita” (a la María Victoria), limpiaban las zapatillas igualmente brillantes, elegían las medias coquetas recién zurcidas, la minúscula bolsa de fiesta, algún “tapalito” complementario y los infaltables abanico y pañuelo perfumado para disipar y absorber los hervores de la danza, respectivamente. El maquillaje, las cremas y los perfumes dejaban a las señitos “echando tiros”.

Los señores, después de quitarse las tecatas y dejarse el mentón como “nalga de princesa” con una buena rasurada, descolgaban su raído chipiturco dominguero, retirándole las bolitas de naftalina, para lo cual tenían que orear el saco el tiempo suficiente para quitarle el penetrante olor del repelente de polillas, planchaban sus pantalones para marcarles la raya y la valenciana, al cuello de su camisa “ de vestir” le agregaban un poco de almidón para quitarle lo guango y disimular lo luido, talqueaban y boleaban sus cacles o limpiaban con aceite de ricino sus zapatos pachucos de dos colores, buscaban los calcetines obscuros menos cateados, elegían una vistosa corbata y algunos se daban una friega con alguna de las lociones de moda, Aqua Velva, Vetiver u Old Spice, aunque la mayoría acudía a la Lavanda Añeja, al Agua de Colonia Sanborn´s o de perdida a la loción de chícharo de las peluquerías de barrio y a la loción “Siete Machos”. Cualquiera de estos aromas se agregaba al pañuelo que iba bien acomodadito en la bolsa del saco. El pelo envaselinado, un paquetito de Zen Zen para el aliento y un clavel en la solapa completaban el atuendo.

Puestos de “pipa, guante y anteojo” las parejas llegaban temprano al Salón para aprovechar el “lunes danzonero” en el sitio de moda del momento y en el que coincidían con otras parejas, conocidas en su mayoría. Una vez que ingresaban y teniendo a la vista la amplia pista de baile, los danzoneros se “arrimaban a las tablas” y se sentaban en las sillas de lámina dispuestas en el perímetro del salón inundando con sus heterogéneos efluvios el sitio; mientras, los señores “caballerosamente”, invitaban a sus parejas un refresco en lo que los músicos acomodaban sus instrumentos y los afinaban. Las parejas platicaban animadamente y echaban una mirada de soslayo a las personas que iban ingresando al salón, haciendo en voz baja los “recortes” pertinentes. El “California Dancing Club”, mejor conocido como “El Califa”; el Salón “Los Ángeles” y el “Salón México” eran los sitios capitalinos más apreciados y concurridos por los bailadores consuetudinarios y por algunos curiosos o turistas que buscaban eventualmente darse un efímero “baño de pueblo”.

En Puebla, aparte del rumboso baile anual “Blanco y Negro” que se llevaba a cabo en el Edificio Carolino, no faltaron sitios populares para poder expresar las habilidades de los poblanos en la danza, ya sea recintos creados exprofeso para ese fin o utilizando los amplios patios de algunas escuelas, salones de “clubes de servicio” u otros espacios adaptados como en la Escuela Normal del Estado, el Parque Juventud Revolucionaria, el Hospicio, el CENHCH, etc.

En Puebla, los salones populares de baile eran “El Laguito” en el balneario La Paz, el “Salón Corona” en el Puente de El Alto; “El Retiro” por el barrio de El Carmen, “La terraza” por el puente de México, el “Balmori” en la calle 5 de Mayo y 10 poniente, las “lunadas” del balneario “Agua Azul y muchos otros sitios cuya ubicación han olvidado mis informantes como el “Lucha María”, “Los Pinos”, “La Estrella” y el “Montecarlo”. En todos ellos el danzón —aparte de otros muchos ritmos bailables— era el auténtico soberano del baile popular porque, aunque no hay mucho contacto entre la pareja, el ritmo permitía platicar en los descansos de en medio de la pieza, lucir los giros del danzón abierto, sentir la vibración de los timbales y tratar de resolver airosamente, con pasos certeros, las “trampas” que la orquesta danzonera ejecutaba mañosamente para hacer trastrabillar a los bailadores en los remates de cada melodía.

El danzón fue creado en Cuba a partir de otro género cubano, llamado Habanera o danza criolla[1] y prefiero remitirlos a ustedes a fuentes autorizadas por si quieren saber más de este tema, porque hay estudios musicológicos muy documentados acerca de la evolución de este género musical bailable. De Cuba llegó en el último tercio del sigo XIX a Yucatán (entiéndase la península) y a Veracruz y de estos lugares se extendió a casi toda la República Mexicana. En la ciudad de México adquirió carta de naturalización y sólo para referirnos a nuestro terruño, en Puebla se bailó danzón de una manera relativamente moderada, pero a partir de la creación de la “Asociación de Fomento al baile y cultura popular” en 1993, la multiplicación de los danzoneros ha sido verdaderamente exponencial.

Los nombres de los danzones, principalmente cubanos y mexicanos, son de una diversidad e ingenio casi infinitos: “El Bombín de Barreto”, “Masacre”, “Matamajá”, “Blanca Estela” (en honor a la actriz Blanca Estela Pavón), “El Ratón” (dedicado al boxeador Raúl “Ratón” Macías), “Cadete Constitucional”, “Teléfono a larga distancia”, “Champotón”, “Zacatlán”, “Nereidas”, el danzón binacional “Juárez” (en México) o “Martí” (en Cuba), “Almendra”, “Rigoletito”, “Egipto Heroico”, “Penicilina”, “Los Apuros del Tenor”, “Rosita” (en honor a Rosita Abdala), “Cocoliso”, “Penicilina”, “Caldo de Oso”, “Pulque para dos”, “Isora Club”, “Paludismo Agudo”, etcétera.

Aunque la clase media mojigata y clasista asoció el danzón con ambientes de arrabal, cine de ficheras, sitios de prostitución y de “clase social baja”, su ritmo ha perdurado por más de cien años y en el siglo XXI se ha registrado un incremento importante de las parejas que aprenden y practican el baile, así como de las danzoneras que lo ejecutan. Muchas cosas más se pueden decir del danzón, sus orquestas redivivas y sus nuevos bailadores, por eso este texto es solamente un atisbo a un mundo que se ha resistido obstinadamente a irse, que probablemente sobreviva a las modas musicales contemporáneas y se siga manteniendo en el gusto de la gente muchos años más.

¡Hey familia y raza que la acompaña… danzón dedicado a todos ustedes!

[1] https://www.ecured.cu/Danzón

 

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